—¿Me dejarás besarte hoy?
Su pregunta me dejó sin habla. Lo conocía desde hacía tan solo un día y, a pesar de que en las últimas dos horas de charla me había sentido más unida de lo normal a él, me desconcertaba que fuera tan directa.
—¿Olaia?
—Yo... no... —balbuceé mirándome las manos con nerviosismo—. No sé... qué...
—Lo siento, sé que he sido demasiado directo. —Se pasó las manos con la cara mientras suspiraba. Estaba claro que se había arrepentido de formular la pregunta —. Olvida lo que he dicho, ¿de acuerdo?
Verlo en ese estado tan intranquilo hizo, aunque suene contradictorio, que yo me sintiese más sosegada y me inflase de valor. Tras respirar profundamente, me aclaré la garganta para llamar su atención y sonreí todo lo genuinamente posible ante su atenta mirada.
—Hoy no te daré un beso. —Hice una pausa y vi como sus ojos se tranquilizaban y esperaban con ansias que acabase la frase —. Ya te he dicho que hace mucho que no tengo una cita, y no quiero precipitarme. Me gustaría ir... despacio.
—Te entiendo. Lo siento por haber... haber...
—Déjame acabar, por favor —lo interrumpí sin saber si lo que iba a decir era lo correcto. Tenía miedo de pecar de ingenua y hablar demasiado —. Hoy he estado muy a gusto contigo. Más de lo que me hubiera podido imaginar. Y, aunque hoy no vaya a besarte, eso no quiere decir que no me apetezca. Puede que, cuando nos conozcamos más, sea yo quien me lance a hacerlo. Pero te aseguro que no te lo preguntaré. Si te beso será porque surgirá, no porque te pida permiso con antelación.
Asintió con la cabeza a la vez que apretaba los labios formando una línea recta, casi escondiendo una sonrisa. Habría puesto la mano en el fuego por que la palabra touché se había pasado por su cabeza. Sin embargo, no logré dejarlo totalmente sin palabras y, tras un corto silencio, volví a ruborizarme por sus palabras:
—Esperaré ese momento con muchas ansias, Olaia.
El resto de la velada estuvo cargada de risas y confidencias, pero lejos de más coqueteos. Martiño era un hombre interesante, con muchas anécdotas que contar pese a su edad, y más simpático de lo que había creído.
Me sentí muy cómoda con él, casi como si hubiese quedado con un viejo amigo en lugar de con un completo desconocido. Salvo porque las mariposas de mi estómago no paraban de aletear cada vez que él sonreía; y lo hacía muy a menudo.
A pesar de que insistí en pagar la cena a medias, Martiño no me lo permitió. En un inicio sentí rechazo hacia ese comportamiento, que creí patriarcal; hasta que me aseguró que la próxima cena me tocaría organizarla a mí y que yo la pagaría. Estuve de acuerdo y apunté otro punto positivo en la lista mental de pros y contras del doctor Sexi.
Tras salir del restaurante, permanecimos en la entrada durante unos segundos sin decir ni una palabra. Nos mirábamos, sonriendo, pero callados. Hasta que el doctor rompió el mutismo:
—No sé si decir esto será ir demasiado rápido para ti, pero... quiero llevarte a casa.
—No es necesario, Martiño. Cogeré un taxi.
—Preferiría llevarte —insistió con cautela, dejando claro que tenía miedo de extralimitarse —, si te sientes cómoda con ello.
Me lo pensé menos de lo que me gustaría admitir. Sabía que lo sensato habría sido decirle que no y esperar a conocerlo más hasta dejarle conocer dónde vivía. Pero él me gustaba —y no precisamente poco —, así que mis hormonas descontroladas tomaron el mando de mi voz, haciéndome con ello sentir más feliz y un poco más nerviosa.
—De acuerdo; dejaré que me lleves.
Una tímida sonrisa apareció en su semblante a la vez que me indicaba el camino hacia mi coche y me abrió la puerta sin dejar de mirarme a los ojos.
En cuando le indiqué mi dirección y arrancó el coche, la conversación siguió fluyendo, sin incomodidad: me asombraba con qué facilidad podía hablar con él, sin silencios incómodos y sin necesidad de sacar a colación temas banales y poco interesantes.
Aparcó delante de mi portal dejando el coche en doble fila y apagó el motor. Eso me alertó en un primer momento, aunque el recelo cesó en cuanto lo escuché:
—Me encantaría verte durante el fin de semana, pero me toca hacer guardia en el hospital; estaré veinticuatro horas en urgencias, así que no creo que sea buena compañía hasta el lunes.
—Espero que por lo menos tengas una guardia entretenida.
—No lo dudes: los sábados suelen ser moviditos. Ya sabes... gente que se excede con la fiesta.
—Vaya... te quedan veinticuatro horas interesantes.
—Pues sí —asintió soltando un suspiro —. Me gustaría tomar un café contigo el lunes. Si puedes y te apetece, claro.
—Puedo y me apetece.
Volvimos a sonreírnos por enésima vez. La intensidad de su mirada me hizo apartar la vista de sus ojos y la posé sobre su camisa azul celeste. Tenía un pequeño bordado de un barco velero y, sin entender por qué, me pareció familiar.
—...la hora y el lugar.
—¿Qué? —exclamé sacudiendo la cabeza. No había prestado atención a las palabras de Martiño porque me había concentrado en el pequeño encaje de su camisa —. Perdona, ¿qué decías?
—El lunes. Café juntos —contestó carcajeándose —. Esperaré con ganas a que me envíes la hora y el lugar.
—Por supuesto. El lunes tendrás noticias mías.
—Espero que así sea.
Dudando, me acerqué a él para darle un casto beso en la mejilla y, a pesar de que había aclarado que hoy no lo besaría, hubo un largo momento de indecisión en el que nuestros rostros se quedaron a pocos centímetros uno del otro. Nuestras respiraciones se aceleraban y se entremezclaban entre sí, pero me alejé de él rompiendo el momento antes de incumplir mis propias palabras.
—Buenas noches, doctor Castro —dije con retintín mientras salía del coche.
—Buenas noches, profesora Suárez.
Me sentí como en una nube cuando me metí en la cama esa noche. Rememoré algunas partes de nuestra cena, sin evitar esbozar una gran sonrisa.
Me volví a quedar dormida, al igual que la noche anterior, sin importarme lo que podría encontrarme en mis sueños.
Pero volví a tener la misma pesadilla, y no solo eso; había descubierto algo nuevo.
El hombre de mi pesadilla, que llevaba un año y medio aterrorizándome, no solo tenía una camisa azul cielo, sino que ahora sabía qué era lo que había bordado en ella.
Era un barco velero, hecho con hilo azul marino.
El mismo barco que había visto esa noche.
El mismo que tenía la camisa de Martiño.
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Elefante plateado
RomansaUn sueño reiterante y oscuro; un amor apasionado; y un elefante plateado. ¿Podrá sobrevivir a los tres? *** Olaia lleva una vida feliz pero aburrida: trabajo, casa y más trabajo. Hasta que conoce al amor de su vida y un oscuro sueño comienza a pers...
