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Seungmin intentaba leer en el sofá hundido y cómodo de la sala donde la luz invernal se filtraba en rayos suaves y polvorientos que danzaban con motas suspendidas en el aire quieto y cálido de la casa grande, un libro de poesía abierto en su regazo con páginas amarillentas que olían a tinta vieja, un peso repentino le cayó encima como un rayo juguetón e inesperado que lo sacó de su concentración con un impacto sordo y cálido.

 —¡Amo! —gritó Hyunjin en forma humana aterrizando de espaldas sobre él con un golpe que hizo crujir los cojines del sofá, su cuerpo alto y firme presionando contra el de Seungmin en una avalancha de calidez inocente y desbordante. 

Seungmin soltó un ¡uf! ahogado y entrecortado que se mezcló con una risa involuntaria y sorprendida. 

¡Hyunjin! ¡Pesas! ¡Bájate! —protestó intentando incorporarse bajo el peso pero sin fuerza real para empujarlo, las orejitas blancas de Hyunjin se movían de pura felicidad con movimientos rápidos y excitados como un niño en medio de un juego favorito.

 —¡No! —respondió él riendo con una carcajada cristalina e infantil que resonaba en la sala como campanillas en el viento, acomodándose mejor con un giro juguetón que lo hacía encajar perfectamente contra el cuerpo de Seungmin—. Necesito mimos. Ahora —exigió con voz mimosa y suplicante, los ojos negros brillando con una inocencia absoluta y desarmante que no admitía negativas. Seungmin intentó empujarlo con manos abiertas sobre su pecho firme pero cálido, imposible con la diferencia de altura y la determinación juguetona de Hyunjin que lo mantenía anclado como un koala gigante e ingenuo. 

Al menos... respeta el espacio personal —murmuró con tono fingidamente serio, el rubor subiendo por sus mejillas al sentir el calor del cuerpo ajeno tan cerca. 

¿Qué es eso? —preguntó Hyunjin con inocencia pura e infantil, girándose para mirarlo de frente con ojos agrandados y curiosos como un niño descubriendo una palabra nueva, su rostro a centímetros del de Seungmin—. Tú eres mi espacio personal —declaró con sinceridad absoluta y encantadora, como si fuera la verdad más obvia del universo. Seungmin se sonrojó intensamente hasta las orejas con un calor que se extendía como fuego líquido. 

Eres imposible —susurró derrotado, Hyunjin le lamió la mejilla con un lametón rápido y húmedo como un cachorro expresando afecto sin filtros. 

¡Y tú eres suave! — exclamó con deleite genuino, riendo de nuevo con esa alegría infantil que llenaba la habitación.

 Seungmin enseñaba a Hyunjin a hacer ramen en la cocina soleada donde el sol entraba por la ventana proyectando cuadrados de luz sobre la mesa rayada y los armarios antiguos que olían a madera envejecida y especias guardadas, la olla sobre la estufa chisporroteando con anticipación. 

Primero, hierve el agua —explicó con voz paciente, Hyunjin con una camiseta negra que le quedaba algo corta (de Seungmin) holgada sobre su figura esbelta como una tienda de campaña infantil, miraba la olla como si fuera magia pura con ojos agrandados y maravillados, las orejitas blancas tiesas de emoción. 

¡Mira, amo! ¡Burbujas! —gritó cuando el agua hirvió con burbujas ascendentes y danzantes que estallaban en la superficie con pops suaves y vaporosos, saltando ligeramente en su lugar con excitación infantil.

 —Sí, ahora echas los fideos —indicó Seungmin conteniendo una sonrisa, Hyunjin los tiró de golpe con un movimiento entusiasta y descoordinado que hizo salpicar agua caliente en arcos brillantes. 

¡Lo hice! ¡Soy chef! —proclamó con orgullo inocente, levantando los brazos en victoria como un niño ganando un premio. Seungmin rio con una carcajada genuina y cálida. 

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