Capítulo 4

1K 40 4
                                        

—¿Amigos?

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

—¿Amigos?

Claro. Porque eso éramos. Dos adultos perfectamente maduros que sabían delimitar emociones. Amigos. Casi hermanos. Almas puramente platónicas.
Sí, cómo no.

Después de todo, no éramos tan discretos como creíamos. Las faltas constantes a las prácticas, las miradas que se sostenían demasiado tiempo, las excusas tan pobres que daban risa. Era cuestión de tiempo antes de que alguien nos atrapara con las manos —o los labios— donde no debían estar.

Me encontraba sentada en la oficina de mi tío, como si tuviera trece años y me hubieran cachado escapándome por la ventana. Aunque, sinceramente, esto era peor. Mucho peor.

—Sí, amigos —repitió Lando, con esa expresión abrumada de quien sabe que el chiste ya no da risa.

—Lando… se conocen hasta el alma. Ustedes son de todo menos amigos —respondió Daniel con un tono entre molesto, burlón y resignado. No sabría decirlo. El clásico australiano que prefería hacerse el chistoso antes que encarar un drama.

Y es que éramos unos descuidados de primera. Lugares "prohibidos" no sólo eran un reto, sino nuestro escenario favorito. Tal vez creímos que si lo manteníamos bajo la etiqueta de solo diversión, todo se justificaría. Tal vez pensábamos que el amor era un concepto demasiado cursi como para aplicarlo. O tal vez… simplemente no sabíamos lo que estábamos haciendo.

—Deben ser más cuidadosos —advirtió Daniel mientras relajaba el ceño y sonreía apenas, como si ya estuviera cansado del papel de niñera—. Así como los encontré yo, también podría encontrarlos Carlo. Son jóvenes, lo sé, pero hay lugares para ciertas cosas. No voy a tomar el papel de papá estricto, pero respeten un poco, ¿sí? Agradezcan que fui yo y no alguien más.

Asentimos en silencio, como dos culpables en fila para su castigo. La vergüenza hablaba por nosotros.

Miré a mi alrededor para distraerme: los reconocimientos en la pared, las fotos familiares, alguna que otra celebridad. Todo tan ordenado, tan estable. Todo lo que yo no era en este momento.

—Gracias, Dani. ¿Podrías dejarnos un momento a solas? —pidió Lando de pronto, serio.

—Claro —respondió él antes de salir, dejándonos en un silencio aún más espeso.

Sentí un peso en el pecho al quedarme sola con Lando. Odiaba la idea de usar a alguien como vía de escape, y sin embargo... eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Estaba usando a Lando.
Para olvidar. Para no pensar. Para llenar espacios que no tenían fondo.

¿Eso me hacía mala persona? No lo sabía. Quizá él también me usaba. Quizá estábamos jugando a ver quién dolía menos.

—Tranquila, él no le dirá a tu tío. Si es eso lo que te preocupa —dijo él, como si pudiera leerme.

Intenté sonreír. Fue inútil.

|Curva 22Donde viven las historias. Descúbrelo ahora