I (Charles)

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La alarma comenzó a sonar, el estruendo resultaba desagradable, sus oídos seguían quejandose a pesar de que hubiera intentado amortiguar el escándalo cubriéndose con la almohada. Sus manos tantearon de manera torpe en busca del botón para callar ese condenado aparato, un pitido y la calma siguiente  le confirmaron que lo había conseguido.
Se incorporó lentamente hasta quedar sentado sobre el sofá en que había estado durmiendo, algo apestaba. Abrió los ojos, la claridad le provocó escozor, obligándolo a entrecerrar los párpados mientras giraba su cabeza para inspeccionar su alrededor en un intento de acostumbrarse a la luz. 
El área circundante era un desastre, sus prendas estaban por todo el apartamento, algunas de ellas sobre restos de comida rápida de las que no podría asegurar una fecha en que las hubiera comprado; sin lugar a dudas cualquier desconocido podría afirmar con calma que se trataba de un lugar en que algunos vagabundos se habían refugiado .
No tenía demasiado sentido ordenar a estas alturas, seguramente faltaría poco para que lo reubicaran, de hecho le parecía raro que no lo hubieran hecho ya.
Se levantó inspirando hondo, dejó entrar en él ese aroma pútrido, la suciedad y la podredumbre se combinaba con la humedad provocando un picor bastante molesto en sus fosas nasales...Había caído realmente bajo.
Se giró en dirección al baño, presentía que sería buena idea ducharse antes de que le notificara que debía ir a trabajar.
Estando en la ducha, a la que llegó dando algunos tumbos mientras se quitaba las prendas sucias que llevaba encima, abrió la llave; dejó correr la gélida lluvia inicial y se introdujo en cuanto el vapor comenzó a elevarse.
Se dejó abrazar por la tibieza y el dulce aroma del jabón le calmó, estaba en paz, no pensaba en nada y eso, a veces estaba bien.
Terminó con un suspiro de alivio y se dirigió desnudo hacia el espejo, cuya visión le arrebató sin piedad aquella paz tan pasajera. 
Allí de pie se encontraba un hombre de mediana edad con la cabellera húmeda y despeinada de la que asomaban generosos mechones grises; su mandíbula, enmarcada por una desprolija barba que ya tenía bastantes días sin afeitar; mostraba un aspecto cansado, afirmación reforzada por su mirada de apariencia hueca y enmarcada por incipientes ojeras.
Dio un bufido y se marchó de allí con notable frustración.

El sofá que le servía de cama captó su atención, el relleno salía del tapizado, arruinado por manchas oscuras en la superficie que mostraban su aparente silueta; definitivamente tendría que comprarse otro, o quizás una cama sería mejor la próxima vez. 

“Aunque quizás no merezca dormir cómodo”- el frío pensamiento lo recorrió mientras intentaba buscar algo de ropa.


Se dedicó a revolver, sin demasiado esmero, entre el caos y la inmundicia. Tan pronto encontraba alguna prenda en un estado mínimamente aceptable, simplemente se vestía con ella. Encontró unos jeans gastados bajo la mesa en el centro del apartamento, una camisa color caqui bastante arrugada encima del refrigerador y su gabardina marrón, cuidadosamente colgada de una silla; era grande, estaba gastada en varios puntos y pesaba más de lo que recordaba, pero seguía siendo uno de sus pocos recordatorios de un pasado mejor, o cuando mínimo, menos peor.
Se acercó a la mesa y tomó su revólver, que ya nunca estaba descargado, lo colocó en el interior de su abrigo y extendió la mano hacia el cuchillo que reposaba a su lado, siempre reluciente y tan afilado que si tuviera ánimos se quitaría la barba con él.

Un tintineo repetitivo sonó desde el bolsillo de su abrigo, su celular (o al menos el que le habían exigido que aprendiera a usar) al parecer había recibido un mensaje nuevo.
Lo sacó sin demasiados ánimos, la dura realidad era que, muy en el fondo, se sentía frustrado por tener que ejercer de un simple “limpiador”; aunque le sorprendía que no le hubiesen ejecutado después de lo sucedido, aunque una parte de él entendía que eso último habría sido casi preferible.

Supongo que es difícil conseguir borregos dedicados y entrenados - su frustración asomó en un susurro, la garganta seca le impedía hablar muy bien.


Leyó el texto y soltó un bufido, la garganta le comenzó a arder. 
Miró en derredor, en busca de algo que beber. Pudo localizar una botella de vodka barato sobre el refrigerador, Se acercó para tomar la botella y refunfuñando se la llevó a la boca tras desenroscar la tapa de forma tan apresurada , como si de un alcohólico empedernido se tratara; bebió con avidez.
La quemazón que le produjo no era nada comparada con aquella sed, definitivamente se estaba poniendo cada año peor; al principio había sido una simple comezón que podía manejar con algo de agua, pero éste era el noveno año y la sensación era agobiante. Una sed que no podía calmarse, a veces se sorprendía a sí mismo rascando su cuello con sangre en las uñas, en un intento desesperado por calmarla.
El contenido, que había casi llenado su recipiente, simplemente había desaparecido.
No se sintió mareado, el alcohol nunca le había afectado, sin embargo lo necesitaba, era lo único que calmaba la sed, al menos desde que había perdido hasta sus dones. Una lágrima se asomó en su ojo derecho, obligándolo a sacudir la cabeza, renegando de sus propios recuerdos.
Anduvo un par de pasos y se dejó caer en la silla frente a la puerta, el crujido de la madera vieja sonó como el lamento de aquello que simplemente desea rendirse, pero al que aún le obligan a funcionar.

“Te entiendo pequeña silla”- la voz en su cabeza no sonaba tan ronca como la suya propia al menos.


Se quedó mirando el techo, la humedad formaba manchas irregulares de color amarillento, iban de un lado al otro, salpicadas por oscuros puntitos de moho. 

“A tu alrededor siempre habrá vida, aunque dediques toda la tuya a destruirla” - una voz de tono dulce surgió en su mente, se sobresaltó tirando la botella vacía al suelo, que rebotó y cayó sobre una caja de pizza vacía. 


Miró a su alrededor, en busca del origen de la voz de forma inconsciente, pero no había nadie allí, lo sabía y le dolía. 
Unos pasos se acercaban por el pasillo.
Charles se puso firme en su lugar mientras alguien golpeaba la puerta con los nudillos. 

Entre Fuego y SangreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora