Las semanas se deslizaron como nieve que cae sin ruido en un bosque eterno y dormido bajo el manto invernal, acumulándose en capas suaves y silenciosas que borraban los contornos del tiempo y del paisaje circundante, transformando los días en un flujo continuo e indistinto donde el frío se colaba por cada rendija de la casa antigua y se instalaba en los huesos de Seungmin como un compañero persistente y no invitado, despertaba tarde cada mañana con la boca seca y pastosa por el sueño profundo e inquieto que lo envolvía durante horas irregulares, el sol invernal colándose por las rendijas de las cortinas polvorientas en rayos pálidos que pintaban patrones de luz y sombra sobre las paredes de madera envejecida y agrietada por el paso de los años, encendía la estufa con manos entumecidas que manipulaban cerillas hasta que el fuego crepitaba con vida propia, llenando el aire con un aroma ahumado y reconfortante que se mezclaba con el frío residual de la noche, preparaba café en una cafetera italiana que encontró en el armario de sus abuelos (olía a metal oxidado y a recuerdos lejanos de mañanas familiares donde el vapor se elevaba en espirales fragantes y las conversaciones fluían con calidez hogareña) y se sentaba frente a la laptop sobre la mesa de cocina rayada por décadas de uso, el vapor del café caliente empañando la pantalla mientras sus dedos tecleaban con lentitud reflexiva, escribía con una dedicación obsesiva aunque sabía que no era bueno en el arte de las palabras, pero era suyo en su crudeza auténtica y personal, frases sueltas sobre la nada absoluta que lo rodeaba como un vacío emocional, sobre la huida precipitada de una vida que se había vuelto insoportable con sus presiones y decepciones acumuladas, sobre una chica que ya no existía en su realidad presente más que como un fantasma doloroso en los recovecos de su mente, palabras que se derramaban en la pantalla como un desahogo catártico que aliviaba temporalmente el peso en su pecho, a mediodía bajaba al pueblo por el sendero empinado y nevado que serpenteaba entre pinos cargados de escarcha y rocas heladas que resbalaban bajo sus botas, el aire cortante llenando sus pulmones con cada inhalación profunda que formaba nubes blancas y efímeras delante de su rostro enrojecido por el frío.
—Ey, Seoul-boy —gritó Minji, la camarera del ramen, agitando la mano desde la puerta del local con un entusiasmo contagioso que contrastaba con la quietud invernal del pueblo, su delantal manchado de caldo y harina ondeando ligeramente con el movimiento, el vapor escapando del interior cálido y acogedor donde ollas borboteaban con aromas picantes que se filtraban al exterior.
—¿Hoy también solo? —preguntó con una sonrisa radiante que iluminaba sus mejillas sonrosadas por el calor de la cocina.
Seungmin levantó una ceja con un gesto escéptico y casual, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo grueso y raído que lo protegía del viento cortante que silbaba entre las casas bajas y techadas con tejas cubiertas de nieve.
—¿Acaso tengo que traer compañía? —replicó con tono neutro, aunque un atisbo de diversión se colaba en su voz mientras observaba el pueblo somnoliento a su alrededor, con chimeneas humeantes que pintaban el cielo gris con columnas de humo blanco y ondulante.
—Podrías traerla. —Ella se acercó con pasos ligeros y juguetones sobre la nieve compacta de la calle, con una sonrisa pícara que arrugaba los ojos y revelaba dientes blancos y alineados—. Hay cola, ¿sabes? —agregó guiñando un ojo, señalando sutilmente hacia el interior del restaurante donde clientes locales sorbían fideos en tazones humeantes, el ambiente lleno de murmullos bajos y el tintineo de cucharas contra cerámica.
En la mesa del fondo, dos chicas del instituto lo miraban y reían por lo bajo con risitas ahogadas que se mezclaban con el bullicio suave del local, una de ellas con trenzas largas y oscuras que caían sobre su suéter de lana tejida a mano, le guiñó un ojo con coquetería evidente que hizo que sus compañeras se cubrieran la boca para contener la risa.
—Dicen que eres nieto de los Kim —comentó la otra, más atrevida y con el pelo corto teñido de rojo que contrastaba con su piel pálida, acercándose con una bandeja vacía balanceándose en su mano, el olor a ramen picante adherido a su ropa—. La familia rica que se fue a la ciudad y volvió en forma de príncipe —añadió con un tono juguetón, inclinándose ligeramente sobre la mesa donde Seungmin se había sentado, el vapor de su plato elevándose en espirales que empañaban el aire entre ellos.
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BITTERSWEET
FanfictionSeungmin escapa de una casa que lo asfixia y se refugia en la vieja cabaña de sus abuelos, en un pueblo tan perdido que ni los mapas lo nombran. Allí, entre el olor a pino y el silencio que pesa, los vecinos susurran sobre híbridos que merodean al a...
