14: Botellas y golpes.

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Capítulo 14

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Capítulo 14

Desde pequeños teníamos la tradición de coger nuestras bicicletas y pasar todo el día a orillas del pantano cuando llegaba el calor. Por eso, aprovechando que mi primo pequeño de quince años, Alejandro, iba a pasar unos días en el pueblo, llenamos nuestras mochilas de comida y pedaleamos por la montaña hasta las rocas blancas del hermoso lugar.

La música del altavoz que portaba el novio de Macarena retumbaba en su bolsillo, Alejandro luchaba por no caerse de su bicicleta y Martina cantaba con entusiasmo como si aquella noche no hubiera estado llorando por culpa de Lucas. Por otro lado, Carlos y yo pedaleamos en silencio, centrados en nuestras propias preocupaciones y regalándonos miradas llenas de complicidad.

Al llegar a la entrada del recinto, no pude evitar alzar mi mirada hacia las excavaciones del hallazgo y me sorprendí a mi misma al pensar en Flavio. Me pregunté si había podido convencer a su padre para seguir trabajando en lo que amaba, el corazón me golpeó el pecho para que volviera a la realidad y, apretando los labios, dejé la oxidada bicicleta junto a las de mis primos.

Necesitaba seguir adelante y despejarme. Pero aún así, era incapaz de no extrañar pasar tiempo con él o preocuparme de su situación familiar.

Macarena pasó un brazo por mis hombros desnudos y me regaló una sonrisa feliz mientras bajabamos por la rampa, tratando de no tropezar con las piedras. Colocamos las toallas pegadas unas de otras y nos sacamos la ropa para quedar sólo con los bañadores. El calor alimentaba aún más nuestra diversión y, gracias a las risas que mis primos me provocaban, dejé de pensar durante un tiempo en todo lo que me intranquilizaba.

Me recosté en mi toalla y me unté de crema solar para no acabar como una langosta. Frente a mí, pude admirar como Ana trataba de no perder las sandalias al entrar en el agua, pues no se podía bañar descalza por las ramas y piedras que yacían sumergidas en el suelo.

Conforme transcurría la mañana el pantano comenzó a llenarse de jóvenes y nuestra tranquilidad se vio interrumpida por la repentina aparición de los amigos de Miguel, quienes no tardaron en unirse a nosotros.

A mi no me importó, ya que me parecían bastante agradables, en cambio, el rostro molesto de Macarena nos preocupó. Mi prima solía ser muy sociable y resultaba extraño que no estuviera cómoda con más personas. No le dimos mucha importancia y acabamos ayudándoles a colocar sus toallas junto a las nuestras.

Pablo, el mejor amigo de Miguel, se recostó a mi lado y le sonreí amablemente. El mayor rozaba los treinta años y siempre se había comportado muy bien conmigo. Me devolvió la sonrisa apartándose el cabello rubio del rostro, sus gafas de sol ocultaban los increíbles ojos verdes que poseía y sus hoyuelos quedaron a la vista con aquel gesto.

-Cuanto tiempo sin vernos, Aury.-Dijo y se deshizo de sus gafas de sol para clavarme una de sus atractivas miradas.

-Sí.-Contesté sin mucho interés en seguir la conversación, saqué mi móvil del bolso y comencé a jugar con él para entretenerme mientras los demás se daban un baño.

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