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En 2015 se confirmó la entrada del piloto más joven en el deporte rey del automovilismo.

Un Max Verstappen de casi 18 años llegaba a Toro Rosso con una meta en mente, ganar todo.

No podía creer la rapidez con la que había llegado a la cima del deporte, se comparaba con los de su generación y aún no daba crédito.

La mayoría lo habían dejado o seguían en Fórmula 3 o Fórmula 2, como era el caso de algunos conocidos, entre ellos Charles.

Pasaron cuatro años donde la camaradería y rivalidad persistió. Ambos eligiendo caminos diferentes, el yéndose al programa de Toro Rosso y Leclerc, con la idea de entrenar con Ferrari no lo siguió, y por consiguiente tuvo que ir a Fórmula 2 mientras que él se lo saltó por completo.

Lo llamaban prodigio.

En ese momento su relación se hizo más tensa, sentía que al monegasco no le cayó bien el hecho y se pudo notar en su comportamiento y en los mensajes que se enviaban de vez en cuando.

Quería lo mejor para el menor, vamos, fue su amor platónico por gran parte de su infancia; no podía quedarse así.

Por muchos medios intentó entablar una conversación con Charles sin resultado, el castaño no le dirigía la palabra y eso más que entristecerlo le enojó y le siguió el juego.

No se rebajaría por nadie.

Y así se fue tan rápido a la Fórmula 1, aún sin carnet de conducir pero con la súper licencia enmarcada en alguna parte de su habitación.

Cosas de la vida. 

Miraba nervioso al que sería su compañero, Carlos Sainz Jr. El español era mayor que él por tres años y se notaba con mucho más experiencia en el ajetreo del deporte y eso le ayudó mucho a adaptarse que incluso se hicieron amigos.

Ambos con un plan en mente: romperla en la temporada.

Todos esos ánimos que tenía se fueron al caño, había terminado doceavo en la tabla anual para su mala suerte y como su padre decía, no era un lugar bueno.

En realidad, para ese hombre nada lo era.

Pero también tenía que admitir culpa, su debut en un Gran Premio fue un DNF, en Malasia no le fue tan mal y logró la séptima posición pero dos siguiente Gran Premios lo dejaron mal parado.

Añadiéndole el de Mónaco, la posición décimo quinta en Canadá, entre más cosas lo hacía ver como un pay driver. Lo único milagroso fue el casi podio en Hungría y Estados Unidos, lo mas rescatable de un año para olvidar.

Después del desastroso Gran Premio en Arabia Saudita salió del monoplaza con rabia en dirección al motorhome, no estaba para falsas felicitaciones ni para los sermones de su padre.

Entró y lanzó su casco a la pared que rebotó y cayó al suelo. Se sentó en el suelo y jugó con sus manos hasta toparse con la pulsera tejida roja.

Su pulsera.

Aquel hermoso aro que yacía en su muñeca era el objeto que hacía que toda frustración o tristeza desapareciera con solo verla.

Era como un amuleto.

Desde aquel día jamás se quitó el accesorio, ahora formaba parte de él y por alguna razón, le ayudó a no rendirse las veces en las que estaba a punto de hacerlo.

Con solo mirarlo le hacía sentir una paz que nunca había sentido antes. Ver los hilos tejidos le hacían recordar aquel chico lindo y sus palabras de aliento que quedaron estancadas en él.

Finding YouDonde viven las historias. Descúbrelo ahora