Capítulo Ocho: Nuestros.

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Capítulo ocho: Nuestros.




Un mes.

Habían pasado exactamente 30 días.

Iruka consideraba factible llevar el control del tiempo en que estuvieran en cautiverio, aferrarse a todo lo que les fuera familiar. Esos días se había sentido enfermo y los sirvientes le ayudaban con todo lo que necesitaba; "sirvientes" era la palabra que prefería utilizar a esclavos. Sin duda alguna lo eran, había tenido casi un colapso nervioso cuando observó que ninguno tenía lengua.

Concluyó que era un castigo, no imaginaba que podrían haber hecho para ser acreedores de ello.

En esos días Kakashi hablaba con él como si le entendiera; era normal, quería que aprendiera su idioma. Pero fuera de ello, estaban atrapados. El alfa lo había llevado a los límites de la barrera invisible; le enseñó que era imposible escapar. Aferrarse a la libertad era un peligro.

El de cabellos plateados decía palabras suaves, no levantaba la voz, ni decía información de más. Le tenía una estima que Iruka se frustraba, lo trataba como a un viejo amante, en ocasiones le tocaba las mejillas y lamía sus pómulos. No intentó besarlo después del fuerte golpe que recibió como respuesta, sin embargo, lo extraño de aquello es que se lo permitía.

Cuando lo tomó no se había detenido ante su rechazo...

Negó tratando de escapar de sus pesadillas. La mayor parte del tiempo trataba de estar despierto, el lobezno lo obligaba a dormir en el mismo lugar por las noches y cierta desconfianza estaba ahí, siempre la estaría. Sabía que aunque lograra regresar a casa las secuelas de todo ese trauma lo acompañaría hasta el final de sus días.

Fijó su vista en el panorama. Había salido a tomar un poco de aire y se escabulló entre los raros matorrales. Ese lugar parecía sacado de una utopía, la flora no se le parecía nada a los libros, a algo familiar; suspiro y dejó que el extraño frío se colara entre su piel.

Se sentía tan humano así.

Tan él.

Tan Iruka.

La voz en su cabeza era una tortura, prefieria ignorarla. Era lo mejor, ese instinto albergaba una extraña obsesión por Kakashi, por el alfa. Esa maldita palabra la había escuchado como un eco en su cabeza; la odiaba. En los pocos libros que leyó sobre caninos supo que tenían una jerarquía: alfa, beta y omega, concluyó que esas bestias también.

El alfa siempre a la cabeza, liderando; Los betas sus manos derechas; y los omegas, los débiles. El diccionario los definian tal cual, sin embargo sabía que aquellos sirvientes sin lengua no eran omegas, si no betas. La historia de los hombres lobos era un misterio que estaba seguro que ni su interior conocía.

Su instinto comenzó a ronronear y el olor a Kakashi llegó como una suave brisa. Levantó la vista y los cabellos plateados le rozaron la mejilla.

—La temperatura descenderá, Iruka. Volvamos dentro.

No contestó.

Kakashi lo abrazó con una ternura que se tornaba insólita. Lo empujó huyendo de esa jaula, llegando más rápido de lo esperado a la puerta ¿Era posible escapar de él? Le miró caminar despacio hacia él con un rostro tan neutro que era casi imposible saber que era feliz ¡¿Por qué diablos podía sentir sus sentimientos?! ¿Que tanto los había unido esa mordida? Sus ojos se mostraron acuosos y sentía como un idiota por llorar de nuevo.

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