Lando tenía un plan. Uno estúpido, por cierto. Consistía en fingir que no sentía nada por Carmen, la única mujer capaz de destruirlo con una sola mirada... y un silencio aún peor. Ella, la reina del "no estoy lista", él, el campeón mundial en "me ha...
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Había pasado una semana desde aquel fin de semana con la familia de Laurence.
Una semana entera.
Siete días en los que no volvimos a hablar, ni a cruzar miradas, ni a rozar siquiera la línea que yo misma me encargué de trazar con precisión quirúrgica. La última vez que lo vi, me dejó frente a mi edificio al anochecer del domingo, después de agradecerme con esa voz quebrada que parecía sostener mil palabras que no se atrevió a decir.
Y yo fingí no notarlo.
Fingí que no me dolía. Que no me importaba.
Pero lo cierto es que me pesaba… me pesaba todo lo que arrastrábamos sin darnos cuenta. Porque no era sólo él y yo. Habíamos creado, sin quererlo, una red de vínculos que latían a pesar del silencio. Vínculos con nombres, con rostros, con sentimientos. Su madre, por ejemplo, hablaba conmigo todos los días. A veces sólo para preguntarme si había comido. A veces para contarme que había probado una nueva receta de pan. Era imposible no quererla. Tal vez Laurence le había contado que no tenía más a mi madre, y por eso ella intentaba acogerme en la suya. Sin condiciones. Sin preguntas. Como si, de verdad, yo fuera parte de su mundo.
Y su padre… ese hombre tan distinto a lo que pensé encontrar. Él y yo compartíamos recomendaciones de vino por correo. Me escribía con esa sobriedad elegante de los caballeros antiguos, pero con un afecto sincero que dolía. Porque era una farsa. Todo esto lo era. Y aún así, no podía romperles el corazón.
¿Cómo se le dice a alguien que te ama por un error?
¿Cómo se les explica que el amor que ven es apenas una sombra del amor real?
Los museos siempre habían sido un refugio para mí.
Eran de los pocos lugares donde el silencio no pesaba, donde podías observar sin ser observado, pensar sin tener que responder. Allí las palabras eran innecesarias, y yo agradecía cada rincón que me permitía guardar lo que sentía sin temor a que alguien lo desbordara.
Ese día había una exposición temporal de arte contemporáneo. Me senté frente a una pintura que hablaba sobre el amor, con colores suaves y pinceladas desordenadas, como si el artista no hubiera querido terminarla, como si tuviera miedo de darle un final.
—La obra es linda —comentó una chica sentada cerca, con una sonrisa de medio lado—. Digo, la forma en que el artista expresa el amor de una manera genuina.
—El amor debe ser genuino, para que funcione —respondió el chico a su lado.
—¿Nuestro amor lo es? —cuestionó él.
—Lo es —dijo ella, antes de robarle un beso de esos que te dejan sin palabras.
Tuve que apartar la mirada. No por pudor, sino porque me recordaba demasiado a alguien. A Laurence.