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32: La Recompensa del Temerario

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Luna.

A pesar del júbilo que sentía por mi actuación, la verdad era que tenía miedo. La última presentación, tan cargada de rebeldía y sensualidad, había provocado una fuerte presión en mi pecho. Pero tenía que mantenerme firme y continuar con mi plan. La expresión de Trevol, Eric y Liam había sido demasiado intensa; incluso a la distancia, se podía notar su profunda irritación ante mis movimientos de baile, en particular cuando bailé junto a Marcos. El apoyo de Cristian fue crucial, animándome a seguir adelante y a bailar de esa manera, justo frente a ellos.

Terminada la presentación, fui al baño a retocarme el cabello. Ya era la una de la madrugada y era hora de irme.

—Debo irme ya —murmuré, saliendo del baño.

Vi a Cristian subir por una escalera discreta con el regalo que le había entregado. Empecé a seguirlo para avisarle de mi partida, asegurándome de que nadie me viera ir tras él.

Llegué a una puerta de madera oscura y toqué varias veces. —Adelante —respondió con calma.

Entré y cerré la puerta tras de mí. Lo encontré sentado en un sillón ejecutivo, encendiendo un cigarrillo.

—Hola, Alfa.

—Hola, amor —exhaló una bocanada de humo y se recostó en su silla—. Gracias a ti, esta noche fue perfecta. Estoy muy feliz con el trabajo que hiciste; estuviste espectacular.

Solté una risa suave y me acerqué a sentarme sobre sus piernas. —¿Lo hice bien?

—Estuviste genial, mi Luna —puso su mano libre en mi cintura y dio una calada a su cigarrillo—. ¿Sabes? Me excita verte bailar con otros hombres.

—Sí, lo noté en tu fiesta —escondí mi rostro en el hueco de su cuello.

Cristian rio entre dientes. —Pero no puedo decir lo mismo de los demás. Están furiosos, absolutamente cabreados. Lograste cumplir tu plan a la perfección —su tono era de orgullo—. Sus lobos están fuera de control, llenos de ira por tu comportamiento. Si no se estuvieran controlando frente a tanta gente, en este momento estarías en mi regazo, pero con el trasero rojo de un buen castigo.

—Se lo merecen —cerré los ojos y me quedé en silencio, saboreando mi victoria—. Pero pude lograrlo solo porque estabas ahí. Estuve a punto de salir corriendo.

—Lo hiciste muy bien —llevó su mano a mi cabello, acariciándolo con dulzura—. ¿Te gustó mi bar?

—Es precioso y muy elegante —salí de mi escondite y miré a mi alrededor—. Toda la oficina tiene tu esencia, Cristian.

—Las cosas se parecen a su dueño —apagó su cigarrillo en el cenicero—. Amor... ¿Crees que estuvo bien humillar a Isaac de esa manera tan pública? —Me miró con un toque de preocupación sincera—. Su familia es poderosa. No quiero que tengas problemas, aunque, claro, no tendría ningún inconveniente en ponerlos en su lugar si intentan algo contra ti.

Suspiré, concentrándome en mis manos. —No me importa su familia, ni lo que haga. Él no tiene el derecho de acercarse a mí como si conociera toda mi vida y fuéramos grandes amigos. Ni siquiera lo conozco, no me interesa él ni su linaje. Se lo merecía.

—Aun así, él o su familia podrían intentar una represalia. Así funcionan esas personas: dañan a quienes los humillan.

—Me gustaría verlo intentarlo. Es tan insignificante que ni siquiera sé el nombre de su familia.

Cristian sonrió, mordió su labio inferior y se acercó a mi oído, su aliento caliente. —Eres muy temeraria, ¿cierto, cariño?

Asentí con una sonrisa pícara. —Cierto. —Lo miré por un momento y besé su mejilla—. ¿Ya viste tu regalo?

—Aún no, cariño. Lo traje para poder abrirlo, pero una chica muy insistente entró —apretó mi mejilla, y ambos reímos.

—Ábrelo, sé que te gustará —lo miré emocionada.

—Veamos —abrió la caja sobre el escritorio y sacó el casco—. ¡Oh, por Dios! ¡Esto es impresionante! —Sus ojos brillaron de asombro.

—Sabía que te encantaría —dije, feliz por su reacción.

—Gracias, amor —me abrazó fuerte y luego siguió examinando su nuevo casco—. Este entra directamente en mi top five de favoritos. Es el número uno.

—¡Yei! —reí—. Tuviste que ver a los hombres de la tienda. ¡Me miraban con burla, como si no supiera dónde estaba! —Hice un puchero exagerado.

—No es común que una mujer compre estas cosas, y de seguro ibas en uniforme.

—Pues sí, iba vestida con el uniforme. —Mi celular sonó, era un mensaje de Charles—. Amor, Charles ya viene por mí.

—Sí, es hora de que vuelvas al penthouse —miró su reloj y luego a mí—. Gracias por todo, mi amor.

Se acercó para besarme. Nos quedamos enlazados por varios minutos, besándonos con una necesidad que se mantenía a pesar de vernos todos los días. Adoraba esa sensación, amaba sus besos, aunque, muy en el fondo, extrañaba también los besos de los otros.

La llegada de una persona a la oficina nos hizo separarnos ligeramente. Era Trevol, mirándonos con su expresión neutra de siempre.

—Vaya, Señor Lennox, ¿no le enseñaron a tocar? —Cristian no parecía molesto; al contrario, disfrutaba la burla y la situación.

Trevol no respondió, pero permaneció en el umbral, su mirada fija en mí, cargada con una mezcla de sentimientos indescifrables: dolor, ira y una profunda posesividad. Su mirada siempre me había provocado escalofríos, y ahora, tras varios días de ausencia, su intensidad era aún mayor.

—Luna, ya es hora de que vayas a casa —dijo Cristian—. ¿Quieres que te acompañe?

—No, amor, puedo ir sola —me levanté, alisando mi vestido que se había subido un poco—. Y el Señor Lennox de seguro quiere hablar contigo, así que no quiero molestarlos.

—Bien, llámame cuando hayas llegado —Cristian besó mi mano.

Sonreí, me incliné para besar sus labios una última vez. —Nos vemos, mi Alfa. —Regresé a mi posición erguida, caminé hacia la salida y, al pasar junto a Trevol, sostuve su mirada con total seriedad. —Adiós, Señor Lennox. —Salí, cerrando la puerta tras de mí con un sonido deliberado.

Me alejé del despacho y fui a despedirme de los gemelos, de algunos conocidos y de las personas que Cristian me había presentado. Antes de salir, alcancé a intercambiar una última mirada a lo lejos con Eric y Liam, quienes seguían observándome.

Finalmente, salí y subí al coche de Charles.

—¿Cómo lo pasó, señorita Luna? —preguntó Charles.

—Fue genial. Me divertí muchísimo, y a Cristian le encantó su regalo.

—Sabía que le gustaría. Usted conoce bien sus gustos.

—Aún tengo mucho que conocerlo, pero al menos acerté en el regalo —reí, mirando por la ventana.

Había sido divertido y, sobre todo, necesario para ver sus rostros molestos. La venganza comenzaba a saber dulce.

Chica De Cuatro AlfasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora