Narrador Omnisciente.
Tres Alfas yacían apiñados e incómodos en el mismo sofá, sintiendo el dolor de cada articulación. El sofá era evidentemente pequeño para sus gigantescos cuerpos.
—Umm... —Liam intentó moverse para encontrar una posición menos incómoda, pero el resultado fue un inevitable desplome en el suelo. —¡Aah! —Se sobó la cabeza y la espalda, gimiendo. El fuerte golpe disipó por completo la bruma alcohólica, y se dio cuenta de que estaban en su propia sala de estar.
—Quítate de ahí —murmuró Eric, empujando a Trevol con el pie.
Trevol se despertó lentamente. —Qué dolor insoportable —se tocó la cabeza y luego el cuello, haciendo sonar sus huesos—. ¿Cómo demonios llegamos aquí? No recuerdo nada de anoche.
Liam se levantó y se dirigió al sofá individual, el único que quedaba libre. —Umm, no creo que hayamos venido por nuestra cuenta. —Agarró su celular—. Cristian debe estar por aquí; dejó su teléfono en la mesa.
Eric se estiró con un gesto de total desagrado. —Aah, qué mal dormí. —Miró a sus amigos con una mueca de espanto—. ¡Ah! ¿Dormimos en el mismo sofá? —Hizo una mueca de asco—. No me tocaron, ¿verdad?
Liam rodó los ojos ante la inmadurez. —No creo que haya llegado al punto de locura para eso.
Trevol suspiró, cansado. —Este dolor de cabeza es mi castigo. La próxima vez, solo beberemos aquí.
Se escucharon pasos bajando las escaleras. Era Cristian, vestido solo con pantalones de dormir. Su semblante, aunque ligeramente cansado, no reflejaba el horrible estado de los otros tres alfas.
—Oh, ¿así que fui el único que durmió en su propia cama? Vaya —rio, acercándose a ellos—. Pobres de ustedes, debieron dormir fatal. —Los miró con una burla evidente, disfrutando de la situación.
—¿Y por qué tú no estás aquí con nosotros, sufriendo? —preguntó Liam, levantando una ceja inquisitiva.
—Bueno, digamos que tuve la ayuda de un ángel hermoso —se acomodó el cabello, mirándolos con suficiencia—. ¿Creyeron que llegamos solos? No, alguien nos trajo a rastras.
—¿Alguien? ¿Uno de tus empleados? —Eric se acomodó en el sofá, intentando recuperar la dignidad.
—No. Mi chica —respondió Cristian con una simplicidad desarmante.
Los tres alfas se quedaron atónitos. Luna había ido a buscarlos y los había traído de vuelta. Habían creído, quizás con un ápice de esperanza, que su omega no sería tan cruel como para dejarlos a su suerte.
—Querrás decir nuestra chica —espetó Trevol, con la molestia marcándole el rostro.
—No —la voz traviesa de Cristian, llena de picardía, no hizo más que irritar a los otros tres—. Por el momento, es solo mía. Parece que no se apiadó de ustedes y los dejó tirados aquí, aunque claro, se tomó la molestia de ser su conductora designada. —Rio—. En cambio, yo recibí un trato digno: me quitó la ropa, durmió conmigo en mi cama, y de seguro me llenó de besos. Y como recompensa, claro, apreté sus lindos senos.
Los tres, enfurecidos por esas palabras, estaban a punto de replicar, cuando una figura apareció al final de las escaleras. Era Luna: cabello alborotado, descalza, vestida solo con una camisa grande de Cristian y frotándose los ojos. Aunque soñolienta, su conocimiento de la casa y el aroma de su alfa la habían guiado sin problema.
Los chicos se quedaron sin habla. Era exactamente lo que más habían anhelado desde que se marchó: verla en la casa, relajada.
—Alfa —Luna ignoró por completo a los demás, acercándose a la espalda de Cristian. —Buenos días, alfa.
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Chica De Cuatro Alfas
RomanceLuna no sabe que su destino esta en manos de cuatro alfas que están obsesionados con ella, pero al pasar el tiempo con ella Luna se guarda un gran secreto y descubre los secretos de su alfas. Los cincos se esforzaran en recuperar la confianza y el a...
