Piezas de un Corazón

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Los engranajes chirrían y giran lentamente, conforme el científico observa su obra. No sabía cuánto tiempo llevaba en ese taller, uniendo, programando y trabajando. No sabía si lo hacía para recordarla o para olvidarla. En este momento, no podía asegurar la última, conforme las piezas de su más bella creación empezaban a trabajar, lentamente creando una vida.
            El hombre accionó una palanca mientras su camisa blanca manchada de hollín pegada a su cuerpo tomaba algunas arrugas. Su mirada cansada pero de aspecto orgulloso, visible a través de sus lentes de protección podía reflejar cómo la figura femenina empezaba a moverse, abriendo los ojos y llenándolos de luz en una muestra de vida. Su cabeza giró a derecha y a izquierda, lentamente y con cuidado, mientras su duro, pero a la vez frágil metal soltaba algunas chispas. El color plateado con detalles de cobre para resaltar su aspecto y acomodarlo lo máximo posible a las memorias que el científico poseía de su esposa estaban alineados de forma artística y maravillosa, dándole un aspecto vivo pese a lo vacía que parecía, a la carencia de emociones que su rostro expresaba.
            — Amor mío... ¿Has despertado ya?
            Preguntó el científico casi con desesperación... Necesitaba que le respondiera, que asintiera, que dijera que sí, que le confirmara que por fin había funcionado. Un leve movimiento del conjunto de engranajes, que lentamente se volvieron un asentimiento casi hacen que el hombre se desmaya de felicidadad.
            — ¡VIVA! ¿Estás viva? ¿Mi Eva? ¿Puedes hablar?
            La maquinaria empezó a mover su boca, en un gesto que parecía costarle, como si intentara recordar como funcionaba el cuerpo
            — Yo... Viva... Si...
            Respondió en lentas pausas, en las cuales parecía intentar recuperar las palabras de un libro vacío, pero con restos de tinta que permitían distinguir lo que alguna vez pudo haber dicho. Al momento de escucharla, el científico se lanzó hacia ella para abrazarla con toda la fuerza con la que podía abrazar a la androide, la cual, aún adaptándose a su cuerpo, no lograba devolver el abrazo, no lograba moverse para nada, más que hacer leves movimientos con su cabeza. Sin embargo, empezaba a notar detalles, memorias. Estaban incompletas y parecían borrosas, como si estática y ruido blanco se filtrara en estas como agua por un canal. Sin embargo, seguían siendo memorias. Eran detalles de si misma, su propia mente, formándose y recordando. Podía saber que en su mente, este extraño científico era importante... Pero se veía incapaz de recordar el por qué o el cuándo.
            — No... Viva...
            Empezó a decir la entidad mecanizada, aún viendo como el científico la seguía abrazando. El el momento de escuchar esas palabras, el hombre no pudo evitar suspirar y se apartó. Era un hombre inteligente, y sabía perfectamente a lo que se refería la fémina frente a él, a pesar de que habían dos posibilidades a enfrentrar. Lentamente posó una de sus manos en la helada mejilla de la dama, intentando buscar las palabras apropiadas para hablarle, para darle la paz que él no había sentido.
            Un suspiro hizo que el pecho del inventor se moviera de forma algo exagerada, aún con su mano en la mejilla de su más reciente creación.
            — Amor mío... ¿Cómo podría decírtelo? Tú sabes mejor que yo lo que pasó. Sabes lo que sucedió, lo que... Me hizo hacer esto...
            La androide parpadeó una vez, dos veces, tres. Luego miró hacia abajo, al suelo, luego al inventor, quien se había apartado de ella suspirando.
            — Aún... Afuera.
            Acabó por decir la fémina, parpadeando nuevamente, apagando y encendiendo sus ojos como réplica de esta acción.
            — No... No lo sé...
            Respondió el hombre desolado, algo impresionado de que las primeras palabras de su mujer, fueran respecto a sus últimos momentos. Le dolía pensar en eso, en ver la sangre, ver el cuerpo en el suelo. La desordenada habitación... El ataúd. No podía vivir con eso... Simplemente no podía hacerlo. El dolor en su alma y el peso en su corazón, la soledad en la que se encontraba cuando ella se fué...
            — Peligroso.
            — Lo sé, lo sé... Trabajamos en eso... La policía y yo...
            Antes de poder seguir justificándose, la mano de la androide acarició el pelo del humano, en un gesto de cariño y melancolía, posando sus brillantes ojos en el hombre, reduciendo un poco su iluminación para no lastimarlo.
            — No hay... Culpa... No cometiste... Error...
            Dijo la robot en una especie de sentido entrecortado, en el cuál sus palabras eran pausadas y olvidadas, para luego ser recuperadas. El hombre miró a su creación con tristeza y pudieron verse sus ojos brillantes por las lágrimas, entristecido ante su máquina.
            — Si tan solo hubiera estado allí para ti... Si tan solo no te hubiera dejado sola...
            La máquina permaneció en silencio mientras el hombre seguía llorando, con su voz quebrándose y sus ojos cerrados con fuerza apuntaban al suelo.
            — ¿Por qué debí dejarte sola? ¿Por qué pensé que ir a esa conferencia y dejarte en esa casa era buena idea? ¿Por qué? ¿Sabiendo las noticias?
            La máquina posó su mano en una delicada caricia por la cara del hombre bajando hasta tocar su mentón, pasando por su mejilla y limpiando con cuidado las lágrimas.
            — No hiciste... Mal... Tú... Bueno.
            Dijo la androide mientras sus metálicos labios se torcian suavemente en una sonrisa.
            — Déjame... Descansar... Vive... Por favor... Sigue... Viviendo...
            El hombre cayó de la silla, mirando la máquina.
            Nunca se había levantado, en ningún momento se movió. Vió la jeringa junto a él, el frasco que había comprado, y la marioneta mecánica en su pared, quieta, bella, pero inerte... Pudo sentir una oleada de tristeza volver a recorrer su cuerpo y nuevamente levantó su débil y huesuda mano a la jeringa... Cerró los ojos mientras se mordía el labio inferior con tristeza... ¿Era eso lo que ella deseaba para él? ¿O estaba satisfaciendo un capricho? El brujo... El brujo le dijo que así hablarían... Pero... ¿Valia la pena? Cerró los ojos mientras volvía a levantar la jeringa, con su cuerpo temblando de dolor… Pero no era un dolor físico, era la culpa. Una culpa que llevaba décadas carcomiéndolo, pero haber hablado lo había hecho… Crecer. El dolor, el peso… Cerró los ojos nuevamente mientras apretaba la jeringa con tanta fuerza que esta tembló. Miró una última vez a su máquina con lágrimas en los ojos y recordó la mecánica voz en su mente…
            “No es tu culpa…”
            Era lo que le quería decir… La dulce voz de su mujer sonó por su mente como un suave violín en un concierto, llenando de emociones el escenario y al público. Cerró los ojos y lanzó la jeringa por la ventana, llorando y cayendo nuevamente de rodillas sobre el suelo de madera, sollozando frente a la réplica de su difunta esposa, quien en su dulce voz, le pareció susurrar desde un plano más allá del nuestro una amables palabras, una invitación amorosa y decepcionada…
            “Ya ha pasado, no pusiste hacer nada… Pero debes terminar el ciclo…”
            El científico cerró los ojos y miró por la ventana al cielo lleno de estrellas, cerrando la mano en un puño y mirando al suelo… Si. El ciclo debía terminar.

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