Toda la sala enmudeció cuando el monarca se levantó de su trono para mirar a Zacarías fijamente.
—¿Algo más que quieras decir?
—Pido por mí y mi pueblo, permita a mi familia seguir su curso, alteza... nosotros no tenemos malas intenciones, nunca atentaría contra el rey.
—Bien. Vuelve a tu hogar, ya no me interesa.
Todos los presentes en la corte miraron a Herodes con confusión, aquellas palabras parecían tener un doble sentido que sólo el monarca conocía.
—Fuera de mi vista. Todos.
Antípatro se volvió hacia los guardias y luego se levantó para observar a las sirvientas, las cuales comenzaron a abandonar el recinto junto con los nobles.
Los guardias sujetaron a Zacarías de ambos brazos y lo escoltaron fuera del salón. Ivet intentó quedarse más tiempo en el pasillo cuando la mujer de antes se interpuso.
—Vuelve a tu cuarto.
Ivet apretó los puños a punto de decir que ella no seguiría sus órdenes, pero prefirió callarse para no llamar la atención. Debía asegurarse de que Zacarías realmente se había ido de aquel castillo infernal pero, sobre todas las cosas, debía evitar a toda costa verse con Antípatro. Ahora que el príncipe la había reconocido, podía delatar su presencia delante de los guardias
Tenía que actuar rápido.
En el salón, sólo quedaron algunos guardias, el comandante de los soldados: Tiberio y a un lado de él, el príncipe Antipatro.
El rey, perdido en sus pensamientos, finalmente habló:
—Ese anciano me mintió delante de todos.
—Padre, ese sacerdote vino por su propia voluntad. Podía haberse negado y aún así decidió venir.
—¡Eres demasiado ingenuo! —le gritó a viva voz y arrojó la copa de oro contra una de las paredes—. ¿Acaso piensas que soy un idiota? ¿Qué podía creerle esa farsa de que su esposa e hijo se fueron porque sí? ¿Acaso no conoces lo creyentes y fervientes que son las alimañas con su Dios?
Antipatro agachó la cabeza ligeramente, ya estaba acostumbrado a los arranques de enojo de su padre y también de sus insultos. Respiró hondo queriendo controlarse y lo miró directamente.
—¿Entonces qué hará?
—No me sirve ninguno de ellos.
—¿Padre?
—¡Alteza! —dos hombres entraron de golpe al salón—. Le traemos información importante.
Antipatro reconoció a esos dos hombres como informantes personales de su padre, eran los que se encargaban de infiltrarse en los pueblos y delatar a los que buscaban revelarse contra la corona.
El monarca se sentó nuevamente y los vio colocarse delante de él, arrodillados. Luego llevó dos dedos a su frente para masajear la zona con lentitud y les habló:
—Más vale que traigan buenas noticias.
—Hemos localizado un par de mendigos que, por una generosa cantidad de dinero, nos dieron con lujo de detalles sobre el paradero de esos tres reyes magos.
El príncipe miró a su padre de reojo al mismo tiempo que la mirada de Herodes brilló con entusiasmo.
—¿Y qué dijeron?
—Que los vieron dirigirse hacia Samaria y posiblemente rumbo al mediterráneo —respondió el otro que traía una cabeza totalmente rapada. Era más bajo que su colega y bastante narigón.
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El Don De La Estrella.
Ficción históricaEn una era marcada por señales celestiales y presagios oscuros, la Sagrada Familia se ve envuelta en una misión divina para salvaguardar al niño que portará la esperanza de la humanidad. Huyendo del temible Herodes el Grande, cuya obsesión es aniqui...
