Capítulo 19

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Después de que David se fue, Michael llevo a Mariane por sus pertenencias en el hotel, no sin antes descargar todo el afecto del que se habían privado en su breve separación. Los días sin estar a su lado casi lo mataban.

La boca de Michael poseía la de Mariane de forma dominante, reclamándola con ímpetu y habilidad, sus lenguas en una ávida pelea pasional.

Las manos de Mariane recorrían el marcado torso de Michael, levantando por completo su camiseta hasta retirarla de su cuerpo. Quería sentir su piel contra la suya, el abrazador calor que emanaba de sus cuerpos anhelantes.

Michael tocaba con deleite cada curva del maravilloso cuerpo de Mariane, apreciando cada parte de él. Con cada roce de la palma de su mano, Mariane se agitaba en olas casi agonizantes de placer y la noche apenas estaba comenzando.

Esa modesta habitación de hotel era perfecta para ellos, no necesitaban nada de lujo, porque lo más valioso que tenían era su ferviente amor.

Mientras la noche continúa llena de besos, caricias y placer.

Regresaron a casa de Michael por la madrugada, como si fuesen dos jóvenes adolescentes a los que sus padres regañarían.

Los padres de Michael dormían, entraron con sigilo, ya en el dormitorio, cubrieron sus cuerpos con la manta, mientras acurrucaban sus somnolientos cuerpos.

Por la mañana Mariane decidió acercarse a la cocina, el aroma de los panques y el tocino despertó su apetito.

—Toma cariño, no sé qué sucedió, pero aquí tienes las puertas abiertas, ya te consideramos parte de la familia. Dijo la madre de Michael notando la mirada de tristeza que inundaba a Mariane, al recordar a su padre y como este la había defraudado.

La señora Mónica, la abrazo con gentileza. Fue un sentimiento agridulce, al recordar a su madre.

Mónica usaba el mismo perfume que ella, vainilla y cítricos como un dulce pastel de naranja.

— ¿Señora Mónica que perfume utiliza? Me gustaría tener el mismo, es un aroma agradable.

Había buscado por años en el ático entre las pertenencias de mi madre e incluso en tiendas departamentales, pero sin éxito alguno, jamás encontré ese aroma.

—Gracias Mariane eres muy linda, pero no utilizo perfumes, soy alérgica a la mayoría de ellos.

— ¿Que?

Esa simple frase. Despertó sospechas casi delirantes en Mariane respecto a Mónica.

— ¿Estas bien? Te ves pálida, pareciera como si hubieses visto un fantasma.

Mire a detalle el rostro de la madre de Michael, eso era imposible.

—Es que me impresiono el hecho de que no utiliza perfume, huele muy bien.

— Debe ser por el trabajo, soy repostera en la cafetería local, supongo que el aroma de los postres se queda en mí.

—No sabía que usted era repostera, me encantaría probar alguno de sus pasteles.

Cuando Mónica continúo con sus labores, corrí a la habitación en busca de mi bolso. Debía comprobar algo. Sino en verdad estaba delirando. Por suerte Michael aun dormía, siendo inconsciente de la descabellada idea que se estaba formulando en mi cabeza.

Tome la foto vieja y descolorida por los años, en donde mi madre me sostenía de pequeña. Mi corazón se detuvo. No podía ser verdad, pero, tenía la misma sonrisa, su rostro había envejecido por el transcurso de los años, aun así, era ella.

Tome los pedazos de mi niña interior y afronte a la mujer en la cocina.

— ¿Eres Isabel?

Isabel era el nombre de mi madre. Isabel Layne.

Un corazón de oroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora