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Ciertamente no sé cómo no te salen las lágrimas ante el dolor, María José.

A fuerzas la profesora Calle me trajo a su salón para curarme, estoy sentada en su silla esperando que venga y me limpie; le dije que yo podía, pero se negó a que yo lo hiciera. Ciertamente me gusta estar aquí, eso es pasar más tiempo con ella.

—Gira un poco la cara.

Siento cómo hace toques suaves con la gasa en la herida de mi ceja; arde un poco gracias al alcohol, pero puedo aguantar.

—¿Por qué tienes que recurrir a la violencia, María José? Mira cómo tienes la cara.

—Mario quedó peor —digo entre burla.

Daniela me voltea la cara y puedo ver sus ojos cafés mirarme; puedo ver bien su cara, su bella cara. Sus manos tocan mi rostro y lo acobijan; esta mujer es tan bella.

Estamos a tan solo centímetros, estoy segura de que si me acerco más podría rozar mis labios con los suyos.

Ella sigue limpiando mi herida y yo simplemente estoy perdida en su toque.

—Si me sigues mirando así, no podré concentrarme, señorita Garzón.

Su comentario hace que salga de mis pensamientos y simplemente fijo mi mirada en otro lado que no sea ella.

—Perdón —es lo único que digo.

—Perdonada, pero me parece que perdón le tienes que pedir a otra persona.

—Yo no pido perdón, mucho menos a ese patán.

—A ver, abre un poco tu boca, tal vez te arda más en el labio.

Daniela, con una mano, limpia la herida de mi labio y con la otra sostiene mi cara.

—¡Auch! —suelto al sentir el alcohol en mi herida.

—Aguantaste golpes, aguanta un poco de alcohol en ese labio; Mario es un maldito, ¿cómo se atreve a tocarte?

—¿Preocupada por mi profesora Calle?

—Sí, como lo estaría por cualquier persona a la que le peguen.

—Vamos a creerte.

Nos quedamos calladas y lo siguiente que hace la profesora Calle hace que mi corazón palpite: se acerca más a mí y me da un beso en mi mejilla, pero casi tocando mis labios; se separa de mí, pero decido agarrarla del brazo y acercar nuestros rostros para quedar a tan solo centímetros de distancia.

—¿Qué? —susurra ella, y puedo sentir su aliento pegar en mis labios.

La miro, la analizo, analizo sus labios, trago en seco y vuelvo a mirarla a los ojos.

Me da una sonrisa de labios, y solo ese gesto hace que mande todo a la mierda.

Soltándola y poniendo mis dos manos en su cara, estampó sus labios con los míos, dándole un beso lento pero apasionado; ella, sin pensarlo dos veces, me sigue el beso, pone sus manos en mis hombros para apoyarse.

—María José —habla, pero la callo volviéndola a besar, chupo y muerdo su labio de abajo, saboreando su beso; ella mete su lengua y yo con gusto la recibo.

Cayendo en cuenta de lo que acabo de hacer, me separo de ella y agacho mi cabeza.

—Coño, lo siento, no sé qué pensé en ese momento —le digo mirándola y parándome de su silla de tacaño.

—¿Besas bien, niña? —es lo único que dice.

—¿Ah? —es lo único que puedo decir ante su comentario, pensé que estaría molesta, pero por lo que veo, no.

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