𝐗𝐗𝐈𝐕. 𝙈𝙖𝙧𝙞𝙙𝙤 𝙮 𝙙𝙤𝙣𝙘𝙚𝙡

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Rubén se había reunido con su prometido, el rey Raúl, quien llevaba un hermoso vestido rojo, y hablaban de sus cosas, de sus proyectos y de su futuro, mirándose a los ojos. En aquellos momentos, ninguno de los dos envidiaba a la pareja de ese momento que en poco iba a contraer matrimonio.

—¿Pero te hubieras casado con el emperador de no haber sido por tu hermano? —preguntó Auron.

—Ahora solo sé que te quiero a ti —respondió Rubén, algo ruborizado.

—No, yo pregunté: ¿te hubieras casado con Samuel de no ser por Lolito?

Rubén quedó mudó; no sabía si decirle que solo quería a Samuel por la corona, porque Auron se sentiría usado, creyendo que su corona y su amor eran solo un reemplazo para lo que no pudo tener, sin embargo, antes de poder responder algo, Auron volvió a hablar.

—Olvídalo, no quieres hablar de eso.

—¿No te parece que ya hemos brindado mucho por mi hermano? Creo que deberíamos hacerlo por nosotros. —El joven levantó su copa, chocándola contra la de Auron, acercándose al oído de este. —Por nuestro amor.

Afuera del palacio, apretujados a no más poder, los fieles súbditos de Vegetta aguardaban con paciencia el momento de poder aclamar a su emperador y de ver de cerca a la nueva emperatriz. Mientras los hombres comentaban el acierto del enlace político, las mujeres y donceles llevaban su conversación hacia Lolito, al que sabían muy guapo y haciendo miles y miles de conjeturas sobre el traje que usaría en la ceremonia.

Unas decían que llevaría determinado traje, otros, que se creían más enterados, afirmaban que lo principal era el ramillete traído desde Kinoko Kingdom; otras juraban que sabían que la diadema de la novia tenía forma de corona ducal y otros aseguraban que el manto había sido confeccionado en Tortillaland, como regalo del rey Auron a la novia.

En palacio, los preparativos llegaban a su fin. Siete caballos habían sido enganchados a la carroza que llevaría a lolito, una carroza como correspondía a una emperatriz. Cuando las enormes rejas que cerraban el acceso al palacio se abrieron de par en par, fue cuando las primeras carrozas empezaron a aparecer en la calle.

—Ahí va el príncipe Eret...

—Y allí el rey Auron, dicen que está comprometido con el príncipe Rubén...

—Esos son los padres de la novia...

—El Emperador Samuel de Luque.

—¡Viva Samuel de Luque!

—¡Viva! ¡Viva!

Las campanas de la catedral empezaron a sonar y el entusiasmo se desbordaba y ésta aumentó cuando pasó la carroza donde estaba Lolito.

—¡Viva el príncipe Lolito!

—¡Viva el emperatriz de Karmaland!

Lolito, arrellanado en su carroza, sentía que su corazón palpitaba con fuerza. La emoción nublaba sus ojos y casi no podía contener las lágrimas. Se inclinaba para ser visto en la ventanilla y saludar un poco, agitando un fino pañuelo de encaje, mientras la multitud lo vitoreaba.

Hubo una verdadera lluvia al paso de Lolito y su largo trayecto fue cubierto por exclamaciones del público y el joven novio se sentía emocionado, aunque cualquier mujer o doncel se sentiría igual. Por fin la carroza llegó a la catedral.

Un murmullo de admiración colectivo surgió de todas las gargantas cuando Lolito apareció, solemne y majestuoso, ante una escalinata cuajada de flores y adornada con una monumental alfombra. La vieja catedral se veía fantástica: en el coro había más de sesenta jovencitos formados frente a su maestro; por uno de los lados del presbiterio apareció una procesión de sacerdotes, yendo en primer lugar el clero regular, a continuación, obispos, varios cardenales y finalizando, un par de arzobispos.

El que tenía mayor rango de aquellos avanzó, y en el fondo apareció su majestad, Vegetta, acompañado de sus padres, los cuales avanzaron hacia el altar, donde el primado le ofreció agua bendita a Samuel. Sus padres se retiraron hacia los lados, quedando el emperador en el centro, frente a la autoridad. El órgano había dejado oír sus notas solemnes y entonces Lolito apareció al fondo de la nave, para seguir el mismo camino que antes estuvo bajo los pies de Vegetta, entre la multitud de invitados.

El joven caminó pausadamente, con la cabeza alta, sereno, con dignidad, como correspondía a una emperatriz de Karmaland. Su aspecto era impresionante. Lolito resplandecía de belleza y elegancia. Su vestido blanco, el cual parecía haber sido confeccionado por hadas, se ceñía a su cuerpo con sorprendente elegancia. Las más finas telas, encajes, sedas y tules se conjugaban maravillosamente y las perlas, la pedrería y los brillantes habían sido distribuidos sabiamente, formando un todo de una perfección sublime.

Apoyado en su antebrazo derecho, un ramillete de flores blancas mientras en su cabeza llevaba una rica y sorprendente diadema que enmarcaba su rostro, lo cual le confería una belleza extraordinaria y sus ojos verdes brillaban más que nunca. Finalmente, de su espalda arrancaba un monumental manto de encaje que sujetaban dos pequeños.

Lolito llegó al altar y tomó agua bendita y se persignó. La ceremonia empezó con las oraciones y pláticas de costumbre. Samuel de Luque —Vegetta— en aquellos momentos daba una nueva emperatriz a su patria, que tendría que compartir con él los éxitos y sinsabores que proporcionaba aquel cargo real. El sacerdote por fin hizo juntar sus manos después de haber sido colocadas las alianzas y bendijo a la pareja.

Vegetta acarició lentamente la mejilla de Lolito y lo besó. A continuación, el nuevo emperatriz de Karmaland, del brazo de su esposo, caminó de nuevo hasta alcanzar la puerta de la catedral y una vez en palacio, los contrayentes fueron abrazados por sus familiares y más de una lágrima fue derramada. Vegetta y Lolito salieron hacia aquel balcón en donde la gente fue testigo de su compromiso.

—¿Te acuerdas, mi reina?

—¿De qué?

—Del día en que me reprochaste porque anuncié nuestro compromiso en el cotillón. —Lolito no contestó, pasaron unos breves instantes y Vegetta continuó. —¿No quieres decirme si estuve acertado?

—¿Para qué?

—Para estar seguro de que te has casado conmigo porque me quieres de verdad.

—Ya sabes que lo único que quería era no entrometerme en el camino de Rubén, pero ahora que sé que él es feliz, debo decirte que estuviste muy acertado en ofrecerme aquella noche aquel ramillete de rosas rojas.

Vegetta miró a su ahora esposo con todo el amor del mundo y Lolito le devolvió aquella mirada.

—Todo esto es muy hermoso, pero de igual modo hubiera sido feliz si en vez de ser el emperador, hubieras sido un simple campesino.

Las palabras de Lolito llegaron hasta su corazón, pues no eran las galas, ni los lujos, ni su rango lo que habían enamorado a ese hermoso joven de cabellos naranjas, sino que le había querido por su persona, por lo que era, y no por lo que representaba, y por ello Lolito había accedido a ser su compañero inseparable de por vida.

Después de cumplir varios protocolos y bailes y después de que se enteraron de que la luna de miel serían los novios viajando por distintos reinos, cuando menos se lo esperaban, ambos jóvenes habían desaparecido y nadie objetó lo más mínimo, porque, al fin y al cabo, los emperadores también eran humanos y merecían, cuanto menos, aquella ocasión que era toda suya.


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FIN

𝗾𝘂𝗲𝗲𝗻 𝗼𝗳 𝗺𝗶𝗻𝗲   ──── vegelitoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora