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De la nada al amor hay un solo paso:

La cotidianidad.

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Crucé el umbral de la puerta del laboratorio, encontrándome con uno que otro asiento aún libre. Dos filas de mesas largas y angostas ocupaban el espacio restante. Adem se encontraba sentado en la segunda mesa, como siempre, casi al centro de la clase. Su mochila se posaba en la silla a su derecha. Y apenas me vió llegar la tomó para depositarla en el suelo, dejando así libre el espacio para mí.

Nuestra clase de hoy era Microbiología. Asignatura que, según el programa, debería ser rigurosamente difícil. Pero el profesor tenía fama de ser un ser andante de excusas muy ingeniosas, así que no me sorprendió que no llegara a tiempo. Solo estaban algunos compañeros nuestros, Adem y, por supuesto, la representante Vélez.

—Buenas tardes, calabacita —me saludó cuando apoyé mi trasero sobre la silla —. ¿Lista para nuestra primer experimento juntos?

   —¿Por qué no me dijiste? —le pregunté sin rodeos.

Un confuso pero intrigado Adem me observó de lado ante mis dudas. Sí, acababa de cuestionarle por qué no me había dicho nada acerca de su visita a Benedict. Y por extensión, acababa de mandar a la mierda todo porque de alguna forma le lancé encima mis sospechas.

—Primero que nada, salúdame, calabacita  —reprochó en broma, girándose hacía mi —. Y segundo, ¿por qué no te dije qué?

Suspiré con algo de cansancio.

—No te hagas el tonto —recriminé —. Y... ¿Calabacita? ¿Es en serio?

Entonces soltó una corta risa y negó como si no pudiese creerlo.

—¿Sabes? —me dijo tras parar de reír —, es una mala costumbre humana obviar las cosas.

—En este caso, ambos sabemos de lo que hablo —contraataqué de nuevo.

Adem volvió a sonreír. Pude notar que admiraba la forma en que me estaba irritando su juego de palabras.

—Ilumíname —me pidió, apoyándose en el respaldar de la silla.

Me crucé de brazos y le hablé con molestia.

—Pudiste haberme avisado que ibas a visitar a Benedict—señalé y solté una frase disfrazada. Ya me había expuesto lo suficiente—. Pudimos haber ido juntos.

Sus ojos se abrieron en sorpresa, pero se limitó a responder con su usual tono despreocupado —: Me disculpo, me disculpo. Pero no fué una visita anticipada.

Levanté una ceja en su dirección, esperando a que continuara.

—Salí del gimnasio y de casualidad pasé por su casa. Él estaba bajando del coche de su abuelo, con bastante dificultad. Estaba enfermo, así que paré a ayudarle —me contó a modo de explicación —. No planeaba ir. Y si lo hubiese hecho, no creo que tú hubieras aceptado acompañarme.

—¿Por qué no? —le interrumpí por su suposición desacertada.

Adem se encogió de hombros con simpleza.

Los indeseables ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora