Las mañanas se volvieron un ritual silencioso y reconfortante que se repetía con la precisión de un reloj antiguo en la casa grande envuelta en el silencio invernal del bosque, donde el sol naciente filtraba rayos pálidos y dorados a través de las cortinas polvorientas que colgaban como velos olvidados en las ventanas empañadas por el aliento de la noche, Seungmin abría los ojos antes del alba con una lentitud perezosa y aún somnolienta, el cuerpo cálido y diminuto del hurón acurrucado en la curva de su cuello como un pañuelo vivo y palpitante que emanaba un calor sutil y reconfortante contra su piel, Jin dormía tanto que al principio le asustó con su inmovilidad absoluta y profunda, como si estuviera sumido en un letargo eterno que lo hacía parecer una estatua de pelaje blanco; luego leyó en un libro viejo de la biblioteca del pueblo, un volumen polvoriento con páginas amarillentas y manchadas por el tiempo que olía a moho y tinta desvaída, que los hurones hibernan en invierno y que, heridos, pueden pasar días enteros recuperándose en un estado de reposo profundo que acelera la sanación de sus cuerpos frágiles y ágiles, un conocimiento que calmó su preocupación inicial pero dejó un residuo de fascinación por la resiliencia de la pequeña criatura que ahora compartía su soledad.
—Dormilón —le susurraba Seungmin cada mañana con voz suave y afectuosa que rompía el silencio matutino como un susurro de viento entre las ramas nevadas, rascándole detrás de la oreja sana con dedos gentiles que sentían la textura suave y sedosa del pelaje blanco—. Si sigues así, voy a empezar a cobrar alquiler —agregaba con un tono juguetón que intentaba aligerar el peso de sus propios pensamientos circulares, Jin solo abría un ojo negro y brillante como una perla oscura en medio de la blancura inmaculada, bostezaba mostrando dientes diminutos y afilados que relucían brevemente en la luz tenue, y volvía a dormirse con un movimiento lánguido que lo hacía enrollarse aún más contra el calor humano, las heridas se cerraron con una rapidez que Seungmin no se explicaba en su mente racional acostumbrada a los ritmos lentos de la curación urbana, la oreja rasgada dejó una cicatriz rosada y delicada que contrastaba con el pelaje circundante como una marca de batalla sutil, la pata trasera dejó de cojear gradualmente hasta recuperar su agilidad natural, pero el brillo de sus ojos seguía apagado y opaco, como si algo dentro de él se hubiera roto más allá de la piel y los huesos, un velo de melancolía o trauma que se adhería a su mirada y lo hacía parecer vulnerable incluso en momentos de reposo.
Días después Seungmin volvió del aserradero con las manos llenas de astillas puntiagudas y ásperas que se clavaban en su piel como recordatorios punzantes del trabajo físico extenuante, y el olor a pino fresco y resina impregnado en la ropa que se mezclaba con el sudor salado de una jornada larga bajo el sol invernal que apenas calentaba el aire cortante, había aceptado el trabajo en el aserradero ruidoso y polvoriento donde el zumbido constante de las sierras eléctricas cortaba el silencio del bosque como un rugido mecánico incesante: cortar troncos gruesos y nudosos que crujían al partirse, apilar madera en montones ordenados que se elevaban como torres precarias, cargar sacos pesados que tensaban sus músculos hasta el límite del agotamiento, no por el dinero que aún le sobraba en cantidades suficientes para cubrir casi dos años de vida austera con los ahorros acumulados de trabajos pasados en la ciudad, sino porque el ruido ensordecedor de la sierra le impedía pensar en Seúl con sus calles abarrotadas y luces neón parpadeantes, en Ryujin con su risa traicionera que aún resonaba en sus recuerdos como un eco doloroso, en su padre con su voz áspera y acusadora que lo perseguía en sueños intranquilos, entró dando un portazo que hizo vibrar el marco de la puerta antigua y astillada, el eco rebotando en las paredes vacías de la casa que ahora parecía menos desolada con la presencia del animal.
—¡Jin, comida! —gritó con voz animada que cortaba el silencio vespertino, el hurón salió disparado desde la sala con una velocidad sorprendente y juguetona, correteando entre sus piernas con movimientos zigzagueantes y ágiles que rozaban sus pantalones manchados de serrín, dando saltitos torpes de alegría que lo hacían parecer un resorte vivo y blanco contra el piso de madera oscura, Seungmin se agachó con un gruñido por el dolor en su espalda fatigada y lo atrapó al vuelo con manos gentiles que lo elevaron en el aire.
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BITTERSWEET
FanfictionSeungmin escapa de una casa que lo asfixia y se refugia en la vieja cabaña de sus abuelos, en un pueblo tan perdido que ni los mapas lo nombran. Allí, entre el olor a pino y el silencio que pesa, los vecinos susurran sobre híbridos que merodean al a...
