Descubriendo Nueva York, Sam

699 61 3
                                    

Se despertó desubicada aún envuelta en el albornoz. Le dolía un poco la garganta por la humedad. <<Genial>>, pensó, <<en cuatro días empiezan los ensayos y yo así>>. Se desperezó, miró el reloj y se dio cuenta de que eran las tres de la tarde y había dormido dos horas y media. Se puso lo primero que encontró, cogió la riñonera y salió a buscar un sitio en el que le diesen de comer algo fuera del horario de comidas.
Mientras pensaba en lo que le iba a costar adaptarse a comer poco y a la una de la tarde, entró en el ascensor sin reparar en el resto de ocupantes. Cuando se dio cuenta de la presencia de un joven que estaba al fondo del cubículo, se quedó mirándole fijamente. Era realmente atractivo. Se le ocurrió que podía mejorar su inglés haciendo amigos y ese chico, ligeramente más joven que ella y con aire intelectual, parecía un buen candidato. Al fin y al cabo, uno de los beneficios de no hablar el idioma a la perfección era que no se involucraría en exceso, pudiendo divertirse sin despistarse de lo realmente importante: trabajar de la música.
Salió del ascensor pensando qué hacer para entablar conversación con él pero, al pasar por delante de un espejo se dio cuenta de que prefería intentar impresionarle cuando llevase el pelo peinado y no tuviese la camiseta de rayas con plátanos, encima arrugadísima. Y con el estómago lleno, preferiblemente. Así que en ese momento sus prioridades eran otras.
Al salir, giró hacia la Octava Avenida y se topó con un Dunkin Donuts. Contenta con su descubrimiento y sabiendo dónde iba a desayunar durante lo que durase su estancia en el hotel, pidió una rosquilla con chocolate y un latte que casi escupe, aprendiendo su primera lección: en Estados Unidos no saben hacer café con leche.
Así, se sumergió en la gran ciudad, más que dispuesta a perderse y encontrarse las veces que hiciese falta.
Se preparó para una tarde de paseo intensivo bajo el intenso calor de finales de julio porque no quería perderse ni un detalle. Volvió a Times Square y se sorprendió igual que antes e incluso más. Cuando vio en un cartel de neón a Aitana, se llenó de orgullo: la seguía desde el principio de su carrera y la admiraba muchísimo. A veces pensaba en lo que podría haber sido y no fue... pero sacudió rápidamente esos pensamientos de su mente y puso rumbo a Central Park por la Sexta Avenida.
La esquina del Radio City Music Hall se puso en su campo de visión y se imaginó dentro a las  míticas rockettes. Prosiguió apuntando mentalmente intentar encontrar entradas y al llegar al parque se puso a deambular por los múltiples caminos. Tras cuarenta minutos caminando sin rumbo y sacándose fotos con las diferentes estatuas, encontró el Metropolitan Museum. Se sentó en sus escaleras para sentirse como Blair Waldorf, aunque sin casa en el Upper East Side y con un look de turista total.
Ya en la Quinta Avenida, fue unas manzanas más al norte para ver el Guggenheim. <<Es bonito, pero el nuestro es mejor>>, pensó haciendo comparaciones posiblemente absurdas pues Frank Lloyd Right y Frank Gehry no tienen nada que ver, y eso que ella no es una experta. Al lado del museo vio una pequeña iglesia-Church of Heavenly Rest- que tenía una cafetería muy coqueta. Era un poco raro, pero le pareció buena idea tomar un refrigerio a la sombra en un lugar tan peculiar.
Eran ya más de las seis de la tarde y aún necesitaba desayunar con diamantes así que recorrió la Quinta Avenida mirando todas las tiendas: el cubo de cristal de la Apple Store, la juguetería FAO Schwarz con su piano gigante, los lujosísimos grandes almacenes Bergdorf Goodman y, finalmente, Tiffany&Co.
Ahora sí que sí, tomó de golpe total consciencia de donde estaba. Verse reflejada en el escaparate en el que tantas veces había visto hacerlo a Audrey Hepburn en una de sus películas favoritas hizo que se diese cuenta de la magnitud de su aventura. Había dejado su grupo, su familia, la comodidad de su vida como guía turístico y animadora y sus amigos de toda la vida para perseguir su sueño y dejar de lado lo que le había atormentado en la última época.
Se debería sentir asustada, pero ella no era así, Samantha no se hacía pequeña ante situaciones que supusiesen un reto. Siempre había creído en la Ley de la Atracción y era optimista frente a las vivencias que iba a atesorar en esa locura que había emprendido.
Salió de su ensimismamiento cuando una mujer le golpeó sin querer. Ya se lo habían comentado y en menos de medio día había podido corroborarlo: los neoyorkinos iban con prisa a todos los lados y apenas reparaban en el resto del mundo. Continuó hacia el centro Rockefeller y decidió subir para ver su primera puesta de sol.
Estuvo hora y media en el observatorio contemplando la ciudad apagarse -y encenderse- con vistas privilegiadas. Le pareció tan mágico que no pudo evitar sacar la libreta y ponerse a escribir, su otra pasión. Nadie nunca había leído sus poemas. Pese a ser aparentemente muy segura de sí misma, una parte de ella no conseguía sentirse orgullosa de muchas cosas que hacía y sus escritos eran una de ellas. Pero le relajaba y disfrutaba haciéndolo y esa noche, en un entorno tan privilegiado, mirando hacia el Empire State, su bolígrafo fluía casi a la velocidad de sus pensamientos.
Cuando se dio cuenta, eran las nueve pasadas y acababa de caer en la cuenta de que no había cenado. Como la nueva hora de cenar había pasado hacía dos o tres horas y el cansancio acumulado y el jet lag empezaban a hacer mella en ella, optó por coger algo del McDonalds de Times Square y tomárselo en la habitación.
De noche, la famosa intersección era aún más impresionante, si cabe. Bullía llena de vida, de turistas pegados a cámaras de fotos, de parejas paseando, de familias e incluso de runners que aprovechaban que no había sol para poder hacer deporte sin asfixiarse. Observando, como no había parado de hacer desde que puso un pie en el aeropuerto, se dirigió al hotel.
Al entrar en el lobby, sintió el frescor propio de no haber estado azotado por el sol y de contar con un magnífico sistema de aire acondicionado. Estaba realmente tranquilo y soñaba una melodía muy bonita. Se sentó unos instantes en uno de los sofás del lobby para disfrutar de la atmósfera, bolsa de comida basura en mano, y de repente se dio cuenta de que no estaba escuchando una radio o música ambiente, sino que se trataba de música en vivo, un piano para ser exactos.
Con curiosidad por el hecho de que un martes cualquiera hubiese un show de un pianista, decidió buscar la fuente de la música. Tras un biombo, se abría otra parte del hall donde había un piano en el centro y, sentado, podía ver de espaldas a un hombre tocar. No iba vestido como si estuviese dando un concierto, parecía un turista más con unas bermudas vaqueras, una camiseta verde y una riñonera, así que Samantha dedujo que se trataría de un huésped con una habilidad pasmosa para tocar el instrumento.
Hipnotizada y relajada, se sentó en otra butaca y sacó nuevamente su libreta pues la escena le había transmitido tanta paz que sentía la inspiración abriéndose camino. Perdió totalmente la noción del tiempo y su sesión de escritura fue interrumpida cuando el piano dejó de sonar. Alzó la vista para felicitar al pianista puesto que su forma de tocar le había parecido realmente excelente y a la vez emocionante, pero su sorpresa fue mayúscula al comprobar que se trataba del joven del ascensor. El chico guapo de las gafitas no solo era atractivo, sino que tocaba el piano con una maestría que pocas veces había visto.
Pese a que su primera intención, antes de saber de quién se trataba, había sido alcanzar al músico, la revelación de que se trataba de su flechazo le había dejado paralizada. No entendía como alguien que no conocía le podía imponer tanto, había algo en su porte, en su forma de actuar, que hacía que la chica que casi siempre confía en sí misma estuviese insegura por cruzar dos palabras con él.
Recordó su ropa, su pelo y haber estado toda la tarde sudando y acabó de venirse abajo en el intento. Subió a la habitación, cenó, se pegó otra ducha y se maldijo por tener miedo de algo tan fácil como saludar a un tío. Esperaba volver a encontrárselo al día siguiente y poder, por fin, ponerle voz al misterioso pianista. Con esos pensamientos fue cayendo rendida al sueño.

Cornelia StreetDonde viven las historias. Descúbrelo ahora