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NARRADOR

Mensaje de Sofía *

—Te lo advertí —dijo Sofía.

—Te lo advertí yo primero —replicó María José con una sonrisa—. Hablé con la profesora nueva.

—¿De qué?

—De casi nada… pero con eso me bastó para seguir coqueteándole.

—¿Coquetearle a la profesora? Eso es tenerse mucha confianza.

—Eso… déjame en visto, perra —rió Sofía.

En ese instante, la puerta del despacho se abrió.

—Entonces, señorita Garzón, ¿qué hacemos para que usted siente cabeza? —preguntó el director Juan Pablo, con voz firme.

Después de una larga charla de reflexión y de repasar posibles castigos, María José decidió proponer un acuerdo.

—¿Qué le parece si me pone clases extras para estar más ocupada? —sugirió ella, iniciando en silencio su plan de pasar más tiempo con la profesora Calle.

—Me agrada su idea… déjeme pensar a quién ponerle —dijo el director, pensativo.

—Mmmm… —María José hizo una pausa—. Por mí no estaría mal si me pone con la profesora Calle.

—Me sorprende que no haya escogido a la profesora Mare, pero la profe Calle es una buena elección. Solo nos faltaría comunicarle lo hablado y ver qué opina.

—Sí, no creo que ella tenga problema con eso.

El director llamó a la profesora Calle y entablaron una conversación mientras María José esperaba frente al escritorio. Finalmente, la profesora aceptó el acuerdo.

—Muy bien, señorita Garzón, sus clases extras serán los martes y sábados. Esos dos días tengo un hueco de una hora después de mi clase —explicó la profesora Calle.

María José solo asintió, victoriosa por haber cumplido su objetivo.

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MARÍA JOSÉ

Salí de la oficina con una sonrisa en el rostro. Había conseguido mi propósito: pasar más tiempo con la profesora Calle.

Llegué al lugar donde Sofía hablaba con unas chicas. Al verme, ellas comenzaron a susurrar y se marcharon.

—Tú siempre adueñándote de corazones ajenos —dijo Sofía, con la mirada fija en mí.

—No es mi culpa ser una lesbiana tan atractiva.

Sofía soltó una risa sarcástica.

—Cuéntame, ¿cómo es eso que…?

La interrumpí suavemente, colocando mi dedo índice sobre sus labios.

—Los martes y sábados tendré clases extras con la profesora. Eso me permitirá pasar más tiempo con ella. ¿No soy increíble? —dije con cierto egocentrismo.

—Vamos a ver si tus encantos sirven con una profesora —respondió Sofía, enfatizando la última palabra.

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MARTES – 9:50 A.M.

Faltaban diez minutos para que terminara la clase de la profesora Calle y empezaran las mías. Estaba guardando mis cosas cuando escuché su voz.

—¿Vamos? —me dijo León, bajando las escaleras para salir del salón.

—La señorita Garzón se queda conmigo, Pérez —ordenó la profesora mientras organizaba unos papeles en su escritorio.

León me miró con picardía.

—¿Qué no me has contado, poché?

—Nada que ver, simplemente tengo clases extras.

—Ajá… sé cómo miras a la profesora.

Sonrió y salió del salón. La profesora Calle me pidió que llevara una silla hasta su escritorio y me ordenó sentarme. Estaba a apenas veinte centímetros de ella; tan cerca que podía detallar sus facciones. Su traje blanco combinaba con un top negro y tacones del mismo color. Su cabello castaño caía en ondas, con un maquillaje tan natural que parecía no necesitarlo.

—¿Tengo algo en la cara, Garzón? —preguntó sin levantar la vista de los papeles.

—¿Disculpe? —respondí, sorprendida.

—Que por qué me mira así. —Alzó el rostro y me atrapó con sus ojos color avellana.

Me quedé en silencio un instante.

—Por nada, solo espero sus indicaciones —respondí, desviando la mirada y acomodándome en el asiento.

—Ok, aquí está lo que hará en esta clase. Si no lo termina hoy, podrá hacerlo el sábado. Nada de hacerlo fuera de mis horas. ¿Entendido, señorita Garzón?

—Sí, profesora.

Saqué mis lápices y comencé el trabajo.

—Qué seriedad la suya… si le caigo mal, dígamelo de una vez —bromeé.

Ella soltó una leve carcajada y negó con la cabeza.

—¿Por qué le hiciste esa maldad a Ramírez?

—Porque molesta mucho a alguien. Ya se lo había dicho.

Pasaron quince minutos y terminé la tarea.

—He terminado.

La profesora revisó los papeles.

—Qué rápida, señorita Garzón.

—Siempre —dije con egocentrismo.

—Bueno, ya que terminó tan rápido… ¿es buena en inglés?

—Mejor que la profesora Marta.

—Entonces ayúdeme con estos exámenes. —Me sonrió mientras me entregaba un fajo de hojas.

—¿También es profesora de inglés?

—Claro que sí.

—No hay salida de esta, ¿cierto?

—Nop —respondió, enfatizando la “p”.

Me puse a corregir. No pude evitar quejarme:

—Dios… qué animales son sus estudiantes en inglés.

—No se insulte, señorita Garzón.

Me sorprendió su respuesta: esperaba un regaño. En cambio, me sonrió.

La clase terminó sin nada extraordinario: solo miradas y algunas sonrisas.

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A las 11:15 empezaba nuestra siguiente materia, así que fui con Sofía y Mateo a la cafetería.

—¿Cómo te fue? —me preguntó Sofía.

—Bien. No pasó mucho, pero la confianza empieza a aparecer.

De repente, las puertas se abrieron.

—¡La profesora Mare llegó! —gritó Sofía, corriendo hacia ella con una sonrisa.

La profesora Mare García era con la que tenía más confianza desde hace un año. Más que profesora y alumna, éramos amigas; incluso habíamos salido a comer varias veces en grupo.

—¿Y tú no me vas a saludar? —dijo Mare, acercándose a mí.

Sonreí y la abracé.

—¿Por qué no nos contaste que estabas de paseo?

Pasamos un rato riendo y poniéndonos al día. Cuando el reloj marcó las 11:15, nos despedimos y fuimos hacia la clase del profesor Mario Núñez.


Chao Chao

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