51: El Aroma del Hogar

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Luna.

Trevol detuvo el motor frente a la casa de mis sueños. Nuestra mansión se erigía ante nosotros como un monumento a la libertad que siempre anhelé durante mi infancia, mientras soñaba con una familia que no se pareciera en nada a la mía. Ahora, finalmente, estaba de vuelta. Los hilos del destino empezaban a desenredarse y los problemas que nos separaron se resolvían uno a uno. Era el momento de mi regreso triunfal junto a mi Alfa, volviendo al núcleo de la familia que yo misma había elegido construir.

—Este lugar se sentía como una tumba sin ti —murmuró Trevol mientras bajaba del auto para rodearlo y ayudarme a salir con una caballerosidad casi reverente—. El vacío era tan pesado que nos quitaba hasta los ánimos de entrenar o de salir a correr en nuestra forma lobuna. Sin tu aroma, esta casa solo era cemento y lujos inútiles.

—Entonces mi castigo surtió el efecto deseado —respondí con una media sonrisa.

Aunque mis palabras pudieran sonar crueles, era la medicina amarga que necesitaban por haberme ocultado una verdad que tarde o temprano estallaría en nuestras caras.

—Lo hizo. Vaya que lo hizo —admitió él, guiándome hacia la entrada—. Nos obligó a darnos cuenta de lo mucho que estábamos cegados por nuestro propio orgullo de Alfas. Especialmente Alfas de nuestro nivel, tan acostumbrados a dominar que olvidamos cómo ser vulnerables con quien más importa.

Me detuve un momento antes de cruzar el umbral y lo miré fijamente.

—Aun así, permitiste que tus padres te manipularan, Trevol. Y Liam y Eric dejaron que esas Omegas jugaran con sus miedos. —Vi cómo su rostro palidecía ante la crudeza de mi observación—. Pueden ser los hombres más fuertes físicamente que he conocido, pero mentalmente estaban flaqueando. Tenían miedo de lo que esas personas pudieran arrebatarles: a ti, tu legado familiar; a ellos, la posibilidad de ser juzgados por algo de lo que no eran responsables. Pero escúchame bien: Alfas u Omegas, todos sentimos temor. Tener miedo no te hace menos Alfa, te hace real. Lo que te define es lo que haces con ese miedo.

Trevol me miró con una mezcla de asombro y adoración, llevando mi mano a sus labios para depositar un beso persistente en mis nudillos.
—Tienes razón, nena. Siempre la tienes. Todo este tiempo lejos nos ha enseñado más de lo que mil años de entrenamiento podrían. Nos has ayudado a mejorar, a ser dignos de ti.

—Esa es la idea —sentencié con seguridad.

Entramos en nuestro hogar y lo primero que percibí fue la presencia de mis otros tres Alfas. Estaban alineados en el gran salón, como una guardia de honor esperando a su reina, con sonrisas que desbordaban alivio y alegría, especialmente en los rostros de Eric y Liam.

—Nena... por fin —suspiró Eric.

No lo dudé. Corrí hacia ellos y nos fundimos en un abrazo grupal, una masa de calor, fuerza y feromonas que solo los lobos podemos generar cuando la manada vuelve a estar completa. Era un abrazo que curaba las heridas de los últimos meses.

—Tu aroma está más dulce de lo que recordaba —comentó Eric, hundiendo la nariz en la curva de mi cuello con un gruñido de satisfacción.

—Es porque es feliz, idiota —intervino Cristian, dándome un beso sonoro en la frente—. La felicidad de una Omega es el mejor perfume del mundo.

—Estoy feliz de regresar —admití, separándome un poco para mirarlos a todos—. Feliz de estar en casa, de aclarar los malentendidos y de ver que, por fin, estamos tomando las riendas de nuestra vida sin dejar que terceros decidan por nosotros.

—Luna... —Liam me tomó de las manos, sus ojos oscuros cargados de una tristeza residual—. Todavía no puedo perdonarme por haberte ocultado la verdad sobre Sabrina. No fui el Alfa que merecías y lo lamentaré el resto de mi vida. Sé que me has perdonado, pero me dedicaré a recompensarte cada día que me quede de aliento.

Chica De Cuatro AlfasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora