Samantha se despertó con la sensación de haber sido atropellada por un camión. Le dolía todo el cuerpo y tenía la boca pastosa. Ya había claridad aunque las cortinas negras tapasen parte de la luz casi como una persiana y alargó el brazo para ver la hora en el móvil tirando por el camino los audífonos. Maldiciendo para sí, se levantó y encendió la luz para buscarlos por la moqueta. Hacía más de diez años que le habían diagnosticado hipoacusia neurosensorial y estaba más acostumbrada a la pérdida de audición del 60% que le causaba que a tener cuidado de donde dejaba los aparatos. Los buscaba a gatas y un poco a ciegas porque no sabía dónde había dejado las gafas hasta que los encontró debajo de la cama y, al levantarse, se golpeó contra el somier. <<Good morning America>>, pensó para sí. Tras la durísima aventura, pudo coger el móvil y se asustó al ver que eran las once de la mañana y había dormido más de doce horas.
Aunque la peripecia le había ayudado a olvidar un poco el mal cuerpo que tenía, deicidió quedar un rato más en la cama. Por lo menos, ya no le dolía la garganta.
Después de haber remoloneado durante una hora, se vistió y se puso en marcha. Cogió un zumo de naranja y un bagel típico de Nueva York y cogió un taxi que le dejó a las puertas de Wall Street. Anduvo por sus calles, se fotografió con el toro y bajó hasta Battery Park para coger la visita guiada que había reservado para ir hasta la Estatua de la Libertad.
La primera parada era en Ellis Island, la que fuera antiguamente la principal aduana de la ciudad y ahora es el museo de la Inmigración. Había multitud de objetos, valijas, historias y nombres de quienes habían ido en busca de una vida mejor vida en Estados Unidos y no pudo no sentirse identificada. Al fin y al cabo ella también era una de tantos. Vale que lo suyo no era tanto por necesidad económica como necesidad espiritual, pero sentía que su particular andadura era parte de crear su sueño.
Más tarde, rumbo a la estatua, Samantha se quedó embobada con las vistas de la ciudad. Veía los altos edificios del barrio financiero agrupados en la esquina final de la isla y entre ellos destacaba uno que en su momento fueron dos: el One World Trade Center. Era la construcción más alta de la ciudad y eso era lo menos importante de su historia. Aún recordaba ese 11 de septiembre de 2001, en la playa de la Manga del Mar Menor con su familia, con sólo siete años. Un escalofrío recorrió su espalda y se entristeció al pensar en todo aquel que había perdido a sus seres queridos. Así, llegó a la Estatua de la Libertad, más impresionante que en fotos. Tras haberse sacado varias instantáneas, admiró las vistas sobre las que el cielo se hacía cada vez más negro, cargándose de electricidad y se sintió obligada a escribir en la libreta unas palabras muy melancólicas acordes con el día.
Cuando volvió a Manhattan, lejos de la brisa marina, el calor se había vuelto sofocante y entró en el primer local que vio a refrescarse comiendo una ensalada. La verdad es que no tenía más plan para lo que le quedaba de día, así era ella, un desastre, y pensó en coger un taxi e ir hasta el hotel a cambiarse de ropa y conocer los lugares emblemáticos más cercanos pero por otra parte le apetecía descubrir zonas menos conocidas y al día siguiente tenía un tour por toda la ciudad, así que se decantó por caminar por el margen oeste de la isla. Parecía una ciudad enorme, pero en una hora y media se podía recorrer media isla a pie, algo que le gustó bastante a la valenciana.
Antes de ponerse en marcha, hizo una pequeña parada al lado del World Trade Center, aún no estaba segura de si le gustaba la idea de pagar para visitar el memorial así que se conformó con mirar los alrededores, plagados de recuerdos a las víctimas. Continuó su camino por la Calle Oeste, paseando toda la orilla del Río Hudson porque necesitaba sentir el fuerte viento en la cara, el calor se iba haciendo cada vez más insoportable. Iba tan absorta en sus pensamientos y en las vistas que llegó al Chelsea Market sin darse cuenta de que llevaba caminando casi 50 minutos.
El lugar, que le recordó a la Boqueria de Barcelona, tenía un estilo industrial que se integraba perfectamente en la ciudad y, a la vez, ofrecía algo parecido a casa: un mercado de comida y tapas. Miró todos los puestos, sacó fotos, paseó observando a la gente y compró unos dulces para picar en la habitación. Se había enamorado de ese lugar y pretendía volver a menudo.
Su siguiente destino fue el High Line, una antigua línea ferroviaria elevada que fue restaurada y se convirtió en un paseo verde en medio de la ciudad. Cuando llegó al final, apareció The Vessel, una construcción muy extraña con forma de vaso en el que las paredes están formadas por hexágonos huecos llenos de escaleras, de manera que tienes vistas desde todos los puntos del edificio. Subió sintiéndose como una abeja en una colmena. Arriba, contempló el espacio que se extendía alrededor y que era totalmente diferente a las vistas desde el Rockefeller: a un lado, veía el río Hudson y Nueva Jersey, al otro, una zona sin edificios con árboles. Además, el cielo negro confería a la ciudad un tono más duro, más industrial y menos acogedor, quizás por la fuerte tormenta que presagiaba. En ese momento cayó el primer rayo en una de las torres más alejadas y el trueno no tardó en seguirle.
Con miedo a que le pillase el chaparrón durante su paseo, bajó rápido pero fue en vano pues se puso a diluviar a los dos minutos. Aún le quedaban unos veinte minutos hasta el hotel y no veía ningún sitio donde comprar un paraguas por lo que optó por no pensarlo más y salir corriendo. Llegó a hotel, cansada y como un perrillo mojado justo en el momento en el que la lluvia parecía amainar un poco. <<Genial, soy una pringada hasta en Nueva York>>, pensó mientras entraba.
Su intención era subir directa a la habitación pero en el ascensor se giró en redondo cuando sintió la vibración de una voz grave acompañada por el piano del hall con una melodía que le sonó remotamente familiar, como si la hubiese escuchado durante unos segundos en algún momento de su vida. La siguió, por curiosidad y su sorpresa fue enorme cuando descubrió que el dueño de la voz que cantaba Your Man de Josh Turner no era otro que el chico del ascensor. Este, a diferencia del día anterior, se percató de su presencia y clavó sus ojos oscuros en ella durante unos instantes. Apartó la mirada rápidamente y paró de cantar con un gesto de indudable vergüenza mientras continuó tocando.
Samantha, que estaba hipnotizada por segunda vez por las habilidades del chico, se dijo a sí misma que no iba esperar a que el destino les cruzase una tercera vez y se propuso saludarle y felicitarle cuando acabase la canción, sin acordarse en absoluto de que estaba empapada.
El chico enlazó varias canciones, aumentando cada vez más la velocidad y moviendo sus dedos y manos a una velocidad inhumana para acabar con un acorde prolongado que a Samantha le hizo aspirar profundo, como si hubiese estado corriendo al ritmo durante la melodía. El joven se levantó y Samantha, de dos zancadas, se plantó delante de él, cortándole el paso hasta el ascensor.
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Cornelia Street
FanfictionAño 2021. Samantha. Flavio. Una nueva ciudad, un nuevo país, un nuevo continente. Nueva York. Una oferta de trabajo, una oportunidad académica. El destino que lleva año separándoles sin que lo sepan, parece empeñado en juntar el camino de dos perfe...