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Alexander había escuchado hablar del amor a primera vista. Aquel sentimiento de ver a alguien por primera vez y sentir que cupido ha hecho presencia, de pronto no dejándote vivir sin la existencia de esa persona especial a tu lado. De su tacto. Su voz. Su cercanía. La repentina e incomprensible atracción.

Sí, Alexander había escuchado hablar del amor a primera vista y, por supuesto, no creía en ello. Ni siquiera teniendo a alguien como Felix de mejor amigo, quien se enamoraba todas las semanas de alguna chica nueva que había visto una vez en quién sabe dónde.

No, Alexander no creía en esas cosas absurdas que sólo pasaban en las películas y en los libros.

Pero, si había algo en lo que Alexander creyera firmemente, era en el odio a primera vista.

Aquel inexplicable sentimiento de rabia cuando se interactua con una persona por primera vez. Esas ganas de golpear su cara siempre que se veían. De maldecirla. Sí, Alexander sabía de primera mano que eso era posible.

El empujón que había recibido provocó que trastabillara unos pasos hacia atrás. La misma mueca de odio que todos los días se abría paso en su rostro cuando cruzaba miradas con Eros Rey apareció en la cara de Alexander.

Lo detestaba. Tanto. Lo odiaba.

—¿Trataste de acostarte con mi novia, Díaz?—preguntó un muy enojado Eros; sus fosas nasales estaban expandidas y en sus ojos brillaba el fuego del enojo que sentía.

Las miradas de los pocos presentes en el pasillo cayeron sobre ellos. Nadie se sorprendió de ver a los dos chicos pelear; era de público conocimiento el desprecio que había entre ellos (aunque nadie sabía dónde ni cuando se había originado). Pero, eran los hombres más fuertes y atractivos del colegio, así que era sólo normal que existiese enemistad y unas ganas de demostrar quien era mejor, después de todo, ambos eran igual de arrogantes y testarudos.

Alexander se esforzó por no estallar en carcajadas, por un lado, no podía creer lo hipócrita que era Eros, y por el otro, ni se imaginaba las mentiras que la novia de Eros había inventado sobre la noche anterior. Se acercó al rubio, recobrando el equilibrio.

—¡Ja! Si por eso te refieres a ella queriendo mamármela en un baño, entonces, sí—el morocho empujó a Eros, devolviéndole el favor.

Había sido ella a acercársele a él en plena fiesta y ofrecerse sin más; si no hubiese sido porque Alexander no estaba interesado, seguramente su noche hubiese sido más divertida de lo que fue.

El rostro del rubio se contorsionó con furia; una mirada asesina en sus ojos que hubiese hecho que cualquiera temblase de miedo, sin embargo, Alexander Díaz no era ningún miedoso. Mucho menos cuando ya estaba acostumbrado a ver a Eros de esa forma mínimo unas 4 veces a la semana. Ni se inmutó.

—Créeme, Rey, si me hubiese querido follar a tu novia, ya lo hubiese hecho—dijo Alexander con confianza mientras una sonrisa de suficiencia aparecía en su rostro—. Pero no todos somos unas putas como tú—soltó con desprecio.

Y eso fue suficiente para que Eros olvidase la promesa que le había hecho a la entrenadora Hernandez y se lanzase a dar el primer golpe justo en el perfecto pómulo del morocho. Alexander, para nada sorprendido, no esperó ni un segundo para responder la agresión, tacleando y tirando al rubio al suelo, terminando a horcajadas sobre él; Alexander sólo pudo encestarle un golpe en la cara antes de que Eros lo codeara en las costillas y en un hábil movimiento los cambiara de lugar, subiendo encima del morocho. Las piernas del rubio estaban a cada lado de las de Alexander, quien no paraba de moverse tratando de salir del agarre de Eros y con suerte encestarle en el proceso uno o dos puñetazo más. Eros, con una mueca de enfado plasmada en el rostro, tomó con fuerza las muñecas del morocho para que se quedara quieto. Los ojos de los chicos se encontraron. Ambos con el destello del odio brillando.

Mentiras piadosasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora