Lando tenía un plan. Uno estúpido, por cierto. Consistía en fingir que no sentía nada por Carmen, la única mujer capaz de destruirlo con una sola mirada... y un silencio aún peor. Ella, la reina del "no estoy lista", él, el campeón mundial en "me ha...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Un par de semanas.
Habían pasado como una condena autoimpuesta. Encerrada en mi habitación, ignorando mensajes, cancelando llamadas, y fingiendo estar lo suficientemente enferma como para esquivar mis responsabilidades laborales. Ventajas de ser la sobrina del jefe: nadie te cuestiona demasiado. Al menos no al principio.
Pero la mentira se volvía cada día más frágil.
El doctor Steven, nuestro médico de confianza, ya no intentaba ocultar su escepticismo. “No estás enferma, Carmen”, sentenció en su última visita, con esa mirada clínica que veía más allá de lo físico. “Estás confundida. O abrumada. O ambas.”
Tenía razón. Y lo odiaba por eso.
Estaba hecha un desastre, emocionalmente rota en silencio, repitiéndome una y otra vez que hice lo correcto, que no había otra salida. Pero cada noche me acostaba con el nudo en la garganta y el pensamiento persistente de que tal vez… sí había otra forma.
—Y Lando no deja de preguntar por ti —comentó Isa desde la videollamada—. Ayer hablamos hasta tarde. Dice que de pronto todo lo que tenían se vino abajo sin explicación.
—Isa, no quiero hablar de eso —confesé con la voz rasposa de tanto callarme las cosas—. Teníamos un acuerdo. Él lo rompió. Y eso cambia todo.
—Carmen… tú también rompiste ese acuerdo. Finges que no te importa, pero te conozco. Y también lo conozco a él. Los dos están hechos pedazos.
Me quedé en silencio.
—¿Lo amas?
—No lo sé. Me gusta. Me hace sentir viva. Pero eso no significa que sea suficiente.
—A veces lo es. A veces sentir debería bastar para intentarlo.
Suspiré con una sonrisa triste. Porque para Isa todo parecía tan fácil… pero yo no podía dejarme caer sin red, no otra vez.
—Sólo necesito tiempo.
—No lo alargues demasiado. Nadie espera para siempre.
La conversación terminó justo cuando sonó el timbre. Mi corazón se aceleró. Había desarrollado un miedo absurdo a ese sonido. Me acerqué a la puerta sin mirar por el ojillo. Reconocí su voz al instante.
—Carmen, soy Lando. Por favor, abre la puerta.
Di un paso atrás, temblando. Me odiaba por ser tan débil.
—Sé que estás ahí. Puedo oír tus pasos.
—Es mejor que te vayas. Estoy… enferma —dije, fingiendo una tos.
—Deja los juegos para otra ocasión. Necesitamos hablar.
—No, por favor. Vete.
—No puedes evitarme para siempre —insistió, con esa voz entre resignación y súplica—. Carmen, no me iré.