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Ponle un "re" a un "encuentro"

y obtendrás un evento incierto.

Mucho más si la condición para que se dé

sea un desafortunado traspié.

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—Tú lavas; yo guardo, ¿qué te parece?

—No. Ni lo sueñes. No pienso tocar ese detergente. Debe estar más vencido que la mermelada que entrega el gobierno.

—¡Pero lavarás con guantes!

—¿Quién te dijo que hay guantes? O te las arreglas, o te las arreglas. Es simple.

Adem observó con horror los utensilios, sucios con restos de reactivos que cubren toda la vacha esperando a ser limpiados. Sí, es peligroso tanto para estudiantes como para maestros higienizar los instrumentos de laboratorio sin ninguna protección para nuestra piel. Pero, bueno, la protección es algo que nos hace falta a todos y ninguno se queja.

No puedo creer que la UGB se haya interesado por nosotros.

—Voy a pedir unos descartables a la otra clase —decide.

—Suerte con eso. No creo que tengan tampoco.

—Me llenas de esperanzas, calabacita. De verdad —me respondió con sarcasmo.

—Un placer.

Adem está a punto de irse cuando ambos volteamos hacia un lado; oímos un golpe tan fuerte del otro lado de la pared, que logra hacer temblar el yeso de la misma.

«¿Qué diablos?»

Adem y yo nos observamos, confusos. Otro golpe hace que un estante sobre nosotros se mueva, las muestras de sustancias sobre este chocan unas a otras.

Si fuese un verdadero estante, bien armado y atornillado como debería ser, resistiría. Pero no. Solo es un pedazo de madera añejo que logra caer junto con todo lo que sostenía.

Justo sobre mí.

Los recipientes chocan ruidosamente unos con otros, el cristal de algunos rompiéndose. Los reactivos y cristales se vuelven una lluvia ácida determinada a caer encima de cualquiera que estuviese cerca.

Cierro los ojos, obligándome a apartarme, mas no me da tiempo; una fuerza abrasadora me toma desprevenida al jalarme. Mi cuerpo es rodeado por unos brazos que me sostienen con fiereza.

En cuanto me doy cuenta de que estoy sobre alguien, ya aterrizamos sobre el suelo. Adem me tiene entre sus brazos mientras que yo solo puedo hiperventilar.

—¡Por dios! —bramó el profesor, que acababa de llenar de no sé dónde —, ¡¿están bien, chicos?!

—¡¿Qué han hecho?! —preguntó otro profesor que había llegado con él.

No respondí. Me detuve a observar el desastre; vidrios rotos en el suelo, sustancias cambiando de color al  juntarse con los restos de otras. Algunas incluso desintegran los restos de los recipientes. Si eso hubiese caído encima de mí, posiblemente necesitaría más que un hospital para sanar.

Los indeseables ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora