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Una larga noche más de muchas que aún faltaban por venir.

Amelia, con la mirada llorosa posada sobre la luna, se encontraba una vez más sentada en la barandilla de su balcón con las piernas suspendidas en el aire, un cigarrillo en su mano derecha y una botella de vodka en la izquierda.

Con cualquier movimiento involuntario corría el riesgo de caer, pero esa noche eso no pasaría.

Bebió el último sorbo de la botella para dejarla vacía y la lanzó hacia el vacío que había bajo sus pies escuchando como segundos después el vidrio se hacía añicos. Era bastante tarde, sabia que no le causaría daño a nadie. Bajó con gracia de la barandilla, tantas noches haciendo lo mismo la habían convertido en una experta, y entró a su apartamento aún con el cigarrillo entre los dedos. Le dio una calada.

Esa era la usual rutina de Amelia, cada noche, desde hacía dos años. Desde que él se había marchado.

Apagó el cigarrillo contra el cenicero que tenía en una mesita al lado de su cama y recogió su largo cabello rojo en un rodete alto con un lápiz. Era algo que habiá aprendido desde pequeña, ya que en su casa siempre habían lapices en todos lados y coletas en ningun rincón. 

Giró la cabeza hacia el reloj que colgaba en la pared de su improvisada sala. 03:24 a.m. Mierda. Normalmente no tendría problema con dormir tan tarde, pero al día siguiente empezaba clases en una de las mejores escuelas de arte de su ciudad  y no podía otorgarse el placer de llegar tarde en su primer día.

Con su característica lentitud se acostó en su cama matrimonial entre las sabanas blancas. Era una cama tan grande y ella estaba tan sola. Se arropó de pies a cabeza y cerró los ojos con fuerza deseando, una vez más, estar muerta.

El sonido de su irritante despertador inundó sus oídos. Quería quedarse ahí, dormida, sin moverse y con frío, pero eso no iba a ser posible ese día. 

Alargó el brazo sin salir de entre las sabanas y apagó el despertador. Al levantarse de la cama su cabello cayó despreocupadamente sobre sus hombros hasta rozar su cintura. El lapíz había desaparecido durante la noche. Caminó lentamente hacia el baño, abrió las llaves del agua para llenar la tina y observo su reflejo en el espejo.

Bajo sus grandes ojos grises habían también grandes ojeras del mismo color, sus labios estaban rotos y lastimados de tanto morderlos y en su cara delgadas venas de color morado y verde se mezclaban con sus innumerables pecas doradas. Parecía un zombie.

"Bonita primera imagen" pensó para sí misma.

Se desprendió de la única prenda que la cubría, un jersey verde de su irritante novio Javier, y se metió en la tina. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo durante un rato. A veces si se esforzaba lo suficiente lo escuchaba preparando el café en la cocina y quejándose de que una vez más habia olvidado comprar el pan para el desayuno. Se hundió completamente bajo el agua para borrar la imagen de su cabeza y cuando sintió que ya no podía soportar más salió bruscamente tomando una bocanada de aire.

Al salir de la tina se envolvió en su toalla y caminó hasta la habitación sintiendo como el frío calaba hasta sus huesos. Le gustaba el frío. Era lo único que sentía.

Se vistió con una camiseta sin mangas, una camisa a cuadros más grandes de lo necesario, un jean holgado y sus botas negras. Una vez frente al espejo se dio cuenta de que sus mejillas ya habían tomado color y las venas habían desaparecido.

En su mochila echó solo lo esencial: su cuaderno de tapa gris, cuatro lápices y una goma. Guardó la cajetilla de cigarrillos y mechero en el bolsillo de su pantalón y salió del apartamento. Al llegar a abajo le regalo una sonrisa forzada al portero y salió del edificio para luego montarse en su vieja pickup de un color vino tinto bastante apagado que había heredado de su padre.

Manejó despacio hacia la escuela  a pesar de todos los que se quejaban de su velocidad detrás de ella. La música de la radio hacia que diera golpecitos con su pierna izquiera de vez en cuando. No conocía la canción que sonaba, pero se preguntó si quizás a él le gustaría. A lo lejos observo la fachada del edificio. No era muy alto, contaba solo con 5 pisos, tenía ventanas de colores y unas puertas muy robustas de madera. 

Javier y Lucía la esperaban en la puerta. Adoraba a Lucía, no podía decir lo mismo de Javier. Se acercó a paso lento y cuando se encontró frente a ellos Javier la tomó de la cintura y le planto un beso en los labios. No sintió nada.

–Hola, amor. Te ves preciosa hoy –le susurró al oído.

Puso los ojos en blanco sin que él lo notara y sonrió falsamente.

–Javier, creo que ya es hora de que te vayas. Nuestras clases van a empezar y tu vas a llegar tarde a la universidad –comentó la linda chica de cabello azul que estaba a su lado. Lucía.

–¡Es cierto! Mejor me voy –volvió a besar a su novia–. Te amo.

–Lo sé –respondio a secas.

–Ahora sí me voy. Adiós, Lucía –y así, con una sonrisa, desapareció de la vista de ambas chicas.

Entraron con su pausado paso a las instalaciones de la escuela sin mencionar palabra.

–Estás muy callada –le dijo la de cabello azul.

–No es como si eso fuera algo extraño.

–Vamos, Amelia. ¿Qué pasa? –entrelazó sus brazos para caminar a la par de su amiga.

–Nada.

–No me mientas que sabes que no te creo. Es Damián, ¿no? 

–Le extraño –confesó mirando sus pies moviéndose uno detrás del otro.

–Lo has recordado.

–Lastimosamente nunca lo olvido.

–Lo sé, Amelia, pero ya pasaron dos años y no parece que vaya regresar. Tienes que dejar de pensar en él y enfocarte en alguien más.

–¿En quién? ¿En el patético de Javier? –su amiga arrugó la nariz.

–Oh, no. Es evidente que con él no funcionaron las cosas. Aunque no hay que negar que te adora.

–¿Y de qué le sirve eso? –Lucía solo encogió los hombros en respuesta. 

–Solo creo que no deberías ser tan dura con él y terminarle si de verdad no sientes nada. 

Amelia sacó uno de sus lápices y se dispuso a recoger su cabello con este pero se deslizó torpemente entre sus dedos cayendo a los pies de un chico de cabello castaño. Se agachó a recogerlo pero él ya lo había tomado.

–¿Es tuyo?

–No, solo me encanta recoger los lápices del piso porque no tengo para comprar los míos –habló con sarcasmo y le arrebato el lápiz de las manos.

–Vale, ya entendí. Sí es tuyo.

–Gran descubrimiento –bufó una vez mas y recogió su cabello. Él le sonrió, pero ella no se dio cuenta, ya que no lo había mirado a la cara ni una sola vez.

–Nicolás –estiró su mano amablemente y ella la miro dudando entre tomarla o no.

–Amelia –finalmente la tomó y sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza.

Sintió. Levantó la cabeza para mirarlo y se encontró con que sus ojos eran tan negros como la noche y su sonrisa tan brillante como un millón de estrellas.

–Un gusto, Amelia –dijo su nombre y sus piernas temblaron.

¿Qué rayos le estaba pasando?

Soltó bruscamente la mano de Nicolás y este la miro extrañado, preocupado de haberla ofendido con algo.

–Lo siento. Tengo irme –se giró a ver a Lena, pero ella ya no estaba a su lado. Maldición.– Adiós, Nicolás –se alejó tan rápido que parecía que corría, algo no muy usual en ella.

–Espero verte pronto, Amelia –gritó él a sus espaldas.

"Yo espero que no" pensó y busco el aula que le correspondía. 

In my veinsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora