El día transcurrió como un reloj que marca horas sin prisa en un mundo congelado por el invierno implacable, donde el sol se elevaba perezosamente sobre el horizonte nevado y proyectaba rayos pálidos y oblicuos que apenas calentaban la tierra helada, filtrándose a través de las ramas desnudas de los pinos que se erguían como centinelas silenciosos alrededor de la casa grande en la colina, Seungmin despertó con el olor a leña quemada que se colaba por la chimenea antigua y ennegrecida por años de uso, un aroma ahumado y reconfortante que impregnaba el aire de la habitación con notas de resina y madera carbonizada, recordándole las mañanas de su infancia cuando sus abuelos avivaban el fuego con manos expertas y callosas, bajó al pueblo con una lista garabateada en un papel arrugado y manchado de tinta que había escrito apresuradamente en la mesa de la cocina bajo la luz mortecina de una lámpara, enumerando artículos esenciales para hacer la casa más habitable en medio del frío cortante: sábanas de franela gruesas y suaves para combatir las noches heladas, dos cojines gruesos rellenos de plumas que amortiguarían el cansancio acumulado, una almohada de plumas mullida que acunaría su cabeza en sueños inquietos, platos hondos de cerámica resistente para comidas solitarias y tazas con motivos de pino grabados que evocaban el bosque circundante con sus diseños intrincados y nostálgicos, en la ferretería del pueblo, un local estrecho y abarrotado de estantes metálicos cargados de herramientas oxidadas y pernos sueltos que olían a metal frío y aceite lubricante, el señor Lee —el mismo que vendía clavos y cuentos con igual entusiasmo, un hombre corpulento con bigote gris y ojos vivaces que contaban historias de inviernos pasados mientras atendía— le guiñó un ojo con complicidad juguetona, sus arrugas profundizándose en una sonrisa que revelaba dientes amarillentos por el tabaco.
—¿Ya te instalaste de verdad, Seoul-boy?—preguntó mientras envolvía los platos en papel periódico amarillento y crujiente que crujía con cada doblez, el tinta de viejas noticias borrándose en sus manos manchadas de grasa, el ambiente del local cargado con el zumbido de una radio antigua que emitía melodías folclóricas distorsionadas.
—No me llames así —respondió Seungmin, pero sonrió con una curvatura sutil en los labios que suavizaba su expresión habitualmente seria, el frío del exterior aún adherido a su abrigo como una capa invisible—. Solo... hago la casa habitable —agregó, ajustando las bolsas en sus brazos mientras observaba las estanterías desordenadas llenas de martillos, sierras y rollos de alambre que colgaban como serpientes inertes.
—¿Y trabajo? —insistió el hombre con tono paternal y persistente, entregándole un folleto doblado y desgastado que olía a tinta fresca y papel barato, sus ojos escrutando el rostro de Seungmin en busca de señales de duda o necesidad—. El aserradero necesita manos. No pagan mal, y te mantiene ocupado —añadió, señalando el anuncio con un dedo nudoso y calloso, el eco de sus palabras rebotando en las paredes de lata del local.
Seungmin lo tomó con un gesto vacilante, sintiendo el papel áspero contra su piel, sus pensamientos vagando brevemente hacia la posibilidad de una rutina que llenara el vacío de sus días.
—No necesito el dinero. Pero... gracias —murmuró, guardándolo en el bolsillo interior de su abrigo donde se mezclaba con otras notas olvidadas, en la tienda de telas adyacente, un espacio cálido y colorido repleto de rollos de tela apilados en estantes de madera que olían a algodón fresco y tintes vegetales, la dependienta, una mujer de mejillas como manzanas maduras y sonrosadas por el calor de una estufa cercana, le susurró mientras medía la tela con una regla metálica que chasqueaba con cada centímetro, el sonido rítmico mezclándose con el murmullo de clientes esporádicos que regateaban precios en voz baja.
—Las chicas preguntan por ti, ¿sabes? Dicen que eres misterioso —comentó con voz conspiratoria y un brillo juguetón en los ojos, enrollando la franela con movimientos expertos y fluidos que revelaban años de práctica.
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BITTERSWEET
FanfictionSeungmin escapa de una casa que lo asfixia y se refugia en la vieja cabaña de sus abuelos, en un pueblo tan perdido que ni los mapas lo nombran. Allí, entre el olor a pino y el silencio que pesa, los vecinos susurran sobre híbridos que merodean al a...
