VIII

305 28 2
                                        

Tendidos sobre la parte trasera de la camioneta de Amelia, Nicolás trazaba figuras sobre su espalda desnuda, acariciaba de arriba a abajo su columna vertebral haciendo que la pelirroja soltara pequeñas risas a causa de las cosquillas que aquello le provocaba.

–Y ahora, Amelia. ¿Quieres ser mi luna? –susurró pegando su frente a la de ella. Ella rió.

–Creí que ya lo era –susurró de vuelta y junto sus labios en un dulce beso.

Esa noche se habían entregado en cuerpo y alma el uno al otro, bajo la mirada de la luna y las estrellas, perdidos en la mitad de un bosque permitiendo que el frío y el amor se calara hasta sus huesos.

Poco a poco Amelia acomodó su cabeza sobre el pecho de Nicolás hasta quedarse dormida. Él amaba verle dormir. La rodeó con sus brazos y se limito a escuchar su respiración junto el sonido que emitía el lago.

Lo único en lo que podía pensar era en que Amelia se veía aun más hermosa bajo la luz de la luna. El celular de ella comenzó a emitir un pitido dando a entender que había llegado un mensaje, pero él no invadiría su privacidad así que lo ignoro y también decidió dormir.

A la mañana siguiente ella despertó por el sonido de una cámara sacando una foto, abrió los ojos lentamente para acostumbrarse a la luz y encontró a Nicolás sentado frente a ella con una cámara polaroid. Se sentó y él tomó otra foto. Ella la tomó y cuando se diviso por completo, notó que no podía verse peor con el cabello enredado y el maquillaje corrido.

–Parezco un león –hizo una mueca mirando la foto.

–Entonces eres el león más lindo que vi en mi vida –le dio un beso en la mejilla sacándole una sonrisa.

–Eres tan malditamente cursi. Parece que te saque de un libro de romance adolescente –alargó la mano y busco a ciegas un lápiz.

Siempre los dejaba en todos lados, no por desorden, sino para que si le llegaba un momento de inspiración nunca le faltara un lápiz. Cuando encontró uno lo tomo y recogió su cabello en un rodete. Se dio cuenta que seguía enredada entre las sabanas así que se las quito de encima. Entonces noto que llevaba puesta una camiseta de Nicolás. Seguro él se la había puesto mientras dormía.

–Aunque te quejes sé que te gusta que sea así –sonrió colocando la cámara a un lado.

–Me encanta que seas así –se acercó a él y dejó un pequeño beso sobre sus labios. 

Se bajó de la camioneta y sus pies chocaron contra la hierva, se acercó lentamente al lago y se sentó en la orilla con las piernas cruzadas. Nciolás regreso con la cámara entre las manos y su sonrisa se hizo más grande cuando Amelia rodó los ojos.

–¡Ya para de tomarme fotos! –fruncio el ceño y tapo el lente de la cámara cuando él estaba preparado para tomarle una foto.

–Lo siento, pero es que te ves hermosa cuando te enojas –le tomó una foto.

–Aja, claro. Tu me ves hermosa hasta con un disfraz de payaso –se quejó y se tapo la cara justo cuando Nicolás tomaba otra foto.

–No es mi culpa –se encogio de hombros–. Lo dije y lo repito; Moon, eres una obra de arte –ella agachó la cabeza y miro sus manos.

–Algun día pararas de ser tan cursi –afirmó.

–Te quedaras esperando, mi dulce Lia –rió.

Ella se colocó de pie y caminó hacia la camioneta, él la siguió.

–¿A donde vas? –le preguntó.

–A devolver el libro de donde te saque –bromeó.

–Hablo en serio. -rió.

–Por algo de comer, Nico. Vamos, sube –subió a la camioneta y cerró la puerta.

–¿En pijama?

–A menos de que quieras ir con traje; sí, en pijama.

Se miró a sí mismo e hizo una mueca al ver lo que llevaba puesto. Un pantalón largo de pijama amarillo con cuadros naranjas y una camiseta manchada de pintura.

Se subió al asiento del copiloto y se puso el cinturón.

–A la próxima recuerdame enamorarme de una chica a la cual le de pena ir a desayunar solo con una camiseta de su novio.

–Haré que lo tengas en cuenta –encendió la camioneta y la puso en marcha, pero luego de un rato dando vueltas y de escuchar las risas burlonas de John se dio por vencida–. Toma el maldito volante, no sé como salir de aquí.

–Te dije que solo yo sé como, pero no me haces caso. Luego el terco soy yo –se cambiaron de lugar.

–Idiota –se cruzó de brazos.

–Si me dieran una moneda por cada vez que me llamas así creo que tendría más dinero que mi padre.

–Ajá –encendió la radio y Favorite Record comenzó a sonar. Así que le subió todo el volumen y comenzó a cantar a los gritos.

–Aún recuerdo la primera vez que vinimos al bosque. Ni te animabas a cantar bajito y ahora gritas en mi oído.

–Las cosas cambian –sonrió y besó su mejilla–. You were the song stuck in my head
Every song i've ever loved
Playing again and again and again
And you can get what you want but its ever enough
And I'll spin for you like your favorite record used to

Nicolás sonrió al verla tan feliz, amaba verla reír y sonreír porque ella era su felicidad. No quería verla llorar nunca más, ella ya había llorado suficiente. Ese era el momento para sonreír, gritar, bailar y reír. Él no iba a permitirle a nadie herirla de nuevo, no otra vez.

Condujo por la carretera con Amelia cantando a todo pulmón las canciones que sonaban en la radio. De vez en cuando le gritaba la letra a Nicolás en el oído solo para fastidiarlo.

–Nico... –le llamo y bajo el volumen a la música.

–¿Sí? –respondió con la vista en la carretera.

–Mirame...

–Si te miro, chocamos y morimos, no quiero que mueras.

–No seas tonto y mirame, solo un segundo –le pidió y él le miro.

Al verla quedo atontado, su cabello iba suelto de nuevo y entonces notó que su flequillo había crecido hasta taparle un poco los ojos, también notó que estos brillaban como dos estrellas y su sonrisa era real y radiante. Entonces se dio cuenta que Amelia se estaba mostrando tal y como era ante él. Ya que le estaba entregando lo más importante para ella; su corazón y lo único que espera él era no quebrarlo como habían hecho ya en un pasado porque sabía perfectamente que ella no soportaría romperse una vez más. Luego miró el bigote que ella había dibujado bajo su nariz con un sharpie negro que había encontrado en la guantera y rió.

Detuvo la camioneta y tomó la cámara que había dejado en el asiento en medio de ellos y le tomó una foto. Y otra, y otra, y muchas más.

–Ya para, Nicolás –rió tapando su cara. Y entonces hubo silencio. Y las palabras salieron solas de los labios del castaño.

–Te amo –susurró. Y miró el volante con temor a no ser correspondido.

Y no notó la sonrisa en la cara de Amelia, ni las lágrimas retenidas en sus ojos que dejo caer cuando se lanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas.

–Nicolás... yo... yo no tengo una frase exacta para describir lo que siento por ti, porque esto es más fuerte que el amor. No sé si exista una palabra para describir lo que siento, lo único que puedo decirte es que estás en mis venas.

In my veinsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora