Lando tenía un plan. Uno estúpido, por cierto. Consistía en fingir que no sentía nada por Carmen, la única mujer capaz de destruirlo con una sola mirada... y un silencio aún peor. Ella, la reina del "no estoy lista", él, el campeón mundial en "me ha...
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El lugar parecía flotar en otra dimensión. Las luces bailaban con una lentitud fantasmal, como si la noche se negara a avanzar. Entre la multitud, Carmen caminaba con un vaso a medio terminar, los ojos levemente brillosos, no por el alcohol, sino por el cansancio de fingir.
Max estaba en su apogeo, rodeado de chicas, risas y botellas que llegaban sin pausa. Todo el mundo celebraba su cumpleaños. Todos, excepto ella.
Isa le colgó un collar de neón y le puso una corona de plástico en la cabeza. — ¡Feliz cumpleaños, Cam! —gritó, abrazándola entre la música—. No te escondas, hoy también es tu día.
— Shhh. No le digas a nadie, ¿sí? —pidió Carmen, intentando sonar ligera—. No quiero arruinarle el ego a Max.
Isa frunció el ceño, pero no insistió. Carmen le regaló una sonrisa débil antes de perderse entre la gente.
La música era lenta. El tipo de beat que se colaba por las grietas, que sonaba a despedida, a melancolía. Como si cada nota supiera que alguien estaba a punto de romperse. Una guitarra rasgaba el aire entre bajos apagados. Todo tenía el ritmo de un corazón cansado.
Subió sola a la zona lounge, donde las luces eran más tenues, más íntimas. Necesitaba respirar. Dejar de fingir. Dejar de sonreírle a los que no veían lo que pasaba detrás de su mirada.
Y fue ahí cuando lo vio.
Lando.
No estaba solo.
La chica sobre él se reía con descaro, acariciándole el pecho. Su vestido estaba recogido hasta los muslos, sus labios manchaban la clavícula de él con restos de labial. Lando se dejaba hacer, como si nada importara, como si fuera un simple martes por la noche. Sus ojos la encontraron. Justo a ella. A Carmen.
Y sonrió.
No una sonrisa dulce, ni de disculpa.
Una jodida sonrisa irónica. Como si dijera “¿Ves? Esto es lo que hay. Esto es lo que provocas.”
Ella no reaccionó. Solo lo miró, como si no sintiera nada. Como si no le afectara.
Dio media vuelta, con los pasos firmes, aunque el mundo temblara debajo de sus pies.
Minutos después, en el pasillo del hotel...
Lando llegó tambaleándose, con el cuello aún marcado y la camisa abierta. — ¿Qué pasa? ¿Te molestó lo que viste? —preguntó, su voz cargada de cinismo.
— ¿Molestarme? —rió ella, seca—. Por favor, haz lo que quieras. No tengo derecho a decirte nada, ¿recuerdas?
— Exacto. Porque no somos nada, ¿cierto? —espetó él, acercándose—. Así que no pongas esa cara como si te hubiera roto el corazón.
— No me lo rompiste, Lando. Ni siquiera lograste tocarlo.
Él soltó una carcajada sarcástica. — Claro. Siempre tan fuerte. Tan jodidamente inalcanzable. Pero si tanto te da igual, ¿por qué huiste?