Lando tenía un plan. Uno estúpido, por cierto. Consistía en fingir que no sentía nada por Carmen, la única mujer capaz de destruirlo con una sola mirada... y un silencio aún peor. Ella, la reina del "no estoy lista", él, el campeón mundial en "me ha...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Mi vida estaba en perfecto orden... hasta que esos malditos ojos brillantes se cruzaron en mi camino.
Intenté mantener la calma cuando desperté en la habitación del castaño. La realidad era clara: lo de anoche fue un encuentro sin ataduras, sin promesas, sin futuro. Sólo dos personas que se encontraron en el momento menos indicado... y decidieron dejarse llevar.
No tenía por qué sentirme culpable. No había razones para ofenderme si su reacción no era lo que yo esperaba. Y aun así, ahí estaba, con el corazón apretado, mirándolo dormir.
Los rayos del sol acariciaban su rostro con una suavidad envidiable, como si el universo mismo se burlara de mí. Su cabello estaba desordenado, salvaje… perfecto.
Esto no era lo que quería sentir. No después de lo que pasó anoche.
—¿Sucede algo? —preguntó abriendo lentamente sus ojos, esos que me habían jodido la vida desde que los vi.
—No, sólo que... me tengo que ir —respondí, con voz neutra, fingiendo indiferencia.
—Lo entiendo. Lo de anoche... fue lo más increíble que me ha pasado.
Me detuve un segundo. Esa frase tan cargada de emoción me descolocó.
—Lando... ¿cuántos años tienes? —pregunté, alzando una ceja.
—¿Cuántos me pones? —respondió con una sonrisa coqueta.
—Diecisiete, tal vez. Más te vale ser mayor —advertí, sin bromas.
—Lo soy. Tengo veintidós —afirmó con seguridad.
—Genial... ahora parezco una señora que se lió con un niño —murmuré, cubriéndome la cara de pura vergüenza.
—¿Cuántos años tienes tú?
—Un poco más. Veinticuatro —suspiré.
—Pareces menor —se burló.
—Muy gracioso, Lando. Muy gracioso.
Y justo en ese instante, como un balde de agua fría, recordé lo que habíamos acordado anoche. Sin promesas, sin nombres, sin vínculos. Solo una noche.
Parecía divertido al principio. Sin consecuencias. Sin daños. Pero ahora... no estaba tan segura.
—En fin, me tengo que ir —repetí, notando cómo su expresión cambiaba.
—Claro —resopló, incómodo, removiéndose entre las sábanas blancas.
—Fue un gusto conocerte —dije mientras recogía mi vestido del suelo y buscaba mis pertenencias con la mayor dignidad posible.
—¿No puedes quedarte un poco más? —preguntó adormilado.
—No. Me encantaría, pero tengo que atender unos asuntos... complicados.