Capítulo IX

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Mientras Charlie aguardaba en una esquina cobijado por la oscuridad de la noche, a que aquel antro cerrara sus puerta, en otra parte de la ciudad, una codiciosa joven tejía un plan para eliminar a aquel mal nacido que la trataba con desprecio.

¿Quién demonios se creía? De no haber sido por la ayuda que le brindó a su hermana y madre cuando se quedaron en la miseria, ambas hubiesen terminado en la calle como vagabundas.

Menudo susto el que se llevó, cuando el que suponía muerto se apareció junto a su hermana en su departamento. Hasta el momento, Susana Marlowe no entendía como había conseguido librar la muerte... aunque debía reconocer que la personalidad del sujeto que se presentó aquella noche, era muy distinta a la del otro que conoció meses atrás, era como si su descenso al infierno lo hubiese transformado totalmente dando como resultado a un semental... curvó sus labios en una sonrisa perversa antes su pensamiento —iba a tentarlo antes de llevar a cabo su plan.

Con aquello en mente, Susana salió de su habitación con un transparente camisón y bajó las escaleras. Buscó sigilosamente a su presa y cuando escuchó un ruido proveniente de la biblioteca, se preparó para el juego de seducción. Se quedó de pie en el umbral de la puerta de la estancia deliberadamente, para que la luz del lugar hiciera su trabajo, aquella treta le había dado resultado siempre, con la transparencia del camisón mostraba sus atributos.

Su presa alzó la mirada.

—Ya lo he visto antes —declaró—. No es nada nuevo. Apártate de la puerta.

Si le hubiera pegado, Susana Marlowe no se habría puesto más furiosa. Automáticamente dio unos pocos pasos hacia el interior de la estancia.

—¿Qué clase de chiste barato es ése?

Él acomodó un libro en uno de los estantes.

—¿Qué quieres? —preguntó con indiferencia.

—¿Realmente no te gustan las mujeres?—cuestionó achicando los ojos.

—Y eso a ti que te importa —la miró con tal frialdad, que Susana se abrazó a si misma

—Lo siento, no fue mi intensión entrometerme en tus asuntos —se disculpó la joven de inmediato.

—No me interesa tu disculpa —respondió él, y mirándole como si de un insecto se tratase continuó —; no le presto atención a las palabras de una calenturienta mujer como tu.

Sollozando de rabia, Susana dio tres pasos rápidos hacia adelante y alzó su mano derecha para estampar una bofetada en la cara del hombre. Él extendió la mano y le agarró la muñeca.

—Toma lo que necesitas y vete —le aconsejó—. Esto no es una pasarela.

—Eres un maldito mal agradecido —fue todo lo que pudo decir. Susana se quedó allí, indefensa con su apretón, odiando sus ojos duros.

—Te he dicho que tomes lo que necesitas y te largues —masculló él con la mandíbula apretada —por consideración a lo que hizo por su familia mientras él estaba ausente, soportaba las insolencias de aquella mujersuela barata y la llevó con ellos a las afueras de la ciudad, a la casa que compró con la ayuda de su cómplice, de lo contrario se habría deshecho de ella hacía mucho tiempo.

—¡Eres un maldito engendro! —le gritó Susana en su cara —. ¡Debería de ir a la policía y denunciarte.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Elisa con ojos muy abiertos ante lo que estaba viendo. Había bajado de su habitación, se dirigía a la cocina para prepararse un té, pero se detuvo a mitad de camino, y tras escuchar gritos provenientes de la biblioteca se dirigió al lugar.

La MentiraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora