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La buena suerte de algunos

puede ser la peor tragedia de otros,

y un gran espectáculo para el espectador

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La primera semana de clases terminó con una velocidad voraz. Había estado preparando mi mente para contemplarla transcurriendo torturosamente lenta, pero, para mi suerte, mi preparación mental no fué puesta a prueba.

Tras cinco días escribiendo con una pluma vieja del año pasado y con Adem pegado a mi  —porque resultó que le tocaba mi división— me encontraba saboreando el tan amado viernes.

«Viernes, mi amado viernes.»

«Aquél que yo espero con mi alma y recelo.»

«Su llegada anhelo.»

«No miento si digo que es cruel el destino.»

«Por alejarme de mi dulce que hoy vino.»

El canturreo resonaba en mis oídos cuando pasé la salida. Hice una mueca arrugando mi nariz y puse mis ojos en el que cantaba. Benedict, que yacía a mi lado, hizo la misma mueca.

Oh, mi viernes querido —cantó Adem, tratando de llegar a la entonación de los cantautores de esas baladas  —Que llega de repente, me abraza y consciente vuelve a desaparecer...

Unas chicas a su lado soltaron risitas con complicidad, tratando de mostrarse coquetas en el intento. Adem les ofreció una de sus encantadoras sonrisas, y yo soy testigo de como una de ellas casi se desmaya.

—Por dios y la virgen María, ya callate —le pedí, amablemente pero mi tono sonó como si estuviese rogándole.

—Anímate, Mara. Ya es viernes —replicó obvio y entusiasmado.

—Me animo si dejas de cantar esa canción. La estuviste repitiendo desde el lunes.

—No puedes culparme. La carga horaria de esta escuela es una tragedia. ¿Doce horas completas dentro del establecimiento? Con razón la UGB se interesó en darle becas a los estudiantes de aquí. Ya están acostumbrados a que los sobreexploten laboralmente.

Volteo los ojos. ¿En Europa no tienen doble escolaridad? Debería buscar la respuesta luego.

—No tenemos que cumplir esas horas todos los días. Solo dos veces a la semana —trató de consolarlo Benedict.

—Y durante los días que quedan estamos casi ocho horas —se lamentó en un suspiro Adem, sin escuchar a Benedict. Creí que ahí se terminaba nuestra conversación hasta que en sus ojos nació un brillo y una sonrisa se le asomó  —. excepto por los viernes.

Hizo un bailecito con sus caderas y piernas mientras caminaba, simulando tener maracas en sus manos. Ví a Benedict teniendo la misma expresión que yo en sus ojos. No puede creer que tendrá que soportarlo por todo el semestre, yo estoy en la misma situación.

Seguí llevando mis pasos, con un poco más de velocidad pero Adem me alcanzó en un rápido trote. Atleta tenía que ser.

—Vamos, te invito el almuerzo —sugirió, hurgando en el bolsillo de su chaqueta deportiva.

Los indeseables ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora