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Ser tu mismo es la mejor forma de resaltar.

Aunque no sé si los resultados serán positivos

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Lo que más temía mi yo del pasado era el olvido.

No lo había revelado en mis diecisiete años, y si lo hubiese hecho, de seguro no lo habría explicado ni un poco. Era un miedo misterioso porque las personas no determinan al instante de qué se trataba: «¿Temes que no te recuerden al morir?» «¿Te dá miedo olvidar algo que para ti es importante?» «¿O es lo contrario: te dá miedo que no recuerde alguien que para ti sí es importante?» Cuando no era nada de eso.

Mi verdadero temor era que no se olviden de quién fuí antes.

Mi expediente no era el mejor; poseía manchas por todas partes. Manchas que sabía que no se iban a borrar, pero mantenía la esperanza de que se olvidasen de que existen.

Esa esperanza creció en cuanto me alejé de las personas que resaltaban con solo poner un pie en tal lugar. ¿Por qué lo recordaba ahora? Porque luego de salir de esas situaciones, me juré a mi misma no meterme con gente que padezca un posible trastorno de personalidad histriónica.

Y ahora, parada en una institución, la cuál tenía una gran oportunidad dada por la mejor universidad del país, vestida con ropa cómoda mientras todos estaban formales, y estando al lado de un chico como Adem, la esperanza va descendiendo a 1000km por hora.

No soy de dar cumplidos pero había aprendido a que no se puede tapar el sol con un dedo. Adem era bastante atractivo. Su altura acompañaba sus proporciones en su máximo esplendor. Si lo vieses, de pies a cabeza, creerías que es un personaje de esas series que te obsesionan solo por ESE actor en particular.

Sí, Adem estaba bueno. No iba a mentir.

Y lo mejor/peor era que, pese a estar cubierto de ropa básica, parecía tener un outfit superior de Pinterest.

Esas eran todas las razones por las que muchos de los presentes —todos— nos observaban con mucha constancia y sin ningún tipo de disimulo.

A nuestra derecha, un grupo de chicas nos ojearon y charlaban entre ellas a la vez. Otra chica a nuestra izquierda desvía su vista hacía nosotros cuando pasa a buscar un vaso de café. Otro grupo en frente, menores que yo, hablaban en voz alta de lo lindo que es Adem. Y por último, a lo lejos, un grupo de chicos que desgraciadamente yo conocía nos tenían como punto focal mientras hablaban entre ellos, lo que me resulta atemorizante de solo pensar en lo que deben estar diciendo.

O mejor dicho, sé lo que le van a decir a ella.

Dios. Eso lo complica todo, porque si llego a quedarme sin compañía... ¡Mierda!

Con dureza, trago saliva, nerviosa y me enfoco nuevamente en Adem. Tiene una estúpida pero muy atractiva sonrisa que no desea desaparecer de su rostro.

—Eres nuevo, ¿no es así? —indagué, asumiendo el hecho sin haber escuchado respuesta.

Adem asiente.

—¿Tanto se nota?

—No te había visto jamás.

Y yo conozco a todos. Llevo siete años en esta escuela. Una cara como la de Adem no se me olvidaría.

—Lo admito . —Su contestación no fue de impresión —. Me mudé a fines de verano.

—¿A la ciudad o al país?

Los indeseables ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora