Capítulo 10

35 11 34
                                        

—Todavía no me has pedido que cenemos juntos.

—¿Eh? —balbucí confusa.

—Me habías dicho que la próxima cena la organizarías tú. Incluso pusiste como condición que te dejara pagar a ti. —Volvió a mirar el suelo claramente avergonzado y sintiéndose expuesto—. Pero aún no me has dicho nada y... mañana comienza el fin de semana.

Vaya... Así que, ¿era eso? El doctor Sexi se sentía... ¿inseguro?

La verdad es que no me había acordado de ello. Estábamos quedando cada día, así que ni se me había pensado por la cabeza que al día siguiente podríamos cenar juntos. No tuve siquiera que pensarlo; sabía a dónde quería llevarlo.

—¿Te gusta la comida italiana?

—Me encanta —garantizó con entusiasmo y alivio, mostrándome su sonrisa.

—Búscame mañana a las nueve. Te llevaré a mi restaurante favorito.

Sin decir ni una palabra y todavía sonriendo, Martiño dio un par de pasos de espaldas para después girarse para dirigirse a su coche e irse.

Pero no se lo permití.

Antes de que llegase a su vehículo lo detuve sujetándolo por la muñeca. Él se dio la vuelta con confusión e intrigado. Nos miramos unos segundos a los ojos, sin decir ni una palabra. Estábamos en silencio, pero yo escuchaba mi pulsación martillearme los oídos. El corazón se me iba a salir el pecho, y entendía perfectamente la razón.

Sabía qué venía ahora.

Sabía qué iba a hacer.

Y sabía el porqué.

No era un momento especial. No había nada resaltable en él que fuese a recordar dentro de unos años; pero yo lo haría único.

Coloqué mis manos en su mandíbula ante su atenta y brillante mirada de sus ojos ámbar. Vi cómo él tragaba saliva y el gesto hizo que me saliese una sonrisa ladeada. Empujé con mis manos su cara hacia la mía y, despacio, fui acercando sus labios a los míos mientras nos mirábamos fijamente.

Alargué el momento todo lo que pude, sabiendo que nunca más se repetiría ese previo al primer beso. Sentía la adrenalina recorrer mi cuerpo y cómo el vello se me ponía de punta y, cuando no pude más, lo besé. Cerré los ojos y disfruté todo lo posible de aquellos labios suaves y carnosos. Profundicé un poco más el beso y, por fin, Martiño salió de su asombro y me correspondió.

No sé cuánto tiempo mantuvimos el contacto. ¿Segundos? ¿Minutos? No podría decirlo; el tiempo parecía haber tomado una linealidad diferente a la que conocía.

Cuando nos separamos abrí los ojos inmediatamente para poder comprobar su cara y estudiar su reacción, pero él siguió con los ojos cerrados unos instantes más. Entonces, sonrió a la vez que me miraba, diciéndome sin palabras lo único que necesitaba en ese momento: ese beso había sido para él tan impresionante como para mí.

—Buenas noches, Martiño.

Me separé de él lentamente y, antes de entrar en mi portal escuché su voz susurrante:

—Buenas noches, Olaia.

Entré en el apartamento sin poder evitar sonreír y flotando en una nube invisible. En cuanto cerré la puerta me apoyé en ella y comencé a soltar pequeños chillidos que, ¿para qué mentir? Eran totalmente excesivos y propios de una adolescente. Al parecer, aún quedaban retazos de mi yo de quince años.

Me estaba metiendo en la cama cuando sonó el móvil, y sí: era él.


** Martiño: Que duermas bien, Olaia.
 Espero que mañana me des mil
despedidas durante nuestra cita,
siempre que sean como la de hoy. **


Me mordí el labio y las comisuras de mis labios se tensaron mientras se alzaban. Me sentía emocionada, nerviosa, feliz, asustada, pletórica... todo junto, formando un cóctel adictivo del que no me quería desprender.

«No lo dudes, Martiño. Habrá mil besos más, y ninguno será una despedida».

Porque en ese momento aún no lo sabía, pero Martiño sería el único hombre al que besaría durante el resto de mi vida.

***

—¿Estás segura de que no molestaré? —preguntó Carme con cara de preocupación.

—No —contesté con voz cansada —. Ya te he dicho que también irá su hermano. Si te preocupa ser una sujetavelas, lo siento, pero no lo serás.

Carme por fin pareció conforme con mi explicación.

Había quedado con Martiño en cenar juntos, pero su hermano lo había llamado para poder ponerse al día. Estaba de vacaciones y hacía mucho que no podían hablar tranquilamente debido a sus horarios laborales.

Me pareció una fenomenal idea conocernos, pero sugerí llevar también a mi mejor amiga. Así nos sentiríamos en igualdad de condiciones y de paso conoceríamos a las personas más importantes de nuestras vidas.

Sí, quizás era demasiado pronto.

Sí, quizás nos estábamos precipitando.

Pero era lo que nos apetecía hacer y estábamos dejando llevar.

Nos conocíamos desde hacía solo una semana, pero ¿quién dijo que no te podía gustar alguien en ese tiempo? ¿Es que había que seguir un calendario del amor para hacer las cosas bien?

Me negaba a bloquear mis deseos solo por lo que la sociedad describía como aceptable. Por ello, por primera vez en mi vida, haría lo que de verdad me apetecía.

Carme y yo entramos en el bar señalado y, en cuanto puse un pie dentro, mis ojos volaron sobre la estancia hasta reparar en una de las mesas. Dos hombres idénticos hablaban animadamente y sonriéndose con cariño.

—Vaya... Martiño no me había dicho que tenía un hermano gemelo.

Los ojos de Carme siguieron los míos y vi cómo su expresión cambiaba inmediatamente: sus ojos se abrieron y su labio inferior cayó

—Joder, y el hermano está aún más bueno que el doctor Sexi.

—¡Carme! — la advertí mascullando—Te juro que cómo se te escape lo de doctor Se...

—Que sí, que sí... —me interrumpió mientras agitaba su mano frente a mi cara, quitándole importancia al asunto.

Carme comenzó a caminar hacia ellos, dejándome allí plantada, más asustada que nerviosa. Suspiré para llevarme de valor y comencé a caminar tras ella.

Estábamos a unos pasos de su mesa cuando Martiño me vio y se levantó con una gran sonrisa, haciendo que su hermano también se girase hacia nosotras. O más bien hacia Carme, porque no se quitaban el ojo de encima.

Tras un tierno beso en mi mejilla, Martiño hizo las presentaciones y nos sentamos los cuatro juntos para conversar y conocernos, aunque la tarea se hizo imposible. Carme y Antón nos ignoraron completamente, hablando entre ellos y haciéndose caídas de ojos, claramente interesados uno por el otro.

—Parece que tu amiga y mi hermano no quieren saber nada de nosotros —susurró Martiño a mi oído, claramente divertido con la situación.

—Eso parece —coincidí uniéndome a sus risas silenciosas —. No sabía que erais gemelos.

—Bueno, creo que se nos diferencia perfectamente.

Eso era cierto. A pesar de que físicamente eran como dos gotas de agua, tenían dos personalidades lo suficientemente marcadas como para notar quién era quién a simple vista.

A diferencia de Martiño, Antón llevaba el pelo un poco más largo y despeinado, dándole un toque desenfadado. Aunque vestía una camisa, sus pantalones vaqueros eran holgados y caídos y sus zapatillas eran propias de cualquier tienda skate. Tenía un piercing en la oreja izquierda y, gracias a su camisa remangada, podía verse en su antebrazo derecho un tatuaje. Parecía una balanza, totalmente en equilibrio y sin ningún tipo de peso en ellas.

A pesar de que la tinta negra había llamado mi atención, mis ojos volaron hacia la tela azul cielo, y no se me pasó desapercibido que la camisa tenía el mismo barco velero que la de Martiño. Ese que, noche tras noche, se filtraba en mi sueño.

Elefante plateadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora