Amelia se encontaba sentada en el suelo, organizaba sus cuadernos en orden númerico, con una taza de café a su lado. Abrió el numeró 35, había en una de las hojas un dibujo de Javier a lápiz, el castaño sostenía un libro entre sus manos y estaba sentado en una de las mesas de un centro comercial esperando su orden. Ella lo había dibujado pensando que era lindo y tranquilo, nunca habría imaginado que terminaría siendo el chico que la consolaría durante un tiempo de profunda soledad.
Igualmente él nunca pudo llenar ese vacío que escondía en su pecho, aquel vacío que Nicolás llenó con un simple roce de manos. La culpa la carcomía por dentro. Sabía que había sido muy injusta con él durante el tiempo que estuvieron juntos, pero no podía evitarlo, era como si sus emociones hubiesen estado dormidas hasta que Nicolás apareció.
Había odiado romper el corazón de Javier tanto como odio presenciar como sus ojos azules perdían el brillo que tanto los caracterizaban. Ella lo había convertido en lo que Damián la había convertido años atrás. Las palabras que el ojiazul había pronunciado antes de marcharse de su apartamento aún hacían eco en su cabeza.
No importa cuanto tiempo pase, Amelia. Yo siempre voy a esperarte.
Aquello la había hecho sentir lástima porque ella bien sabía que nunca regresaría con él.
Colocó el cuaderno en su lugar y se levantó al notar que los cuadernos ya estaban en montañas y no regados por todo el suelo. Nicolás se encontraba leyendo un poema de José Asunción Silva sentado en su cama, ella se recostó a su lado.
A veces, cuando en alta noche tranquila
sobre las teclas vuela tu mano blanca,
como una mariposa sobre una lila,
y al teclado notas arranca,
cruzando al espacio de la negra sombra
filtran por la ventana rayos de luna,
que trazan luces largas sobre la alfombra,
y en alas de las notas, entre otros lugares
vuelan mis pensamientos, cruzan los mares...
Le escuchó recitar con los ojos cerrados, lo único que estaba alrededor era su voz y nada más. Con Nicolás ya no había soledad ni noches vacías, no había tristeza ni corazones rotos, solo sonrisas y noches contando estrellas, largos viajes y música vieja sonando en la radio, días enteros de dibujarse el uno al otro y tazas de café. Ya no había nada que la rompiera más por dentro, solo una infinita felicidad.
Aunque de vez en cuando el miedo se hacía presente, el miedo de perderlo y que se llevara todo de ella con él, el miedo de no volver a escuchar su voz o de no volver a ver sus brillantes ojos negros. Y es que él ya era parte de ella y no tenía ni la mas mínima idea de que pasaría con ella si se lo arrancaran de la nada.
Abrió los ojos al sentir los dedos de Nicolás jugando con su cabello, se había acostado junto a ella y le sonreía con la mirada sobre sus ojos. Amelia no entendía como había pasado tan rápido, pero se había enamorado y no estaba arrepentida de aquello porque ese amor era lo único que la hacía sentir que estaba viva. Estaba segura que nunca en su vida se había sentido así, ni siquiera con Damián, y que jamás volvería a sentirse así con otra persona que no fuera Nicolás.
–¿En que piensas tanto?
–En que te quiero –dijo sin pensar, pero al segundo se arrepintió y escondió su cara entre el hueco del cuello del castaño. Él sonrió, pero ella no lo noto.
–También te quiero, Amelia –susurró en su oído y le dio un beso en el cabello.
Ella no respondió, pero él sabía que sonreía.
–¿Por qué pronuncias tanto mi nombre? -le preguntó aún apoyada en su hombro.
–Porque tu nombre es hermoso al igual que tú, Amelia -respondió y ella volvió a esconder su rostro para que no notara el color carmesí de sus mejillas.
De igual forma él ya lo había notado y le encantaba. Ella le encantaba, le encantaban la cara que hacía al dar el primer sorbo a su café, como amarraba los cordones de sus botas, la forma en que recogía su cabello con un lápiz, la cara de concentración que ponía cada vez que dibujaba, la forma en como se achinaban sus ojos al sonreír, adoraba su flequillo y el color rojo de su cabello, el color de sus ojos y sus pecas, adoraba todo lo que podía hacer con una hoja de papel y un lápiz, adoraba su risa y sus sonrisas. Él la adoraba de pies a cabeza como era y nunca la cambiaría por nadie porque era única.
–¿Nicolás? –susurró ella sacandolo de sus pensamientos.
–¿Humm?
–Quiero enseñarte algo.
–¿Que cosa?
–Solo vístete –se levantó de la cama dirigiéndose al ropero para tomar sus botas de combate, se las coloco sentada en el suelo mientras Nicolás se colocaba su camiseta y sus zapatos. Para cuando se levantó del suelo él ya estaba listo. Salieron del apartamento bajando por las escaleras porque el ascensor estaba fuera de servicio.
–¿A donde planeas llevarme? –preguntó Nicolás curioso.
–No es un burdel así que no te emociones –él solo rió y la siguió hasta salir del edificio. Subieron a la vieja pickup de Amelia y ella encendió la radio luego de arrancar.
Sonaba Iris de Goo Goo Dolls, la pelirroja la cantaba en susurros mientras John solo se limitaba a escucharla. Su voz lo llenaba de paz y tranquilidad, solo deseaba no dejar de escucharla nunca. El viaje era un poco largo y Amelia ya se había fumado 4 cigarrillos junto a Nicolás en el transcurso. Finalmente estacionó en una solitaria playa, bajaron y caminaron descalzos sobre la arena con sus zapatos colgando de una de sus manos mientras la otra permanecía entrelazada con la del otro.
El cielo estaba gris, lo que dejaba claro de la lluvia de aproximaba, el mar estaba completamente azul y las olas chocaban violentamente contra las rocas. Se sentaron en la orilla, donde el agua rozaba los dedos de sus pies.
–Tú me enseñaste tu lago así que quise enseñarte mi playa. No mucha gente viene aquí porque las montañas tapan el sol y hace mas frío que calor, pero para mi esta bien y espero que para ti también.
–Está perfecto para mí –le sonrió.
Ella volvió su vista hacia las rocas luego de devolverle la sonrisa. De perfil se veía hermosa, digna de admirar, con su cabello siendo enredado por el viento y sus ojos concentrados en el horizonte. Era ahora o nunca.
–¿Amelia?
-¿Sí? –lo miró.
–Hay algo que debo hacer desde hace mucho y... –ella le interrumpió.
–Solo bésame, Nicolás.
Y así lo hizo.
La tomó de la nuca y la acerco a él hasta rozar sus labios.
La besó y aquella fue la mejor sensación que había experimentado jamás.
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In my veins
Cerita Pendek"Nothing goes as planned. Everything will break. People say goodbye. In their own special way. All that you rely on. And all that you can fake. Will leave you in the morning. But find you in the day." In my veins -Andrew Belle cover por -satan
