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Un reencuentro es sinónimo de recuerdos,

y en ocasiones, antónimo de un grato sentimiento

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—Mara —dijo ella luego, en un tono de voz monótono, dando hacia mí un ligero paso en busca de cercanía. Todo lo contrario a la pesadez que se posicionó sobre mis hombros al verla.

Axa —fue lo que le contesté, nombrándola por su apodo. Algo se removió en su mirada al oírme llamarla así.

Quise disponer de algo para escapar de aquella situación. Sin embargo, mi mente se quedó en blanco; nada se me ocurriría. No cuando se trataba de ella.

—¿Cómo está...? Digo, perdón  —inició y se interrumpió así misma. Aquello me dejó ver la cautela con la que hablaba; estaba tratando de escoger bien sus palabras —. Me enteré de lo que pasó. ¿Estás bien?

Agradecí internamente de que ella optara por preguntarme sobre el accidente. No tendría que pensar demasiado mi respuesta y, honestamente, no tenía ganas de dejar fluir una conversación con Axa.

La última vez que la vi fue en la bienvenida del primer día de clases. Pero la última vez que hablamos fue antes de las vacaciones de verano. No llegaba a ser más que un corto periodo de tres meses.

«Ojalá hubiesen sido años».

—No pasó nada grave.

Axa no pareció del todo convencida. No se alejó como creí que lo haría sino que permaneció a mi lado en espera de más respuestas.

—¿En serio? —comenzó a consultarme preocupadamente —. ¿No te quemaste?, ¿en ningún lugar?. Te cayó ácido en todo el cuerpo. Eso es muy grave.

«Tan exagerada como siempre».

«Que adorable...»

—No me cayó nada.

—Me dijeron que sí. ¿Seguro que no estás lastimada?

Deja de hablar en cuanto nota que no llevo puesto nada más que una pobre camiseta de tirantes y que mi mochila yace por completo aferrada a mi pecho.

La expresión de horror que le cruza el rostro es indescriptible.

—Fueron unas cuantas gotitas las que me cayeron. Lograron desintegrar la bata y parte de mi suéter, pero me lo quité a tiempo antes de que llegara a quemarme.

—Por favor, dime que te limpiaste después —dijo en un tono de súplica que me hizo voltear los ojos.

—Obviamente.

Pese a mi afirmación, Axa pareció no saciarse por completo sobre mi estado de salud.

—Pero, ¿te aseguraste de limpiarte bien? ¿De enjuagarte con agua y jabón?

No me molesto en decir que ya estoy enteramente rociada con solución, porque Axa puede ser buena para los videojuegos pero de química no sabe nada.

—Estoy bien —volví a reiterar.

«O lo estaba, al menos, antes de que te acercaras a mí.»

Axa abrió la boca para hablar. Luego la cerró. Luego la abrió otra vez. Sus ojos oscuros muestran anhelo y algo más. Algo que no debería saber, pero quiero saber.

—¿Hay algo más que quieras saber? —le consulto. Mi paciencia interna tiene límites muy cortos y definidos. Pero con ella todo es diferente.

Siempre fue diferente.

Por el rabillo de mi ojo distingo a Adem, acercándose a grandes zancadas hacia nosotras. Cuando volteo, ya lo tengo casi en frente y entonces noto que sostiene una sudadera con cierre en una mano.

—Tardé en encontrarla, pero aquí está. Tómala. —Mi compañero me ofrece la prenda y al tomarla, siento la ligereza de la tela —. Es de mi ropa de gimnasio. Está limpia.

—Gracias. —Antes de depositarla en el suelo, Adem toma mi mochila sin que se lo pida para que se me haga más fácil ponerme la sudadera.


Estaría más tranquila de no ser porque la llegada de Adem no hizo que Axa se fuera de nuestro lado.

Adem posa sus azulados ojos en ella y le sonríe. Pienso en que va a usar sus encantos y ese solo pensamiento logra que me ponga de mal humor.

Que no se le ocurra...

Y no se le ocurre.

Porque, contra todo pronóstico, descubro de la manera más natural que ellos ya se conocen.

—Axael, ¿cómo estás? —saludó Adem, recostándose sobre la pared.

Aunque Axa se encontraba con el ceño fruncido, no mostró incomodidad al responderle.

—Hola.

Así, frío y cortante.

—Supongo que ya te enteraste del desastre, ¿no?

—Solo vine a preguntarle a Mara cómo se encontraba —le explica, aunque sin ganas de dar muchas explicaciones. «Auch.» Eso debió dolerle a Adem —. Pero ahora que sé de sobra que está bien, me voy.

Y se voltea para desaparecer de nuestra vista.

—Nos vemos —se despidió Adem, mas no obtuve respuesta directa.

Antes de alejarse, Axa me miró por un momento, sus ojos oscuros apenas se achicaron por la melancólica sonrisa que me dedicó. Supe que quería decirme más. Saber más. Y el accidente del laboratorio fué su medio para acercarse a mí.

Tragué saliva de nuevo y solté una larga respiración al notar que esa sonrisa ya no era aquella sonrisa que recordaba. Esa sonrisa suya de oreja a oreja, tan curvada y radiante que me encantaba y que lograba sacarle tantas veces en el pasado.

«¿Volveré a verte sonreír de esa forma...?»

«¿...o tendré que vivir con la carga de haber sido la causante de que esta desapareciera?»

—Okay... —murmuró Adem, incorporándose —. ¿Vamos, calabacita?

Asentí. No me molesté en hacerle saber cuanto odio ese apodo. Porque el sentimiento de nostalgia y la culpa de lo que le hice a Axa me invadieron hasta el tormento.

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Los indeseables ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora