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— Sé que soy patética, pero por favor tú no pienses eso de mí —susurré en su pecho, sintiendo su calidez envolvente.
— No pienso que seas patética —respondió con voz serena, y en sus palabras había una seguridad que me reconfortaba.
Inhalé profundamente para captar su perfume; realmente huele bien. Me sentía aliviada. Estaba en sus brazos, y una vez más, él me había recibido, como si siempre supiera que regresaría a buscar refugio en su abrazo. Estoy agradecida.
— Ahora sé qué extrañaba tanto —hable, el sonido de mi voz casi un susurro en la intimidad que compartíamos.
— ¿Qué cosa? —preguntó, sus ojos fijos en mí, buscando entenderme.
— Me gusta cómo me haces sentir.
— ¿Cómo te hago sentir? —su tono era suave, curioso.
— Me haces sentir como si me estuvieras lastimando, pero me gusta.
— No te debería gustar eso —replicó, serio como siempre.
— Lo sé.
Se está volviendo a repetir. Esa realización se asentó en mi pecho como un peso, y en el fondo de mi mente, la inquietud comenzaba a crecer. ¿Verdad? Me preguntaba si Gojo me gustaba de verdad. Pero en ese momento, en tus brazos, ya no dolía.
Nanami sintió una oleada de alivio al tenerme de vuelta, como si el vacío que había estado sintiendo se llenara momentáneamente con mi presencia.
Solo yo puedo tratarla como merece, pensó.
Había una conexión entre nosotros que superaba las palabras, un entendimiento tácito de que, a pesar de mis inseguridades, él siempre estaría ahí para protegerme, incluso cuando yo misma no podía hacerlo.
Sin embargo, en el fondo, me sentía humillada. La vulnerabilidad que me hacía desear su abrazo también me llenaba de vergüenza. Pero aquí, en sus brazos, me sentía a salvo. Era un refugio en medio de la tormenta, un lugar donde las heridas podían sanar, aunque fuera solo por un momento. En su abrazo, todo parecía posible, incluso si era solo un espejismo, y por ahora, eso era suficiente para mí.