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La casa se volvió un mausoleo de silencio opresivo y frío que se adhería a las paredes como niebla densa, Jin —porque ya no era Hyunjin en su forma humana vibrante— dormía en rincones imposibles y oscuros que parecían refugios de su dolor: bajo el sofá hundido donde el polvo se acumulaba en montones grises, dentro de una caja de cartón olvidada en el sótano que olía a humedad y naftalina, en el armario de las sábanas donde las telas suaves lo envolvían como un capullo protector pero solitario. 

Seungmin entraba del aserradero con las manos heladas y enrojecidas por el frío cortante y el corazón más frío aún por la distancia emocional que se había instalado entre ellos, el aroma a pino y sudor adherido a su ropa como un recordatorio de su rutina externa. 

Jin... —susurraba arrodillándose en el suelo polvoriento con voz suave y quebrada por la culpa. El hurón alzaba la cabeza apenas con un movimiento lánguido y resignado, ojos negros apagados como pozos sin luz que apenas reflejaban su presencia. Luego se giraba con lentitud para ocultar su vulnerabilidad. No jugaba con la energía infantil de antes, no saltaba con saltitos traviesos, no lamía con lametones afectuosos y húmedos. Solo comía lo justo con bocados mecánicos y sin apetito: tres bocados de atún jugoso pero ignorado en su sabor, una fresa partida en trozos rojos que rodaban en el platillo, y volvía a esconderse en su rincón elegido como un mecanismo de autoprotección. 

Seungmin lo bañaba cuando era necesario con movimientos cuidadosos y llenos de ternura reprimida, llenaba la tina con agua tibia que humeaba suavemente en el baño empañado.

 —Ven, pequeño. Hora de limpieza —decía levantándolo con manos gentiles. el hurón se dejaba llevar sin resistencia pero sin la alegría burbujeante de antaño, sumergiéndose en el agua con pasividad absoluta. Seungmin lo enjabonaba con cuidado usando las yemas de los dedos para evitar las cicatrices sensibles, pero el hurón no chapoteaba con patitas juguetonas, no mordisqueaba la esponja con dientes curiosos, solo miraba al vacío con ojos distantes y melancólicos. 

¿Qué te hice? —preguntaba Seungmin con la voz rota y temblorosa por la impotencia—. Dime cómo arreglarlo —suplicaba inclinándose sobre la tina. Silencio absoluto que respondía como un eco vacío.

Seungmin compró juguetes nuevos en la tienda del pueblo con bolsas crujientes que olían a plástico fresco y tela nueva: pelotas de goma multicolores que rebotaban con elasticidad, un túnel de tela rayada que invitaba a la exploración, un ratón de felpa con campanita que tintineaba alegremente al moverse. Los dejó en el suelo de la sala sobre la alfombra desgastada. —Mira, Jin. Para ti —ofreció con voz esperanzada arrodillándose para mostrarlos. El hurón los olió con narinas temblorosas y curiosas por un instante, y se fue con pasos lentos y desinteresados hacia su escondite. Seungmin se sentó en el suelo con la cabeza entre las manos, los dedos enredados en su cabello sudoroso. —No sé cómo llegar a ti —murmuró con desesperación creciente que lo ahogaba.

Seungmin volvió empapado por la lluvia torrencial que golpeaba las ventanas como dedos impacientes y furiosos, el agua goteando de su abrigo en charcos sobre el porche, el trueno retumbando en el cielo como un rugido primal. Abrió la puerta con un empujón contra el viento. Y lo oyó en medio del caos exterior. Un gimoteo bajo y doloroso que se filtraba a través de las escaleras como un lamento infantil.

 —¿Jin? —llamó con voz alarmada subiendo las escaleras de dos en dos con botas pesadas que resonaban en la madera. La habitación estaba a oscuras con solo la luz del relámpago iluminando por segundos en flashes blancos y cegadores que proyectaban sombras danzantes. En la cama... una figura pequeña envuelta en una sábana blanca como un fantasma frágil, temblando con espasmos irregulares y visibles. Seungmin encendió la lámpara con un clic que inundó la habitación de luz amarillenta y cálida. Era Hyunjin en forma humana desnudo bajo la sábana que se adhería a su piel sudorosa, piel ardiente y enrojecida por la fiebre, ojos cerrados con pestañas temblorosas, labios entreabiertos en jadeos superficiales.

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