Han pasado seis semanas desde que me dieron de alta en el hospital, he podido recuperar mi movilidad al 100 por ciento en todos mis huesos y las marcas por fin han desaparecido.
Acabo de llegar de la escuela junto con Baji, me ha acompañado todos los días a mi casa y está vez no es la excepción.
Se despide de mí con un beso en los labios, antes de irse me interrumpe alargando un poco nuestro beso.
—¿Tienes planes hoy? —pregunta separándose un poco con la respiración agitada.
Niego lentamente sintiéndome de la misma manera, lo tomo fuertemente de la corbata roja que porta con el uniforme.
—Paso por ti en 2 horas, vamos a tener una cita —indica volviéndome a besar sin dejarme responder.
Sus labios se sienten más suaves que antes debido a que no había podido besarlo libremente por tanto tiempo, él me sostiene de la cintura con un solo brazo y yo de su nuca con ambas manos.
Se separa de repente con la respiración más agitada que antes, recarga su frente con la mía respirando profundamente.
—Te veo al rato —suelta—. Si no me voy ahora, no podré controlarme.
—¿Quién dijo que quiero que te controles? —murmuró sin soltarlo.
Él me observa a los ojos profundamente, sus ojos avellana me penetran como balas en el pecho.
—Nos vemos al rato, traviesa —responde riendo—. Paso por ti en la moto, lleva ropa linda.
Me da un pequeño beso y se da la vuelta para irse. Lo observo desde el marco de la puerta caminar rápidamente.
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Escucho la motocicleta de Baji afuera de mi casa, me despido de mi padre y corro hacia donde está el peli negro. Tengo puesta una falda tableada de cuadros amarillos y una blusa de color blanco con un suéter negro.
Está sentado esperándome con una enorme sonrisa, salto hacia él depositando un beso en sus labios rápidamente que acepta.
—Tan bella como siempre —comenta separándonos del beso.
Baji porta una playera negra que acompaña con accesorios en su cuello y muñecas, una cadena en su pantalón negro y unas botas del mismo color.
—No tanto como tú, guapo —digo sosteniendo su mano derecha.
Él se sonroja sin alejarse de mi, sonríe y me indica que suba, me entrega el casco rojo que siempre carga consigo.
—¿A dónde iremos? —pregunto abrazando su torso.
—Primero vamos a comer —dice arrancando el vehículo—, lo demás es una sorpresa.
Sonrío alegremente y él avanza sobre las calles de la ciudad que conoce como la palma de su mano, siento la brisa golpear mi rostro y el atardecer que veo al horizonte no podría ser más perfecto.