Capítulo uno. Manual de Supervivencia para antisociales.

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A mi mamá, que aún le queda mucho por vivir

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A mi mamá, que aún
le queda mucho por vivir.

Nunca pensé que una cafetería pudiera ser el lugar menos antisocial del mundo. Pero ahí estaba yo, atrapada entre charlas, risas y el aroma del café, esperando por una mesa libre mientras mi paciencia se consumía lentamente. Para mi mala suerte, la cafetería estaba más llena que de costumbre; encontrar una mesa disponible nos tomó más de veinte minutos. No éramos las únicas atraídas por el frío.

—¿Ya pensaste qué harás el sábado? —preguntó Hanni, mi mejor amiga, rompiendo el silencio con su voz animada.

Le llevé la taza de café a los labios y sentí el calor del líquido bajando por mi garganta. Era una sensación agradable, casi reconfortante en ese día gris. Hanni esperaba una respuesta, aunque sabía que lo que saldría de mis labios ni siquiera se acercaba a lo que quería escuchar.

—Iré a casa de mis padres. —respondí, esperando que esa simple frase terminara la conversación.

—¡Vamos! ¿No puedes comportarte como una adolescente normal, al menos en tu cumpleaños? —se quejó, como si esa fuera la única verdad del universo.

—Dudo que los veinte se consideren adolescencia. —repliqué, con una sonrisa torcida y la esperanza de cambiar de tema.

—Hablo en serio, Ale; en algún momento tendrás que salir de tu burbuja. ¡O acabarás ahogada en tu propia soledad!

Me encogí de hombros, habíamos tenido esta conversación tantas veces que ya me sabía los diálogos de memoria.

—Me gusta mi burbuja antisocial. —mentí, porque la verdad era que no sabía qué más decir.

—¿Y si nos vamos de viaje? Yo me encargo de los gastos. Por favor. —insistió, aunque ambas sabíamos que no era tan sencillo.

Un silencio incómodo cayó sobre la mesa.

—¿Me acompañarás a comprarle algo a Bobby? —pregunté, cambiando de tema.

El brillo en sus ojos mostró su entusiasmo inmediato, aunque sospechaba que solo me daba por perdida.

—¡Claro! ¿Te parece bien esta tarde?

—Perfecto. —le sonreí, aliviada.

Terminamos los cafés mientras Hanni me contaba sobre los nuevos vecinos del barrio, quienes al parecer tenían antecedentes problemáticos. ¿Cómo ella estaba al corriente de esas cosas? Simple: además de ser una cotilla empedernida, su padre es jefe de policía y tiene la manía de investigar a fondo a cualquiera que esté mínimamente cerca del entorno de su adorada hija. A mí siempre me pareció un tanto exagerado, pero Hanni nunca le dio mucha importancia, al contrario, lo veía como una muestra de cariño diferente.

Entrar a la pequeña tienda de mascotas nos devolvió a la realidad. Sonreí al encargado y me dirigí a la sección de perros.

—Esto le va a encantar. —dijo Hanni, mostrando orgullosa un hueso de goma azul.

Cambios.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora