Lando tenía un plan. Uno estúpido, por cierto. Consistía en fingir que no sentía nada por Carmen, la única mujer capaz de destruirlo con una sola mirada... y un silencio aún peor. Ella, la reina del "no estoy lista", él, el campeón mundial en "me ha...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El día había pasado volando entre documentos y registros. Intentaba llevar un ritmo ligero, pero con el Tío Carlo pisándome los talones, era imposible. Siempre exigiéndome de más. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué me trataba como a una empleada más y no como a su sobrina? Quizás era su manera de mantenerme ocupada… o distraída. Y con “distraída”, se refería claramente a no tener ningún tipo de encuentro con Lando Laurance.
Claro, como si eso fuera tan fácil. Mi “aventura” con Lando era justo eso: una aventura. Algo nuevo. Algo clandestino. Algo que me hacía sentir viva.
Algo que, por supuesto, no debía repetirse. Por eso no fui a la cita la noche anterior. Ni un mensaje. Ni una excusa. Solo el silencio.
Pensé que lo entendería. Pero olvidé un pequeño detalle: Lando no era del tipo que se quedaba de brazos cruzados.
La puerta de cristal se abrió con un chillido suave. Alcé la mirada y ahí estaba él, con una bolsa de McDonald's en una mano y su sonrisa insolente en la cara.
— Así que… Carmen Brown. —pronunció con sorna, alzando una ceja—. Sobrina de Carlo Brown y, casualmente, mi nueva representante.
Me crucé de brazos, dejando el teclado por un segundo.
— Pensé que ya habíamos pasado esa parte —dije con calma fingida.
— Oh, no, aún no supero que me hayas estafado —dijo, cerrando la puerta detrás de él—. Y ni hablar de que me dejaste plantado anoche.
— No fue una estafa —contesté, tratando de mantenerme firme—. Solo… omití algunos detalles. Además, sabía perfectamente que me encontraría contigo. Solo quería divertirme.
— ¿Y así te diviertes? —preguntó, acercándose con una sonrisa burlona—. ¿Mintiendo y desapareciendo como Cenicienta?
— No dejé un zapato, si eso esperas —repliqué con una media sonrisa—. Pero gracias por la comida. Aunque eso no cambia nada.
— No vine a cambiar nada —dijo, dejando la bolsa sobre mi escritorio—. Vine a almorzar contigo. Y a conocerte, Carmen Brown. Después de todo, vamos a pasar una buena temporada juntos.
— ¿Y qué te hace pensar que quiero dejar que me conozcas? —pregunté con un deje de picardía.
— Porque si no quisieras… no habrías cerrado las persianas —murmuró.
Bufé y me puse de pie para cerrar la puerta con seguro.
— No te me insinúes, sólo vamos a comer. Lo otro, ni lo sueñes.
— De acuerdo —aceptó, con una sonrisa que me decía que no me creía nada.
Comenzamos a comer sin decir mucho más. El silencio, lejos de incómodo, tenía algo eléctrico. Como si estuviéramos en la antesala de algo que ninguno de los dos quería nombrar.