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Todo el mundo sabe que las apariencias engañan, que los estereotipos siguen existiendo y que, por ende, los prejuicios son prácticamente inevitables.

¿Quién creería que un hombre de cresta y prendas brillantes sería capaz de volar cabezas de un solo tiro?

¿O que un rusky podría sonrojarse ante un piropo del de cresta?

En principio, nadie, ya que -como bien se detalló- no todo lo que reluce es oro.

Por ello, resulta complejo confiar en lo que se ve. Y más aún en una ciudad como Los Santos, donde absolutamente todos tiene algo por esconder, sea para bien o para mal.

Siendo que, es muy distinto encontrarse con un sujeto, dos veces más grande que el propio ser, que únicamente quiera un abrazo y ser comprendido; en lugar de ver a un mecánico con francotiradores en lugar de llaves, ejemplificando uno de los casos más leves.

Porque, todo debe decirse, las cosas podrían tornarse mucho más oscuras si se descubre que "el dueño de la ciudad" posee una contraparte adicta a la destrucción; y que uno de sus subordinados puede transformarse, sin grandes problemas, en un payaso asesino, digno del papel protagonista de cualquier película de terror.

Aunque, quizás, ese no sea el verdadero engaño. Puesto que más de una persona ha sido capaz se darse cuenta de que Jack Conway, en ocasiones, desea convertir a sus víctimas en coladores hechos a plomo; y que Gustabo García es un manipulador de mucho cuidado, capaz de amarrar a cualquiera y deslumbrarle con las brillantes luces de circo que suelen rodearle.

Por lo que, aquí la cuestión es otra...

¿Quién creería que esos dos estarían en una relación?

Nadie. Ni tú. Ni los más ajenos. Ni los más allegados. Ni el cupido mismo.

Sin embargo, a las pruebas se remite la realidad. Y es que, quizás todavía no se note, debido a que ya está oscureciendo en Los Santos y a los ojos le es más complejo acostumbrarse a la noche cuando las farolas de la ciudad no funcionan y solamente queda la luminosidad de la luna; pero, en el garaje de comisaría, un rubio bastante hijo de puta y un trajeado aún peor, están comenzando su encuentro luego de una larga jornada de trabajo, en la cual no pudieron darse siquiera un beso.

Resulta inimaginable -e inclusive fantasioso- conseguir contemplar cómo miradas llenas de fervor son capaces de inundar su visión con aquel brillo tan característico que desprenden los enamorados al ver a su persona favorita, aquella que les acelera el pulso y les dilata las pupilas.

Una escena sencillamente perfecta:

Bajo el reflejo de la luna llena, el Superintendente baja la guardia para poder de tomar las manos del Inspector Jefe.

Ambas partes sumergidas en su propia burbuja, ignorando la bulliciosa y agitada ciudad, con tal de disfrutar de un pequeño momento íntimo en el cual puedan quitarse las máscaras y dejar que sus cuerpos se muevan por impulsos y no midiendo cada una de sus acciones.

¿Jack quiere abrazar la cintura ajena y acercarla hacia él como si su vida dependiera de ello? Estupendo.

¿Gustabo quiere rodear el cuello contrario y entrelazar sus dedos entre las suaves hebras del cabello? Perfecto.

¿Ambos quieren juntar sus frentes y disfrutar de la cercanía del otro? Fabuloso, es más, ya estaban tardando.

Sin embargo, su intimidad cuenta con escasos minutos, porque no sólo las apariencias engañan por culpa de los estereotipos, sino también gracias a que la inesperada pareja fomenta tal timo.

- Jack... - murmuró el rubio sobre la boca ajena.

- Dime - contestó en un susurro, manteniendo los ojos cerrados.

- Tenemos que irnos, ya habrá más tiempo en casa - comentó rozando sus labios con los del trajeado.

- Venga, vámonos - concluyó tras darle un efímero beso a su pareja.

- Espera - dijo sujetando el brazo ajeno, con el propósito de detener su accionar.

- ¿Qué sucede? - interrogó retrocediendo sobre sus pasos.

- Bésame bien, coño - sentenció atrayendo al contrario desde su pulcra corbata, con tal de unir sus labios con los ajenos y sentir nuevamente aquel mundo de emociones que sólo es capaz de generarle Jack con un único beso.

Porque, poco se habla de la necesidad con la cual se fusionan el uno con el otro, autorizando que se den pequeñas mordidas, permitiendo que las manos acaricien a su antojo, dejando que las respiraciones se alteren y que los corazones palpiten desenfrenadamente sin remordimiento alguno.

Soft Moments || IntenaboHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora