Estaba tirada en el suelo, boca arriba, totalmente consciente de todo lo que estaba pasando a mi alrededor. Aunque, quizás, habría sido más fácil para mí no haber sido capaz de asimilar lo que en realidad estaba ocurriendo.
El cuarto estaba en penumbra, por lo que no lograba distinguir gran cosa. La única fuente de luz provenía de la mesa que se situaba a mi lado. La iluminación tintineaba sin cesar, haciendo que las sombras que se arrojaban sobre las paredes y el techo se desplazaran con un movimiento tenebroso e inquietante.
El silencio no ayudaba: solamente escuchaba mis quejidos y una voz lejana, como si mis oídos estuviesen sumergidos en una gran masa de agua. Pero no había ningún líquido, solo mi cuerpo sobre una alfombra mullida, una lámpara del color de la madera sobre el techo, esa mesa y un hombre arrodillado al que no podía verle la cara.
Él tenía las manos alrededor de mi cuello; yo no podía respirar. ¿Estaba intentando asfixiarme? Probablemente. No obstante, lo único que no cuadraba era que no notaba que él ejerciera presión en mi pescuezo. Tal vez mis pulmones no eran los únicos órganos de mi cuerpo que estaban sufriendo la falta de oxígeno; a lo mejor mi cerebro no estaba recibiendo el necesario como para ser consciente de que esas manos me estaban estrangulando; pero sí notaba cómo mis piernas se retorcían y golpeaban en suelo.
Repentinamente, el misterioso hombre se levantó, quedando relativamente más visible ante la luz temblante; mas seguía sin distinguir sus facciones. Lo único que vislumbraba era que se trataba de una persona alta y de cuerpo atlético, potencialmente de pelo oscuro. Llevaba puestos unos pantalones de vestir oscuros y una camisa de color azul cielo. Podía distinguir un pequeño bordado en la parte superior izquierda de su pecho, pero la forma era confusa y desdibujada.
En cuanto se puso en pie comenzó a recorrer la estancia de forma apresurada. Lo veía pasar de un lado a otro. Lo inquietante era que, a pesar de no tener sus manos sobre mí, seguía sin ser capaz de respirar. Era posible que el daño ya estuviese hecho y que mi mente me estuviese jugando una mala pasada. Posiblemente mis neuronas ya se habían ahogado y no pudiesen ayudarme a pensar con claridad y a razonar.
Me sobresalté al volver a tener a ese hombre a mi lado, de rodillas. Parecía estar gritando, pero su voz seguía en la lejanía. Y entonces lo vi: tenía un objeto alargado y delgado en su mano derecha. Lo estaba manipulando de alguna forma, pero todo estaba demasiado oscuro y borroso como para distinguirlo.
Mis ojos se cerraban con más frecuencia de la natural cuando el hombre se colocó ligeramente sobre mí, dejando con ello que el colgante de plata que llevaba alrededor de su cuello se escurriese desde interior de su camisa.
Notaba como el miedo me invadía el cuerpo mientras me ardían los pulmones. En el fondo, incluso deseaba que lo que esa persona empuñaba fuese un cuchillo para acabar con todo mi sufrimiento. Hasta que vi cómo levantaba la mano derecha, dispuesto a atacarme. Entonces quise luchar, sobrevivir; pero mi cuerpo no me respondía.
Bajó la mano con rapidez, atacándome el cuello y haciéndome sentir el mayor dolor que había experimentado en mi vida. Dolía y ardía. Y yo solo quería gritar, chillar y maldecir. Y fue entonces cuando, como centenares de veces en los últimos dieciocho meses, me desperté asustada, sudorosa y gritando.
***
Pese haber comenzado mal el día, me encontraba de muy buen humor. Ya me estaba comenzando a acostumbrar a dormir menos de lo necesario y a despertarme a horas poco habituales. Además, siendo sincera, la cita que tenía aquella noche tenía mucho que ver con mi estado de ánimo.
Martiño me había enviado un par de mensajes a primera hora de la tarde. En uno de ellos, me indicaba la dirección del restaurante asiático en el que él había hecho una reserva; en el otro, se las había ingeniado para hacerme sonreír con tan poco...
**Martiño: Por favor, no llegues tarde.
Llevo toda la mañana deseando que
llegue la hora de verte.**
Escribí y borré decenas de veces lo que iba a contestarle. No quería resultar demasiado obvia, pero tampoco excesivamente fría y distante. Al final, decidí ser escueta y añadir un emoticono para quitarle seriedad.
**Olaia: Prometo ser puntual. :)**
** Martiño: :) **
Cuatro horas más tarde estaba sentada en una silla en medio de salón con Carme delante de mí frunciendo el entrecejo. Estaba totalmente concentrada en perfilarme los labios, que era lo último que me faltaba para estar completamente maquillada.
—Deberías maquillarte más a menudo, Olaia. Estás espectacular.
—Tendrás que enseñarme —musité intentando no mover los labios —. No sé ni aplicarme el colorete: en cuanto aplasto la brocha sobre las mejillas parezco Heidi.
—Te daré unas clases, no te preocupes. —Se echó hacia atrás para ver el resultado final y sonrió, satisfecha —. Al doctor Sexi se le caerá la baba en cuanto te vea.
—A mí se me caerá la baba en cuanto vea al doctor Sexi —reconocí con nerviosismo.
—Vamos, te ayudaré a vestirte para que no te ensucies.
Carme me había ayudado a seleccionar un sencillo vestido negro cuyo encanto estaba en sus mangas abullonadas de plumeti. No era muy ceñido, pero dejaba entrever mis curvas. Me tapaba tres cuartos de muslo, lo que, según Carme, era perfecto.
En los pies, llevaba unos zapatos fucsias de tacón alto, a juego con el bolso que mi amiga me había prestado para esa ocasión. Había decidido dejarme el pelo suelto, aunque Carme había insistido en hacerme ondas en las puntas.
Me estaba mirando al espejo que teníamos en la entrada del apartamento cuando un miedo infundado comenzó a inundarme el cuerpo.
—Creo que voy demasiado arreglada.
—Créeme que no —objetó Carme negando con la cabeza —. He buscado ese restaurante en internet, y no es un asiático cualquiera. Tiene una estrella Michelin.
—¡Estás de broma!
—Nop... Cenarás como una reina, nena. —Levantó las cejas repetidamente cuando continuó hablando —. Parece que el doctor Sexi quiere impresionarte.
—Solo espero no quedarme con hambre —confesé arrugando el ceño —. Esos sitios tienen fama de dar raciones demasiado pequeñas. No quiero tener que hacerme un bocadillo al volver.
—No creo que el doctor Sexi te deje con hambre... —se burló Carme
—¡Carme!
—Yo solo te digo —continuó mientras abandonada el salón —, que aproveches la ocasión. ¡Y que uses protección!
—No pienso hacer nad...
Pero no me dejó terminar la frase. Carme había cerrado la puerta de su habitación para no escucharme. Aunque yo sí podía oírla reír escandalosamente en su cuarto.
ESTÁS LEYENDO
Elefante plateado
RomanceUn sueño reiterante y oscuro; un amor apasionado; y un elefante plateado. ¿Podrá sobrevivir a los tres? *** Olaia lleva una vida feliz pero aburrida: trabajo, casa y más trabajo. Hasta que conoce al amor de su vida y un oscuro sueño comienza a pers...
