Capítulo 2

68 21 40
                                        

Después de mi pequeña visita al hospital me fui directa a casa. Carme me había dejado un plato de pasta a la boloñesa en la encimera de la cocina. No podía quejarme ni un ápice de ella. Era la mejor compañera de piso que podía tener, aunque éramos más que eso: ella era mi mejor amiga.

Comí en silencio, recordando mi día y, de improviso, me di cuenta de que mis pensamientos se habían ido a los ojos ámbar y la gran sonrisa del doctor Castro. Sonreí negando con la cabeza.

«Deja de soñar despierta, Olaia».

Pasé el resto de la tarde corrigiendo exámenes y preparando las sesiones del día siguiente. Disfrutaba de hacerlo, en especial porque los alumnos que decidían cursar mi asignatura lo hacían por vocación. Me fascinaba encontrarme con antiguos estudiantes y ver que se habían convertido en diseñadores gráficos, ingenieros, arquitectos o diseñadores de moda.

Era ya de noche cuando estaba saliendo de la ducha y escuché a Carme llegar a casa:

—¡Ya estoy aquí!

Salí envuelta en una toalla con el pelo aún goteando para recibirla.

—Hola, Carme. ¿Qué tal tu día?

—Tan estresante como de costumbre –se lamentó con un suspiro —. ¿Cómo te fue el tuyo?

Relaté mi mañana con pelos y señales mientras cenábamos un sándwich cada una. Aunque únicamente pareció interesarse por el hombre que había conocido en el hospital.

—Así que el doctor Sexi cambiará tus pesadillas por sueños húmedos...

—¡Carme! —me quejé dándole un manotazo amistoso —. ¡No hables así!

—Ya va siendo hora de limpiar las telarañas entre tus piernas, querida Olaia.

Carme siempre era así: malpensada y erótica por naturaleza. Y pese a que yo siempre me hacía la indignada, me divertía su forma de hablar.

Mi amiga era una mujer guapísima y llamativa: pelirroja, con las curvas justas y necesarias y con un estilo ligeramente grunge que hacía que te giraras cuando te cruzabas con ella por la calle. Sus antebrazos estaban repletos de pequeños tatuajes, y nunca salía de casa sin delinearse los ojos y pintarse los labios de rojo.

—Pásame tu ordenador —exigió Carme.

—¿Para qué?

—Vamos a buscar a ese doctor Sexi para que puedas contactar con él.

—¡Ni de broma! —gruñí abrazándome a mi portátil —. Que piense que soy una acosadora era lo último que me faltaba.

—Olaia, la vida no es solo trabajar. Tienes que intentar socializar más.

Cada cierto tiempo, mi amiga me soltaba ese sermón. No era capaz de entender que su vida social a mí no me haría feliz. Ya lo era teniéndola a ella y pasando las tardes en casa; yo no necesitaba más para sentirme afortunada.

Tras aguantar su discursito y permitir que se quedara a gusto, cambiamos de canal y comenzó nuestro programa favorito de telebasura. Sí, era una profesora durante el día y una cotilla enganchada a programas absurdos por las noches.

Reímos, despotricamos e incluso nos enfadamos con los participantes del reality show, disfrutando de cada imagen que veíamos. Cuando llegó la pausa de publicidad, Carme se levantó del sofá para hacer palomitas y yo aproveché el momento para abrir mi cuenta de Instagram en mi teléfono móvil.

Pulsé el corazón de me gusta en varias publicaciones y revisé las historias más recientes. No fue hasta que Carme se sentó de nuevo a mi lado que me di cuenta de que tenía una notificación.

Fruncí el ceño; era muy poco habitual que alguien me siguiera o me enviara un mensaje. Cuando toqué el pequeño icono, leí con asombro el texto que tenía ante mí:

dr.martiño.castro ha solicitado seguirte.

Pasó más de un minuto cuando me caí en la cuenta de lo que estaban viendo mis ojos. Él, el doctor Castro, me había buscado en la red social. Me quedé petrificada y sin saber cómo reaccionar. Miré a Carme, pero ya estaba concentrada mirando el televisor, engullendo palomitas de maíz a puñados. Volví a mirar mi teléfono y, con dedos temblorosos, toqué esas palabras que daba vía libre a que el doctor Castro accediese a mi información:

Confirmar.

Seguir también.

No sabría decir si me arrepentí en ese mismo momento, pero noté un vuelco en el estómago, como si me hubiese precipitado al vacío.

—Oye, Carme... —balbuceé.

Coloqué el móvil delante de su cara y ella lo miró con cara de confusión. Frunció el entrecejo intentando enfocar la vista y, cuando se dio cuenta de lo que estaba viendo, abrió con exageración los ojos.

—¡Olaia! ¡Tía, bien hecho! —soltó con una carcajada antes de continuar —. ¡Al final va a ser verdad que te vas a quitar las telarañas!

—Guárdate tus comentarios obscenos, por favor. —Esta vez no me hacían gracia sus bromas; estaba demasiado nerviosa —. ¿Qué hago ahora?

—¡Enséñame una foto suya!

Revisé su perfil rápidamente. Todas sus publicaciones tenían que ver con su trabajo. Según su información, era traumatólogo, de ahí que hubiese tratado a Xurxo en el hospital con su luxación.

Tras ver imágenes de artículos de periódicos, brazos recuperados y de algún viaje que suponía que habría realizado, encontré por fin una fotografía suya. Temblando, le pasé el teléfono a Carme.

—¡La Virgen! —exclamó anonadada —. ¡Este tipo es un bomboncito!

—Lo sé...

Suspiré a la vez que movía una rodilla sin descanso. Estaba muy nerviosa. ¿Por qué me había buscado el doctor Sexi... quiero decir, el doctor Castro?

Carme ahogó un jadeo haciendo que la mirara con temor.

—¡Ups!

—¿Qué?

—Le he dado a me gusta sin querer — confesó ella con cara de culpable.

—¡Joder, Carmen! —la regañé arrancándole el móvil de las manos y mirando la pantalla —. ¡Esta publicación es de hace tres meses! Va a saber que estuve cotilleando su perfil.

—Mejor. Así sabe que le gustas. No te ofendas, pero eres un poco sosa.

Quise matarla. Estaba a punto de gritar como una desquiciada cuando el móvil vibró en mi mano. Era otra notificación, pero esta vez era un mensaje privado.

Moví la cabeza con suma lentitud hasta mirar a Carme a los ojos.

—¿Qué? ¿Qué ocurre, Olaia?

—Me... me ha enviado... un mensaje.

—¡¡¡AHHHH!!! —Carme celebraba gritando y saltando sobre el sofá mientras yo me había quedado pasmada —. ¿Qué te ha escrito?

Abrí el mensaje con una mezcla de emoción y temor, y las dos juntamos las cabezas para poder leerlo.

*dr.martiño.castro: Hola, Olaia. Por fin te he encontrado. :)

Elefante plateadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora