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Seungmin apenas podía mantenerse en pie con las piernas temblando como si hubiera corrido una maratón interminable; el aire frío de la madrugada le golpeaba la piel desnuda erizada en escalofríos violentos, y la única protección que tenía era una cobija raída y áspera que se aferraba al pecho con dedos torpes y entumecidos por el agotamiento. El cabello revuelto y pegado a la frente por el sudor seco y salado le caía sobre los ojos nublados por el cansancio; marcas rojas y moradas florecían en su cuello como pétalos violentos, hombros magullados, clavícula sensible: huellas de dientes afilados que habían perforado la piel dejando puntos rojos, de succiones intensas que chupaban hasta el hueso formando hematomas circulares, de uñas curvadas que arañaban surcos rojos en la carne pálida. Cada vez que se movía con un paso vacilante sentía el semen de Hyunjin deslizarse caliente y viscoso por la cara interna de sus muslos que se enfriaban al contacto con el aire, un recordatorio húmedo e indeleble de lo que había pasado que lo hacía sonrojar hasta las orejas.

Jadeaba con respiraciones entrecortadas y superficiales. No de frío que calaba los huesos. De vergüenza que ardía en su pecho como brasas. De confusión que giraba en su mente como un torbellino. De un placer que aún le palpitaba en las venas como un pulso secundario insistente y traicionero.

Caminó tambaleante hasta la cocina con pasos inestables que resonaban débiles en el piso de madera fría, la taza de café con leche seguía allí ahora tibia con una película de nata coagulada en la superficie que flotaba como una capa triste. La tomó con ambas manos temblorosas como si fuera un ancla en medio de la tormenta interna, bebió un sorbo con labios secos. Amargo y frío que quemaba la garganta.

—Fue un error —susurró para sí mismo cerrando los ojos con fuerza como si pudiera borrar la noche—. Solo el celo. Nada más —repitió con voz quebrada intentando convencerse en el silencio de la casa.

En la habitación Hyunjin dormía o eso quería creer con desesperación, se imaginaba al híbrido acurrucado entre las sábanas revueltas y manchadas con la cola blanca moviéndose lenta bajo el edredón, ronroneando en sueños con vibraciones profundas y satisfechas.

Terminó el café de un trago amargo que le revolvió el estómago, dejó la taza en el fregadero con un clik metálico que rompió el silencio. Y se dirigió al baño con pasos decididos pero tambaleantes.

Necesitaba lavarse con urgencia visceral. Borrar el olor almizclado y dulce que impregnaba su piel. Borrar el recuerdo táctil de cuerpos entrelazados. Borrar lo que había pasado como si el agua pudiera disolver el vínculo.

Entró a la habitación con pasos sigilosos sobre la alfombra mullida para no despertar al híbrido, Hyunjin estaba boca abajo con un brazo colgando fuera de la cama inerte, la espalda desnuda subiendo y bajando con respiraciones profundas y rítmicas que movían los músculos definidos, la cola blanca se movía lenta y contenta como si soñara con algo dulce y cálido en un vaivén hipnótico.

Seungmin tragó saliva con la garganta apretada, tomó ropa limpia del armario con manos apresuradas: un bóxer, una camiseta vieja descolorida que olía a detergente, un pantalón de chándal holgado y cómodo.

Y entonces... ¡Plof! con un destello plateado repentino.

Hyunjin se transformó en un segundo del sueño al ataque con energía primal, saltó de la cama como un resorte comprimido liberado desnudo con los ojos brillantes y las orejitas tiesas de excitación demandante.

—¡Amo! —gritó lanzándose sobre él con un impacto que lo hizo retroceder.

Seungmin soltó un grito ahogado cuando el híbrido lo abrazó por la cintura con brazos fuertes mordisqueándole el cuello con dientes juguetones que rozaban las marcas frescas enviando chispas de placer doloroso.

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