Mi hermano siempre ha sido mi refugio. Pero incluso los refugios pueden arder.
Alegre ha aprendido a sobrevivir en la rutina. Entre heridas que no se ven y un hermano que siempre la rescata, su vida es una montaña rusa de emociones intensas. Pero c...
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Minutos antes. Alejandro.
Aunque lo había intentado un millón de veces, nunca había logrado sumar eso de salir a correr a mi rutina diaria. Pero hoy lo vi necesario para intentar calmar mis nervios. Así que tomé mis audífonos, salí sin rumbo y comencé a trotar.
Dejé que I Wanna Be Your Slave, de Måneskin, sonara con fuerza en mis oídos. Poco a poco la música fue absorbiéndome, llevándome a otro mundo, uno más tranquilo. Uno en el que no dolía tanto pensar.
I wanna be your slave, I wanna be your master. I wanna make your heartbeat run like rollercoasters...
Sentí que mi mente se soltaba, como si necesitara gritar sin palabras.
'Cause you could be the beauty and I could be the monster... I love you since this morning, not just for aesthetic.
La canción fue interrumpida por la vibración del teléfono, anunciando una notificación. De mala gana revisé la pantalla. Tenía varios mensajes sin leer, pero el último hizo que frenara en seco.
Brandon: Ya terminé todos los exámenes de Mía, ven a la consulta para que hablemos con más calma.
Los nervios regresaron en cuanto lo leí. Y sin dudarlo, volví a correr. Solo que esta vez sí tenía un destino al que llegar: la veterinaria.
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Tomé una respiración profunda antes de abrir la puerta del lugar. El recibidor estaba vacío. Busqué a Brandon con la mirada, pero en su lugar, vi a Alegre.
—Hola. —dijo, tras una breve pausa.
Le dediqué la sonrisa más amable que pude fingir, a pesar de que por dentro sentía el pecho apretado.
—Hey. ¿Qué tal? —respondí, manteniendo la sonrisa.
Su ceño se frunció, como si notara lo que intentaba ocultar. Claro que lo notó.
—Mi hermano está en el cuarto de juegos. Por allá. —señaló una puerta blanca con un dibujo de un hipogrifo en el centro.
Justo antes de que comenzara a avanzar, vi por el rabillo del ojo que me sonreía con suavidad. Una sonrisa que no era condescendiente, sino... cómplice. Entonces entendí que no tenía sentido seguir fingiendo. Su hermano ya le había hablado de Mía.
Entré en la habitación. Y la vi.
Estaba allí, mi gata, mi compañera de tantos años. Me acerqué con sumo cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más que su tranquilidad.
Me aterraba perder el recuerdo más cercano a mis padres. Mía no era solo una mascota; era familia. Una familia que ahora estaba rota y silenciosa.
Brandon me miró, y segundos después asintió. No necesitó decir nada. Ya lo sabía. Era necesaria la operación.
Alegre.
Me tomé el tiempo de buscar en internet qué tan riesgosa era la cirugía de una gata con problemas respiratorios. Sabía que Brandon me lo explicaría luego con más detalle, pero necesitaba algo a lo que aferrarme mientras esperaba.
Llevaban un buen rato en el cuarto de juegos cuando finalmente salieron. Para mi sorpresa, Alejandro tenía mejor cara de lo que había imaginado. Incluso sonreía.
¿O estaría fingiendo otra vez?
Busqué su mirada, y confirmé lo que mi instinto ya había sospechado: la sonrisa seguía sin llegarle a los ojos. No era real.
Mi hermano, en cambio, no parecía notar el detalle. ¡Pero si era tan obvio! Bastaba con ver cómo sus pupilas se dilataban más de lo normal, oscureciendo el iris hasta parecer completamente negro. Y su brillo... ese brillo natural en sus ojos ya no estaba.
—¿Alegre? —la voz de Alejandro me sobresaltó.
Y fue esa misma voz la que me sacó del pequeño trance en el que había caído.
—Será mejor que me vaya. —dije, frunciendo el ceño.
—Quédate, así me ayudas. —pidió Brandon.
Dudé por un segundo, pero asentí. Total, no tenía nada mejor que hacer.
—Atenderé a esos clientes. —dijo mi hermano, señalando a las personas que esperaban sentadas —Ustedes acomoden las cajas del almacén, por favor.
¿"Ustedes"? No supe si reír o suspirar.
Alejandro me seguía mirando, pero apartó los ojos justo cuando me giré para comenzar a caminar. La incomodidad entre nosotros era evidente. Apenas entramos al almacén, me vi obligada a carraspear para romper el silencio.
—Creo que le agradé a Mía. —comenté, sonriendo mientras tomaba una caja.
—Bueno, le he hablado muy bien de ti. —respondió él, devolviéndome la sonrisa. Esta vez, parecía genuina.
—¿En serio? —abrí la boca fingiendo incredulidad.
—¿Por qué tan sorprendida, chica del suéter? —me siguió el juego.
—Es que no te imagino hablando algo bueno sobre mí.
Ni siquiera te imagino hablando de mí en general.
—¿Por qué no lo haría? Eres la chica más increíble que conozco. —soltó, como si no se diera cuenta del peso de sus palabras.
Fingí colocar un pote de champú en el estante para disimular la sorpresa que me causaron. Me tomó unos segundos recomponerme.
—No puedes decir eso. —me giré para enfrentarlo.
—¿Por qué? —avanzó varios pasos hacia mí.
—Es simple... tú no me conoces. —logré decir, a pesar de que su cercanía me estaba poniendo nerviosa.
Se detuvo cuando solo nos separaban unos pocos centímetros. Sentí su respiración.
—¿Me dejarías hacerlo? —susurró en mi oído.
¿Eso iba con segundas intenciones? No lo sabía. Pero sus palabras enviaron una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.
—Lo que quiero decir es... que me gustaría conocerte, Alegre. —aclaró segundos después.
Tuve que tragar saliva con fuerza para que mi voz no sonara rasposa. Recé porque no se diera cuenta.
—¿Te parece bien si empezamos esta noche? —logré hablar —Mi hermano y yo haremos una maratón de Harry Potter. Puedes venirte si quieres.
Alejandro sonrió, alejándose un poco. Nuestras narices estuvieron tan cerca que apenas me movía, lo rozaba.