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Las citas se habían convertido en una especie de experimento fallido y repetitivo que Seungmin toleraba con una resignación creciente y un toque de humor amargo, como si cada encuentro fuera un capítulo predecible en un libro que no quería leer pero que Minji, con su entusiasmo inagotable y sus ojos brillantes de casamentera empedernida, insistía en forzarle a hojear una y otra vez: "Solo una más, Seungmin, esta es diferente", repetía ella con voz persuasiva y un guiño conspiratorio que lo hacía ceder por no discutir en el calor reconfortante del restaurante de ramen donde el vapor de los tazones humeantes se elevaba en espirales fragantes y el bullicio de los clientes locales formaba un telón de fondo ruidoso y familiar, y él, por no discutir ni romper la frágil red de conexiones que había tejido en el pueblo nevado y aislado, terminaba en la cafetería del pueblo con una chica distinta cada viernes, un local pequeño y acogedor con mesas de madera rayada por años de uso y tazas de cerámica humeantes que olían a café tostado y canela, donde la luz invernal filtraba a través de ventanas empañadas proyectando patrones suaves y difusos sobre el piso de baldosas desgastadas.


Esa tarde: la candidata se llamaba Hana, una joven vivaz con ojos almendrados y una energía efervescente que llenaba el espacio reducido de la cafetería con su presencia, llevaba un suéter rosa suave y mullido que contrastaba con el gris monocromático del paisaje exterior nevado, y hablaba sin parar de su colección de esmaltes con un entusiasmo desbordante que hacía que sus manos danzaran en el aire como mariposas coloridas, describiendo tonos y texturas con detalles minuciosos que se extendían en monólogos interminables mientras el vapor del café se elevaba entre ellos como una barrera etérea y cálida.


—¿Sabes? El tono "lavanda sueño" es el nuevo negro —dijo, agitando las uñas frente a su cara con un movimiento rápido y juguetón que hacía brillar los colores bajo la luz tenue de la lámpara colgante, cada uña pintada con precisión artística que reflejaba su pasión por los detalles estéticos, Seungmin asintió distraído con un gesto mecánico y ausente, su mente vagando hacia pensamientos lejanos sobre el bosque circundante y la casa grande en la colina donde lo esperaba una rutina solitaria pero reconfortante, en el bolsillo interno de su chaqueta gruesa y raída que olía a pino y serrín del aserradero, Jin se removió con un revuelo sutil y inquieto que sentía como un cosquilleo contra su pecho, de pronto una patita diminuta asomó con determinación inesperada, agarró la solapa de la chaqueta con garras afiladas pero delicadas y tiró con fuerza sorprendente para su tamaño, un tirón que lo sacó bruscamente de su ensimismamiento.


—Ay! —Seungmin se sobresaltó con un salto involuntario en la silla que crujió bajo su peso, el corazón latiéndole un poco más rápido por la sorpresa repentina, Hana parpadeó con confusión evidente en sus ojos agrandados, inclinando la cabeza ligeramente mientras observaba su reacción con curiosidad teñida de preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó con voz suave pero inquisitiva, su suéter rosa arrugándose ligeramente al inclinarse hacia adelante sobre la mesa manchada de anillos de café viejos.


—Sí, solo... —comenzó a explicar Seungmin con voz entrecortada, pero Jin tiró otra vez más fuerte y persistente, un tirón que lo hizo tambalearse ligeramente en su asiento—. Lo siento, tengo que irme —concluyó apresuradamente, levantándose con un movimiento brusco que hizo tintinear las tazas sobre la mesa, dejando la mitad del café intacto en su taza donde el líquido aún humeaba con aroma amargo y reconfortante.


—¡Pero si apenas llegamos! —protestó Hana con voz aguda y decepcionada que cortó el aire de la cafetería, extendiendo una mano en un gesto para retenerlo, sus uñas lavanda sueño brillando bajo la luz. 

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