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El tren se detuvo con un suspiro metálico que resonó en el aire quieto de la madrugada como si él también estuviera cansado de viajar por rieles interminables y paisajes desolados, el metal chirriando contra el metal en un lamento final que vibró a través del vagón casi vacío donde Seungmin había pasado horas contemplando el vidrio empañado por su propio aliento, el traqueteo constante dando paso a un silencio abrupto y opresivo que lo sacó de su ensimismamiento;

—última estación— anunció el altavoz oxidado con una voz distorsionada y crepitante que parecía provenir de otra era, última parada, palabras que se filtraron por el aire frío y húmedo de la estación remota, haciendo eco en las paredes de madera astillada y cubiertas de musgo que apenas se mantenían en pie bajo el peso de la nieve acumulada.

Seungmin bajó con la mochila al hombro que pesaba más por el agotamiento acumulado que por su contenido escaso, el aire invernal le cortó la cara como cuchillas de hielo afiladas y despiadadas que se clavaban en su piel expuesta, trayendo consigo un aroma a pino helado y tierra húmeda que lo envolvió de inmediato en un abrazo gélido e implacable, la estación era un cobertizo de madera medio derruido que crujía con el viento como si estuviera a punto de colapsar, cubierto de escarcha que brillaba tenuemente bajo la luz mortecina de una farola solitaria y parpadeante, solo había un banco roto con tablones astillados y cubiertos de hielo resbaladizo, y un cartel torcido que decía "Bienvenidos" en letras desvaídas por el tiempo y las inclemencias del clima, apenas legibles como un saludo olvidado a visitantes inexistentes, recogió su aliento en nubes blancas y efímeras que se disipaban rápidamente en el aire cortante, condensando su calor interno en volutas visibles que danzaban antes de desaparecer, y empezó a caminar con pasos vacilantes sobre el andén cubierto de una fina capa de nieve que crujía bajo sus zapatillas desgastadas, el camino era el mismo que recordaba de niño en visitas esporádicas llenas de risas y cuentos junto al fuego: un sendero de grava que serpenteaba entre pinos altos y majestuosos, cargados de nieve que se acumulaba en ramas pesadas y curvadas como arcos naturales, creando un túnel blanco y silencioso donde el sol invernal apenas filtraba rayos débiles y plateados que proyectaban sombras alargadas sobre el suelo helado, sus zapatillss crujían sobre la capa helada con un sonido rítmico y solitario que rompía el silencio del bosque dormido; cada paso dejaba una huella profunda y clara que el viento borraría pronto con ráfagas suaves pero persistentes que arrastraban copos sueltos como fantasmas diminutos, llevaba tres horas andando cuando la vio emergiendo gradualmente del paisaje nevado como un recuerdo materializado: La casa, se alzaba al final de una colina empinada y solitaria, rodeada de un bosque denso y antiguo que parecía tragarse la luz del día con sus troncos oscuros y entrelazados, absorbiendo los rayos solares en un abrazo eterno de sombras y secretos, era enorme en su arquitectura imponente y melancólica, de dos plantas con paredes de madera oscura y envejecida que contaban historias mudas de décadas pasadas, con tejado a dos aguas cubierto de tejas cubiertas por una capa de nieve prístina que lo hacía parecer un sombrero blanco y ondulado, y balcones de madera tallada con motivos intrincados de flores y aves que ahora estaban erosionados por el tiempo pero aún conservaban un eco de artesanía refinada, las ventanas tenían postigos verdes descascarados que colgaban ligeramente torcidos, revelando vidrios empañados por el polvo y el abandono, pero la estructura seguía imponente en su solidez inquebrantable: la más lujosa del pueblo según las historias que sus abuelos contaban con orgullo alrededor de la mesa familiar, aunque conservaba ese encanto tradicional coreano que sus abuelos tanto amaban, con líneas curvas que evocaban techos de pagodas antiguas y detalles que fusionaban lo rústico con lo elegante, Seungmin sacó la llave del bolsillo con dedos entumecidos por el frío.

(a había robado del cajón de su padre meses atrás, “por si acaso”, en un impulso que ahora parecía profético), giró en la cerradura con un clic seco y definitivo que rompió el silencio como un susurro metálico, el interior olía a madera vieja y enmohecida que impregnaba el aire con un aroma nostálgico y polvoriento, mezclado con el de ausencia prolongada que se adhería a cada rincón como una presencia invisible y melancólica.

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