20: Ser todo y a la vez nada.

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Capítulo 20

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Capítulo 20

Acostumbrada a despertar por al frío que dejaba Flavio al marcharse, me extrañé cuando, al abrir los ojos, lo encontré abrazado a la almohada. Admiré lo guapo que se veía de aquella manera, su cabello castaño estaba revuelto y una pequeña sonrisita cruzaba su boca, feliz. Pasé una mano por su pelo, acariciándolo con cariño y recordando, progresivamente, los eventos que habían ocurrido en la noche.

No pude evitar sonrojarme, sus besos seguían recorriendo mi piel y las caricias me provocaron un intenso calor que se prolongó durante toda la mañana. Me mordí el labio inferior, intentando calmar las cosquillas de mi estómago, y, procurando no interrumpir su agradable sueño, salí de la cama.

Cubrí mi desnudez con una de sus largas camisetas y me dirigí a la cocina para preparar el desayuno. No era muy buena cocinera, pues cuando vivía con Nico solíamos comer la comida que nos traía su madre, no obstante, gracias a varios vídeos de youtube y a mi extraño buen humor, conseguí que las tortitas no salieran ardiendo.

Le preparé un café sólo, tal y como a él le gustaba, y lo dejé sobre la barra americana que separaba la cocina del salón. No lo escuché salir de la habilitación, sus manos rodearon mi cintura y me atrajó hacia su cuerpo en un dulce abrazo que no hizo más que recordarme lo ocurrido horas antes. Reí cuando dejó un cariñoso beso sobre mi cuello y nuestras miradas se conectaron en el instante que se sentó frente a mí.

-Buenos días, Aury.-Murmuró con la voz más ronca que de costumbre.

Sonreí y me senté delante de él, analizando su aspecto de reojo. Llevaba puesto un traje de chaqueta gris, sus ojos grisáceos se ocultaban tras unas gafas de montura fina y moderna, tenía la corbata negra mal colocada y su cabello estaba perfectamente peinado.

-Estás muy guapo con gafas-Lo alagué mientras untaba un poco de mermelada en las tortitas, quería utilizar la misma crema de chocolate que él, pero el médico me había restringido todo tipo de comida basura.

Su sonrisa aumentó y observé como analizaba mi aspecto desaliñado con detenimiento. En sus pupilas no apareció ningún brillo juzgante, por el contrario, se relamió los carnosos labios y trató de ocultar la repentina rojez de su rostro.

-Tu también lo estás-susurró tan bajo que me costó entenderlo-. Siempre llevas el pelo recogido, adoro cuando lo dejas suelto.

El ritmo de mis palpitaciones aumentaron y me sentí como si fuera una adolescente enamorada. El mar gris que tenía por ojos se fundió con el mío, acariciándome sin la necesidad de tocarme. Quise detener el tiempo, guardar esa mirada en un fotografía y mirarla cada vez que la inseguridad me invadiera.

Por desgracia, su teléfono interrumpió el instante y Flavio lo sacó del bolsillo con rápidez. No tuve que preguntar quién era, su expresión me contestó por él y bufó mientras rechazaba la llamada.

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