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El sol se derramaba en franjas doradas y oblicuas sobre la nieve recién caída que cubría el paisaje como un manto inmaculado y reluciente, reflejando la luz en cristales diminutos que centelleaban como diamantes esparcidos por el suelo helado del bosque circundante, Seungmin cerró la puerta de la casa grande con un clic suave y definitivo que resonaba en el porche de madera astillada y cubierta de escarcha, girándose hacia Hyunjin que esperaba con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera gris mullida y holgada que le llegaba casi a las rodillas, sus orejitas blancas ocultas bajo la gorra negra que Seungmin le había ajustado con cuidado para disimular su naturaleza híbrida en el mundo humano. 

¿Listo para tu primera salida al mundo humano? —preguntó Seungmin con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora y cálida, aunque un hilo de preocupación se colaba en su voz al notar el nerviosismo sutil en la postura de Hyunjin. Hyunjin asintió con un movimiento rápido y entusiasta pero sus orejitas blancas se movían nerviosas bajo la gorra como antenas captando vibraciones invisibles de ansiedad infantil, la cola —ahora enrollada con esfuerzo y metida dentro de los pantalones cargo anchos que rozaban contra su piel sensible— le molestaba con cada movimiento pero no se quejó con su inocencia habitual que lo hacía soportar incomodidades por no decepcionar. Seungmin se agachó a su nivel para ajustarle la gorra con dedos gentiles que rozaban la tela suave, asegurándose de que cubriera por completo las orejitas triangulares. 

Orejas abajo. Cola quieta. Y si ves un perro... no corras —instruyó con tono paciente y protector, como un hermano mayor guiando a un niño en su primera aventura. 

¿Y si me ladra? —susurró Hyunjin con voz apenas audible y temblorosa, los ojos negros agrandados por un miedo primal e infantil que recordaba cacerías pasadas. 

Le sonríes. Los perros quieren amigos —explicó Seungmin con calidez, intentando infundir confianza en su tono. Hyunjin lo miró dudoso con la cabeza ladeada en un gesto de curiosidad pura e ingenua. 

Tú eres mi amigo —declaró con sinceridad absoluta que cortaba cualquier duda, extendiendo una mano para entrelazar sus dedos con los de Seungmin en un gesto de necesidad infantil. Seungmin le revolvió el cabello bajo la gorra con una caricia afectuosa. 

Vamos, pequeño —dijo poniéndose en pie y tirando suavemente de su mano para iniciar el camino.

El sendero estaba cubierto de hielo resbaladizo y crujiente que reflejaba el sol en destellos cegadores, Hyunjin caminaba pegado a Seungmin con la mano metida en el bolsillo de su chaqueta gruesa donde el calor humano lo anclaba a la realidad, cada paso era una aventura nueva y maravillosa para sus sentidos híbridos agudizados: el crujido de la nieve compacta bajo sus botas que sonaba como galletas rompiéndose, el olor a leña quemada que se elevaba en columnas de humo gris desde las chimeneas del pueblo distante impregnando el aire frío con aroma ahumado y reconfortante, el tintineo lejano de una campana de la iglesia que resonaba en ondas suaves a través del bosque como una melodía familiar y lejana.

¡Mira, amo! —susurró Hyunjin con excitación contenida señalando un cuervo posado en una rama desnuda y cubierta de escarcha, sus plumas negras brillando como obsidiana bajo el sol.

Shh, no tan alto —rio Seungmin bajito, apretando su mano para recordarle la discreción en el mundo humano. En el mercado el aire olía a manzanas asadas caramelizadas que burbujeaban en sartenes humeantes, a especias exóticas como canela y clavo que flotaban en nubes aromáticas, a pan recién horneado que crujía al cortarse liberando vapor fragante y cálido, Hyunjin se detuvo frente a un puesto de frutas con toldo rojo ondeante, sus ojos se abrieron como platos redondos y brillantes por la abundancia de colores vibrantes. 

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