Capítulo 3

1K 47 3
                                        

El día había pasado volando entre documentos y registros

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El día había pasado volando entre documentos y registros. Intentaba llevar un ritmo ligero, pero con el Tío Carlo pisándome los talones, era imposible. Siempre exigiéndome de más.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué me trataba como a una empleada más y no como a su sobrina?
Quizás era su manera de mantenerme ocupada… o distraída.
Y con “distraída”, se refería claramente a no tener ningún tipo de encuentro con Lando Laurance.

Claro, como si eso fuera tan fácil.
Mi “aventura” con Lando era justo eso: una aventura. Algo nuevo. Algo clandestino.
Algo que me hacía sentir viva.

Algo que, por supuesto, no debía repetirse.
Por eso no fui a la cita la noche anterior.
Ni un mensaje. Ni una excusa.
Solo el silencio.

Pensé que lo entendería. Pero olvidé un pequeño detalle: Lando no era del tipo que se quedaba de brazos cruzados.

La puerta de cristal se abrió con un chillido suave. Alcé la mirada y ahí estaba él, con una bolsa de McDonald's en una mano y su sonrisa insolente en la cara.

— Así que… Carmen Brown. —pronunció con sorna, alzando una ceja—. Sobrina de Carlo Brown y, casualmente, mi nueva representante.

Me crucé de brazos, dejando el teclado por un segundo.

— Pensé que ya habíamos pasado esa parte —dije con calma fingida.

— Oh, no, aún no supero que me hayas estafado —dijo, cerrando la puerta detrás de él—. Y ni hablar de que me dejaste plantado anoche.

— No fue una estafa —contesté, tratando de mantenerme firme—. Solo… omití algunos detalles. Además, sabía perfectamente que me encontraría contigo. Solo quería divertirme.

— ¿Y así te diviertes? —preguntó, acercándose con una sonrisa burlona—. ¿Mintiendo y desapareciendo como Cenicienta?

— No dejé un zapato, si eso esperas —repliqué con una media sonrisa—. Pero gracias por la comida. Aunque eso no cambia nada.

— No vine a cambiar nada —dijo, dejando la bolsa sobre mi escritorio—. Vine a almorzar contigo. Y a conocerte, Carmen Brown. Después de todo, vamos a pasar una buena temporada juntos.

— ¿Y qué te hace pensar que quiero dejar que me conozcas? —pregunté con un deje de picardía.

— Porque si no quisieras… no habrías cerrado las persianas —murmuró.

Bufé y me puse de pie para cerrar la puerta con seguro.

— No te me insinúes, sólo vamos a comer. Lo otro, ni lo sueñes.

— De acuerdo —aceptó, con una sonrisa que me decía que no me creía nada.

Comenzamos a comer sin decir mucho más. El silencio, lejos de incómodo, tenía algo eléctrico. Como si estuviéramos en la antesala de algo que ninguno de los dos quería nombrar.

|Curva 22Donde viven las historias. Descúbrelo ahora